La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo  VI — El juicio
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Capítulo  VI — El juicio

Por si fuera poco todo lo que está ocurriendo, que ha roto la rutina de mi vida de una manera explosiva, hoy tengo que testificar en un juicio.

La Audiencia Provincial de Madrid huele a café de máquina, a cuero desgastado y a la seriedad de carpetas oficiales de sumario mezclado con ese miedo sordo que se pega a la gente cuando se juega el futuro entre cuatro paredes de madera oscura.

He cambiado mi «uniforme habitual de inspectora» vaqueros y cazadora de cuero por una americana oscura y un pantalón de vestir; el protocolo exige parecer una funcionaria intachable cuando te sientas a declarar y sabes que se medirá cada uno de tus gestos al milímetro.

Cuando el ujier me avisa de que ha llegado mi turno, empujo la doble puerta de madera de la sala de vistas y entro con paso firme. Clavo los ojos directamente en el centro de la sala. Allí, sentados a la mesa corrida, están ellos.

A la izquierda se sienta Andoni Yuste, de cincuenta y cuatro años, el dueño del bar.

Es un hombre más bien entrado en carnes.

Viste una chaqueta gris abierta sobre una camisa clara y tiene unas manos enormes y asquerosas que reposan entrelazadas sobre el tablero de madera.

Tiene la mirada pesada, hosca, el típico perfil de cacique de barrio que se cree el rey de su trastienda y que aún no asimila que una placa de policía, la mía, le haya jodido la vida.

A su lado está Gica Chivu, de treinta y nueve años, el camarero.

Es un tipo delgado, con las facciones hundidas por los nervios y enfundado en una sudadera oscura con cremallera.

Tiene los dedos entrelazados con tanta fuerza que se los dedos se tornan blancos.

Los dos miran al frente con una mezcla de prepotencia y pánico contenido, conscientes de que el micrófono que tienen delante va a registrar el principio del fin de sus vidas y la repugnancia de sus actos en cuanto hable.

Los observo un segundo desafiante antes de sentarme en la silla de los testigos y siento un ramalazo de la misma mala hostia que me vino al ver la escena en aquella parte trasera del bar donde yo comía tranquila, hasta que vi cómo intentaban violar a aquella mujer.

Relato todos los hechos tras presentarme y dar mi número de placa.

Yo iba camino de casa y paré a comer algo rápido en el bareto del tal Yuste; por suerte, el azar me puso en el sitio idóneo.

Le había dado un par de bocados a mi bocadillo grasiento cuando escuché un ruido raro en la zona de empleados.

Me levanté y me pareció escuchar, entre el barullo de un bar a la hora de la comida, un: «No, dejadme en paz».

Abrí la puerta con cuidado y la escena me golpeó: Yuste y Chivu encima de la pobre mujer, con los pantalones por los tobillos dejando ver sus desagradables traseros peludos y tratando de meterle el miembro a la mujer mientras ella trataba de zafarse en vano.

El fuego de la genética Aduriz me subió, pero por suerte logré achantarles sin tener que ponerles una mano encima para evitar denuncias por agresión.

Ya me conozco a esta calaña. Al darles una voz de autoridad y anunciar mi cargo en el Cuerpo Nacional de policía, ambos se levantaron como animalillos desvalidos, asustados; mi arma reglamentaria apuntándolos fue suficiente para convertir a dos depredadores en presas.

La mujer rápidamente se recompuso y se colocó detrás de mí.

Le ordené que llamara a la policía; tuvimos suerte de que una patrulla pasaba por la calle y todo fue rápido.

Tras mi relato, el cual he tratado de que sea lo más profesional y revelador posible, tal y como ensayé ligeramente con el abogado de la acusación, es el turno de la defensa.

Pepe Sanchís, el abogado, se acomoda las gafas de pasta sobre la nariz y gesticula con la mano izquierda, echándose hacia delante sobre sus folios con la suficiencia del que se sabe un tiburón de los tribunales.

Viste una toga impecable, planchada y sin manchas.

Se toma dos segundos de silencio estratégico antes de clavar sus ojos en mí.

—Con la venia de su Señoría —arranca Sanchís, modulando una voz afectada—.

Subinspectora Aduriz. Ha quedado claro que usted no se encontraba de servicio esa tarde.

Entró en la trastienda de un negocio privado guiada por supuestos ruidos.

La defensa sostiene que lo que usted presenció no fue una agresión, sino una relación consentida entre adultos en la que la denunciante se insinuaba activamente a su jefe y compañero.

Además, los informes periciales reflejan que el acto apenas había comenzado cuando usted irrumpió de forma desproporcionada.

¿No es posible que su deformación profesional le hiciera malinterpretar una situación de claro flirteo laboral?

Me entran ganas de saltar de la silla y darle de hostias por defender a esa morralla humana. Pero mantengo la mandíbula rígida y la mirada fija en el tribunal, tratando de desmontar esa estrategia tan jodidamente ruin y previsible.

—Abogado —le respondo con una calma cortante, mi especialidad—.

