La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo V  — Reencuentro familiar
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Capítulo V  — Reencuentro familiar

El parking de la entrada del Centro Penitenciario de Madrid II, más conocido por todo el mundo como Alcalá Meco, es un secarral de asfalto.

El acceso no tiene nada de cinematográfico.

Una carretera gris y bacheada te deja frente a una primera barrera metálica con una garita donde un par de guardias civiles chequean las matrículas sin muchas ganas, hartos de la rutina.

Más allá se levanta el edificio de accesos, un bloque de hormigón funcional y feo, una cristalera ahumada y el maldito muro perimetral coronado por alambre de espino que brilla bajo el sol.

Y llevo dos años viendo tanto este sitio que he pensado que es normal.

Perdí la cuenta de la veces que he venido, cruzado sus protocolos de seguridad y visitado a mi hermana o a presos para interrogarlos.

De hecho, dentro de poco tengo una cita programada con Sara Alfaro.

Pero eso es algo del futuro. Hoy me importa mi sobrina y el terremoto que va a sacudir nuestras vidas de manera inexorable.

Ella está apoyada contra la carrocería del coche, pero no para quieta.

Lleva diez minutos taconeando contra el suelo, cruzándose de brazos, sacando el móvil para mirar la pantalla y peinarse cada treinta segundos, y volviéndoselo a guardar en el bolsillo del pantalón con las manos temblorosas.

El desparpajo de la niña rebelde que va camino de futura abogada de tercero de carrera se le ha evaporado de golpe frente a los muros que retenían a su madre hasta hoy.

Está más nerviosa de lo que la he visto en la vida.

Es normal; al fin y al cabo, lleva conmigo desde los diez años, las dos solas contra el mundo.

Su madre es un recuerdo vago y lejano. El trauma, las noches sin dormir, la rebeldía.

Todo eso que hemos transitado ahora se difumina ante la incertidumbre de lo que pueda traer el tifón Arantxa con ella.

—Nai, tranquilízate un poco, anda. Que me estás poniendo enferma a mí también —le digo, intentando que mi voz suene firme mientras me palpo la cicatriz por puro tic nervioso.

—Estoy tranquila —me dice, temblándole el labio.

—Cariño, llevas sin parar desde que te has levantado, te has repeinado cien veces. A mí no me puedes engañar. Pase lo que pase, lo superaremos juntas. ¿Vale? —trato de calmarla.

—Vale. Es que no sé qué esperar. No es lo mismo venir, verla tras el cristal y volver a la vida real que… bueno, que ahora estará fuera. Tendré que pasar tiempo con ella. ¿Dónde va a vivir? Tengo miedo de lo que va a pasar —me suelta atropellada.

—Pues tendrá que quedarse en casa. Al menos de primeras, y pase lo que pase, juntas, como siempre, cariño.

No tienes que hacer nada que tú no quieras; es tu madre, sí, pero aquí los ritmos los marcas tú.

Eso sí, recuerda que está ahí por ti, por tu seguridad.

No lo hizo de la mejor manera posible. De hecho, todo lo contrario, pero lo hizo por ti.

Por tu seguridad —trato de aclarar su mente por si acaso.

—Ya… pero es una puta asesina de mierda. No sé, Laia. Lo que tengo claro es que ella será mi madre biológica, pero mi madre de verdad eres tú. Y eso no va a cambiar por mucho que salga del trullo —me suelta; es la primera vez que me dice que soy su madre.

—Eh, bueno… Yo soy tu tía, cielo. Ojalá tuviera una hija como tú, sería la mujer más afortunada del mundo —reacciono como puedo.

Nai me abraza cuando oímos el chasquido seco del pestillo magnético de la puerta de reja, que nos corta la conversación y el momento íntimo en seco.

Las pesadas hojas de metal se abren despacio, revelando la silueta de Arantxa.

El sistema penitenciario español no te devuelve como saliste.

Mi hermana avanza hacia la libertad arrastrando los pies con esa cadencia lenta y desconfiada típica de los que llevan años midiendo sus pasos por pasillos de hormigón.

Trae la piel con ese tono cetrino, casi grisáceo, de la gente que no recibe suficiente luz natural, y viste una cazadora vaquera desgastada que le queda un poco ancha y unos pantalones oscuros pasados de moda.

En la mano derecha sujeta con fuerza una bolsa de plástico blanca de la prisión con sus escasas pertenencias de valor: unas mudas, tres libros que me pidió y la tarjeta de prepago del economato, seguramente gastada hasta el último céntimo al saber que iba a salir en libertad.

En cuanto nos ve, se le ilumina la cara.

Suelta la bolsa en el suelo y avanza hacia nosotras a zancadas.

Rompe la distancia y nos envuelve a las dos en un abrazo que me pilla por sorpresa.

Huele a lo que huelen las cárceles: a lejía industrial, a rancho y a tabaco barato.

Se separa un par de centímetros, sujeta a Naiara por los hombros y la examina de arriba abajo.

—Mírate, qué guapa estás de cerca, no tras ese puto cristal. Pero estás jodidamente delgada, mi amor. ¿Es que tu tía no te da de comer bien o qué? —le suelta con esa esencia de Arantxa tan agotadora.

