La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo V  — Reencuentro familiar #2
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Capítulo V  — Reencuentro familiar #2

Conduzco esquivando el tráfico pesado de Madrid hasta llegar a la dirección indicada.

Prats estaba más cerca y ya habrá llegado.

No es una zona residencial de ricos ni un barrio marginal; es una barriada humilde, de trabajadoras y trabajadores, repleta de edificios antiguos de fachadas desconchadas, portales estrechos y locales comerciales de toda la vida que aún resisten a las grandes empresas en los bajos.

Al aparcar detrás de los zetas policiales que controlan a los curiosos, la silueta alta y rubia de Biel Prats ya me espera junto al portal. Lleva las manos metidas en los bolsillos y las ojeras bien marcadas; parece su nueva seña de identidad.

Subimos por unas escaleras angostas que huelen a humedad y a comida casera de los vecinos.

Al cruzar el umbral del domicilio, nos topamos de frente con la cinta de la científica y el trasiego de los técnicos.

Maite ya está trabajando en el salón, enfundada en su mono blanco, moviéndose entre los fogonazos intermitentes de los flashes.

Me detengo a un par de pasos de la entrada y activo el escáner policial por pura deformación profesional, escudriñándolo todo.

El piso es pequeño, pero está impecable.

Un orden artificial que resulta casi enfermizo.

No hay chaquetas tiradas en las sillas, ni platos sin fregar en la cocina americana, ni el menor rastro de desorden que indique una pelea previa.

El que haya hecho esto ha tenido todo el tiempo del mundo para limpiar y borrar cualquier rastro de caos.

En mitad del salón, desnuda y dispuesta sentada en el sofá como si fuera un maniquí en un escaparate, está la víctima. Una mujer de treinta y tres años. Prats me pasa una nota rápida con su identidad preliminar recopilada por la primera patrulla: Mapi Guijarro es su nombre.

La escena te vuela la cabeza por su fría teatralidad.

El cuerpo está colocado en una postura extrañamente relajada, con la espalda apoyada en el respaldo y las manos descansando sobre los muslos, como si estuviera a mitad de una conversación casual.

Pero la mutilación es salvaje: le han arrancado ambas tetas por completo.

Me acerco despacio, con las calzas crujiendo sobre el suelo, y me agacho junto a Maite García para examinar las heridas.

Los cortes son limpios, curvas perfectas que siguen con precisión quirúrgica la línea de las costillas.

No hay desgarros ni la carnicería tosca de un maníaco común.

—¿Qué tenemos aquí, Maite? —le pregunto en un susurro.

—Un trabajo extremadamente limpio, Laia —responde la forense, levantándose las gafas de aumento para mirarme con sus ojos técnicos—.

La causa de la muerte no han sido los cortes.

Presenta una marca de punción letal en la fosa supraclavicular, directa a la subclavia.

Le metieron un anestésico o un bloqueante neuromuscular rápido.

Se fue en segundos, completamente sedada.

No hay signos de agresión sexual, ni marcas de defensa, ni restos de lucha. Nada.

Maite señala los bordes blanquecinos de las incisiones con el dedo enguantado y continúa explicándome el percal de forma directa:

—Los cortes son claramente post-mortem. Como el corazón ya no bombeaba, apenas hay infiltración de sangre.

Además, hay una ausencia absoluta de sangre o salpicaduras en las paredes, ni charcos en el suelo, ni una sola gota de transferencia.

A esta mujer no la mataron aquí. La lavaron, le quitaron las dos tetas en otro lugar controlado y luego la trajeron para disponerla en el sofá como si nada.

El que lo haya hecho lo ha hecho con tiempo y la ha dispuesto así para mandar un mensaje que aún no sabemos.

Pero tened por seguro que conoce la medicina forense o nuestros protocolos al milímetro, porque la científica no ha encontrado absolutamente nada extraño en el piso.

Ni una huella, ni un fluido, ni un solo error.

Parece una obra que podría haber firmado Oyarzabal, pese a no ser su estilo, y si no estuviera muerto, claro.

—¿Aún sigues tocada, eh? —le susurro.

—Sí, joder. Era un referente; jamás pensé que detrás de una de las grandes mentes forenses de este país se encontrara un asesino tan… perdona la expresión, hijo de la gran puta —me suelta.

—Tranqui, te entiendo —digo, poniéndole una mano en el hombro.

Me incorporo despacio, asimilando sus palabras mientras el escenario me gira en la cabeza. Me acerco a Prats, que se ha quedado a mi espalda, y le hablo en voz muy baja para que no me oiga el resto del equipo.

—Biel. ¿Qué piensas? Primero Mikel Oyarzabal con los pezones, y ahora este enfermo le quita las dos tetas enteras a una mujer. ¿Tendrá relación o será pura casualidad?

Prats me mira blanco como la cal. Noto cómo la mandíbula le tiembla un segundo.

—Ni idea, Aduriz... pero esto es jodidamente asqueroso —consigue articular.

De golpe, se lleva una mano a la boca. Le entra una arcada violenta que le sacude todo el pecho, se da la vuelta y sale disparado del piso a trompicones entre los técnicos forenses, chocando con uno de ellos.

Escucho sus pasos apresurados hacia el tiro de la escalera y, justo después, el sonido seco e inconfundible de sus arcadas resonando en el hormigón del pasillo comunitario mientras vomita todo el café de la mañana en mitad del rellano.

Me quedo un segundo helada, pero reacciono por instinto.

Salgo del piso dejando trabajar a la científica y me lo encuentro apoyado contra la pared del pasillo, con una mano en las rodillas y el sudor frío perlándole la frente.

Pobre hombre, llevaba tanto con el tema drogas que es normal que no esté acostumbrado a esta mierda de encontrarte los cadáveres.

—¿Estás bien, Prats? —le pregunto preocupada, poniéndole una mano en la espalda.

El inspector se limpia los labios con el dorso de la mano, respirando entrecortadamente. Tiene los ojos inyectados en sangre.

—No, Laia, no estoy bien —me confiesa con la voz rota, completamente desarmado—.

No entiendo cómo alguien es capaz de hacerle eso a un cuerpo.

Qué clase de monstruo... Joder. Lo siento.

No estoy en mi mejor momento con todo el tema del divorcio y la cabeza me va a mil, pero me recompondré, te lo juro. Dame dos minutos y vuelvo a entrar.

—Tranquilo, tómate el tiempo que necesites —le respondo, dándole un pañuelo.

Miro a mi nuevo compañero, un tipo curtido que está tocando fondo en el suelo de un pasillo cualquiera, y siento que la realidad vuelve a pasarnos por encima sin frenos.

Ramos fuera de juego en el hospital, Prats al límite, mi hermana libre por Madrid martirizando a mi sobrina y un asesino nuevo que promete ponernos a prueba como Sara Alfaro.