Lo que yo presencié no fue un flirteo. Una mujer inmovilizada contra el suelo frío y mugriento, con la boca tapada por la mano de Andoni Yuste mientras Gica Chivu trataba de introducir su miembro en la señora Carmen del Castillo.

Mientras ella trataba de quitárselos de encima a toda costa y su cara reflejaba el miedo más puro, el de quien se ve sometida sin poder hacer nada ante una agresión tan terrible.

Y eso, letrado, se llama agresión sexual.

Y respecto a que el acto «apenas había empezado», el Código Penal de este país castiga la tentativa con penas de prisión de la misma manera.

Yo no malinterpreté nada; evité que esos dos, llamémosles señores, consumaran una violación en grupo al intervenir.

Si no llego a estar presente, seguramente, según los indicios, habrían abusado con total impunidad de la pobre mujer.

A la cual, si se me permite añadir, he visto con el tiempo para asegurarme de su bienestar y se que ha estado acudiendo a terapia para tratar de superar un trauma que quedará en su memoria de por vida.

Y tendrá que vivir con ello, y no es fácil sobrevivir así.

Sanchís abre la boca de golpe para protestar, buscando arañar algún tecnicismo en el sumario, pero el juez Iglesias le frena los pies con un leve movimiento de cabeza.

El magistrado, sentado con las manos entrelazadas sobre la mesa y las puñetas de encaje blanco bien visibles en sus mangas, contempla la escena con una seriedad de piedra.

Su mirada severa viaja desde el abogado defensor hasta mi posición en la silla de testigos, procesando la contundencia de mis palabras. Iglesias da un golpe mudo con sus dedos sobre la mesa, zanjando el amago de réplica de la defensa. Determina un receso y salimos de la sala.

El juicio continúa su curso reglamentario y llega el turno de Carmen del Castillo, la víctima.

Al verla avanzar hacia el micrófono de los testigos, se me encoge el estómago de una forma que la academia nunca me enseñó a evitar.

Tiene cuarenta y dos años, una belleza madura y serena con una melena pelirroja recogida en un moño descuidado que deja al descubierto un rostro pálido de quien está viviendo un infierno.

Sus facciones marcadas arrastran hoy el cansancio de pesadillas y un calvario judicial que afectarían a cualquiera.

Viste una chaqueta de punto negra, sencilla, abotonada hasta el pecho, como si intentara protegerse del frío invisible de la sala.

Se sienta en la misma silla donde yo he declarado y clava la mirada al frente.

Sus ojos claros están vidriosos, fijos, llenos de un pánico sordo que intenta contener apretando los labios con fuerza, obligándose a mantener la dignidad mientras relata cómo Andoni y Gica la arrastraron a la trastienda y comenzó el horror.

Por suerte, aquella tarde yo llegué cuando apenas había empezado el ataque, evitándole un calvario aún mayor del que ya ha tenido que pasar.

Al fondo, la mirada severa del juez Iglesias y los ojos calculadores de Sanchís siguen cada uno de sus gestos.

Carmen flaquea un par de veces, pero se mantiene firme. Ha dejado de ser la presa.

—Queda el juicio visto para sentencia —dictamina el juez Iglesias autoritario.

La sesión se levanta y las dobles puertas de madera se abren.

Salgo al pasillo de la Audiencia Provincial, desabrochándome el primer botón de la americana para poder respirar el aire rancio del edificio.

Carmen sale unos pasos por detrás de mí, acompañada por la psicóloga del servicio de asistencia a las víctimas.

En cuanto me ve, acelera el paso y se detiene a un palmo de mí.

—Laia... —me dice con la voz rota, y por primera vez en toda la mañana, las lágrimas le desbordan los ojos y le corren por las mejillas—. Gracias. Gracias por venir hoy. Y por lo de aquella tarde. Si tú no hubieras entrado en ese maldito bar... Eres mi ángel guardián.

—Tranquila, Carmen. Hiciste lo que tenías que hacer ahí dentro.

Estuviste enorme —le digo, rompiendo mi propia distancia para cogerle las manos con firmeza—.

El fiscal lo ha dejado blindado. Esos dos hijos de puta no van a volver a pisar la calle en muchos años, te lo prometo.

Ya se ha terminado, y sabes que aquí me tienes si lo necesitas.

Y si salen, tranquila que yo les dejaré las cosas claritas.

Carmen asiente, limpiándose las lágrimas con un pañuelo de papel y esbozando una sonrisa de puro alivio que le devuelve un poco de vida al rostro.

Se despide con un par de besos agradecidos y se aleja por el pasillo de baldosas grises junto a su abogado, su hermana y otro familiar que desconozco, caminando un poco más ligera que cuando entró.

Al fin y al cabo se ha quitado una carga enorme.

Pero le queda un buen trecho para recuperarse, si es que lo consigue. Pobre mujer.

Me quedo quieta viéndola marchar. Es increíble que aún pasen cosas así.

Que las mujeres tengamos que andar con mil ojos y estemos a merced de hijos de puta tan grandes, que se creen con derecho a tocarnos o incluso follarnos sin pudor alguno.

Qué asco de verdad. Y ahora a volver a casa y lidiar con mi hermanita.