La vuelve a abrazar y se gira hacia mí; clava sus ojos en los míos y dibuja una sonrisa de medio lado, torcida y gamberra.

—Y tú, hermanita... Sigues teniendo la misma cara de malfollada de siempre, joder. ¿Es que no hay buenos maromos en Madrid? No me jodas, ¿eh?, que yo estoy libre y necesitada de un buen polla…

—Hola, Arantxa. Yo también me alegro de verte fuera —le corto, le pongo la mano en el hombro y la vuelvo a abrazar.

Mi hermana recoge su bolsa del suelo y se sube al asiento trasero del coche mirando todo con ojos de niña pequeña, subiendo y bajando las ventanillas como si fuera la primera vez que ve un coche por dentro, tocando todos los botones del climatizador y pidiéndome que ponga música a todo trapo.

—Bueno, nenas —dice, estirando los brazos con alivio—. ¿A dónde me vais a llevar para celebrar mi libertad? Que me muero por un café de verdad que no sepa a mierda y algo de comer que no me provoque cagalera.

Primero ponemos rumbo a mi piso. El trayecto por la A-2 es un silencio incómodo, roto solo por las preguntas aleatorias de Arantxa sobre cualquier gilipollez que se le ocurre.

Estoy tensa; lleva presa muchos años porque yo la detuve y no sé por dónde va a salir, pese a que me ha dicho varias veces que entiende que tenía que hacerlo.

Pasa una hora entera metida bajo el agua caliente, gastando la mitad del bote de champú caro de mi sobrina, como si intentara arrancarse de los poros el olor a celda de Alcalá Meco.

Cuando sale, vestida con ropa limpia que le había preparado Naiara, parece otra persona.

Tiene mejor cara porque se ha puesto mi maquillaje, pero los ojos le siguen girando demasiado rápido, analizando cada rincón del salón.

Una vez lista y con Arantxa pintada como una puerta, nos vamos a comer a un restaurante gallego modesto cerca del barrio, de esos con menú del día, manteles de papel y ruido de platos de loza.

Arantxa devora el pulpo y la empanada con una ansiedad animal que da hasta pudor mirar, mientras Naiara se mantiene extremadamente callada, limitándose a mover su ensalada por el plato con el tenedor entre miradas de reojo a su madre.

El ambiente es tenso, raro, desagradable; esta no es la sensación que pensé que tendría cuando al fin Arantxa fuera libre.

Supongo que es normal: tendremos que aprender a llevarlo poco a poco, esto no es fácil para nadie.

Arantxa apura el vaso de vino blanco, lo planta en la mesa y saca del bolsillo una tarjeta de cartulina blanca un poco arrugada. Nos la enseña.

—A ver, ya que no me preguntáis, os cuento mis planes de futuro para que veáis que no pretendo vaguear —comienza a explicarnos, señalando la tarjeta—.

En España no te obligan a buscar curro al salir del trullo, no es como en las pelis yanquis de la tele, pero yo paso de estar mano sobre mano viviendo de la ayuda de inserción del SEPE.

Quiero buscar trabajo y ganarme mis propios cuartos porque sé que no te sobra la pasta, hermanita.

El asistente social del módulo me ha dado esta tarjeta de un integrador social de Madrid.

El tío se encarga de ayudar a la gente que sale a aclimatarse a la calle, buscar ofertas de empleo para exreclusos y hacer el seguimiento legal.

Voy a llamarlo mañana mismo. Quiero hacer las cosas bien, de verdad.

Naiara sigue sin decir ni una palabra, limitándose a asentir con la cabeza baja y meterse de vez en cuando una pinchada de ensalada en la boca. Yo rebusco las palabras; me parece bien que salga con esa ilusión, pero no sé si le durará.

—Me ale… —comienzo a decir cuando mi teléfono comienza a sonar. Lo miro y es la jefa—. Perdonad.

Arrugo el entrecejo, me levanto y descuelgo mientras salgo del local:

—Dime, jefa.

—Aduriz, sé que hoy salía tu hermana, pero sin Ramos te necesito; deja lo que estés haciendo y localiza a Prats, que yo no he sido capaz —me suelta la voz cortante de Alma, sin preámbulos—. Ha aparecido un cadáver en un piso, Maite ya va de camino. Te mando la ubicación al móvil.

—Entendido, jefa. Yo aviso a Prats y salgo de inmediato.

Guardo el móvil en el bolsillo y regreso a la mesa con el estómago encogido, pero esta vez no es por el drama familiar. Es la adrenalina.

—Tengo que currar —les digo, mirando a Arantxa y a Naiara—. Ha surgido una urgencia gorda. Coged un taxi de vuelta al piso. Siento dejaros así, pero no tengo opción. ¿Estaréis bien las dos solas?

Arantxa hace un gesto de que sí mientras sigue zampando, esta vez el postre. Nai, más apocada, también asiente, pero con una cara que sé que dice todo lo contrario. Me jode tener que irme, pero es el curro. Solo espero que no se tiren de los pelos. Salgo a toda prisa marcando el teléfono de Prats.