Capítulo IV — Puta enfermedad
Prats y yo hemos detenido al psicólogo del que nos habló el tal Rober.
En su casa había una infinidad de pistas del delito: el muy imbécil tenía una libreta donde apuntaba todo lo de sus consultas, perfiles de los pacientes, la lista de la compra, pensamientos, hasta cómo hacer parecer que Hernán, el presunto homicida, había matado a su pareja, Maripili.
Tenía la libreta oculta en un cajón con doble fondo creyéndose a salvo.
Al parecer, la mujer le había dejado una copia de la llave del domicilio para sus encuentros furtivos.
Mientras el novio estaba trabajando, ella se trabajaba al psicólogo de otra manera.
Tuvieron una fuerte discusión porque ella quería acabar con la relación.
Enfadado, se marchó y urdió el plan: fue a la clínica veterinaria de su hermana, robó unos viales de ketamina líquida —tal y como reflejaba el informe preliminar de Maite— y con ella durmió a la mujer a la espera de que llegara el novio; al llegar, hizo lo mismo con este.
Mató a la mujer con un cuchillo, dándole repetidas puñaladas en el torso, brazos, abdomen y cabeza.
Entonces colocó el cuchillo en la mano del hombre, ambos en el suelo de la vivienda dispuestos como caídos tras una riña.
Y al salir del domicilio llamó a la policía para dar aviso de una discusión fuerte en el piso con un teléfono de prepago.
Su voz reconocible quedó guardada. Así montó todo.
Pero al verse acorralado por Prats y por mí, se ha derrumbado y ha confesado todo.
Un caso cerrado. Ahora puedo centrarme en Ramos y su familia mientras sale el siguiente que reclame mi atención.
Prats y yo estamos en la sala de descanso después de rellenar todo el papeleo, tomando un café para espabilarme y pirarme al hospital, pero antes tengo que pasar por casa de Ramos a coger un par de cosas que me ha encargado.
—Entonces, ¿vas a ir al hospital ahora? —me pregunta Prats.
—Sí, me acabo el café y voy… ¿Qué tal con tu mujer? —le pregunto de vuelta.
—Puff, horrible. Me ha dado los papeles del divorcio, he firmado; no quiero que viva con miedo y que mi hijo sufra porque esto se alargue —me dice claramente triste.
—Lo siento, tío, si puedo ayudar… Solo tienes que pedírmelo —le digo y le pongo la mano en el muslo para tratar de transmitirle apoyo.
—Gracias, solo espero que sea rápido y poder rehacer mi vida. Espero no hundirme en la mierda —me suelta el pobre.
—Joder… Putas relaciones. Por eso yo no quiero una pareja estable. Con nuestra vida es complicado y no todos lo entienden —le confieso.
Él me mira con la cara marcada por las ojeras y los ojos a punto de romper a llorar.
—¿Puedo preguntarte algo? —me suelta de sopetón.
—Sí, claro —respondo.
—Sé que no somos megaamigos, pero sí que tenemos una cierta confianza ya.
No sé cómo te pasó lo de la cara, ni tu vida en Bilbao.
Tus padres. Sé que tu hermana está en la cárcel y que cuidas de tu sobrina, pero poco más.
Si vamos a pasar tiempo juntos ahora que Ramos pillará la baja, estaría bien tener esa confianza —me suelta por sorpresa.
Lo miro analizándolo. Es verdad, Ramos me enseñó que compartir con un compañero forja un vínculo. Yo he evolucionado en este tiempo en Madrid, ya no soy tan retraída, me abro algo más; así que supongo que no hay por qué ocultar mi mierda de vida.
—Claro, te cuento en resumen y me voy. Mi padre siempre había querido tener un hijo y salimos dos mujeres fuertes: mi hermana, con la misma mala hostia que él, y yo, que soy un híbrido de mi madre y de él.
Pero con su mala hostia cuando me calientan.
Mi hermana era una alocada fiestera; yo, la niña ejemplar oculta tras libros, en mi casa siempre se leía mucho.
Mi padre era bibliotecario y mi madre agente también.
Mi padre tuvo una enfermedad mental que lo hizo desvariar mucho, pero no lo supimos hasta que fue tarde.
Ella se llamaba Haizea y mi padre Andoni.
Con quince años mi padre murió, se metió un montón de pastillas en un momento de lucidez para no ser una carga y mi hermana lo encontró frito en el suelo.
Mi madre se suicidó por el dolor de la pérdida, la muy egoísta…
dejándonos solas a dos niñas de quince y diecisiete años recién cumplidos solas con ese peso.
Mi hermana desparramó de la hostia y terminó con un subnormal profundo que la preñó.
De ahí salió mi sobrina. Me metí a policía para honrar a mi madre; mi hermana, en cambio, trapicheaba y hacía estafas.
Un día me empezó a comentar… —estoy narrando mi puto drama familiar y Prats me corta.
—Ey, te agradezco que seas tan sincera, pero asegúrate de querer contarme todo. No quiero que te arrepientas —me dice con cara de joder, nena, qué vida.
—Tranqui, ya no compartimento; me ha dicho la psicóloga que tengo que afrontar, pues afrontemos.
Total, que mi hermana me dijo que a él se le iba la mano y que miraba rarito a su hija cuando comenzó a ser una mujercita…
y lo quitó de en medio antes de que tocara a la niña.
Y la cicatriz es el regalo que me dejó antes de morir en el forcejeo.
Yo estaba presente cuando mi hermana lo mató y tuve que detenerla porque ya era agente —le suelto el final de mi traumita.
—Joooder… Lo siento, compañera. Y ese tipo de hombres que hacen daño a las mujeres, o que miran así a sus mujeres, están mejor muertos. Qué asco —me suelta con la cara descompuesta.
Tras abrirme en canal con Prats y ver su empatía, creo que estoy forjando un buen vínculo con él; el pobre lo pasa mal también con lo suyo y, aun así, ha querido escucharme y me ha consolado.
Pero ahora hay algo más importante: la familia de Ramos, que tan importante ha sido y es para mí.
Tengo que estar presente en el hospital. Apoyando.
Tras pasar por casa de Ramos y coger un par de sudaderas, un cargador, una muda y dinero de su caja fuerte, estoy subiendo en el ascensor. Al llegar a la habitación, Nai está con ellos. Me encanta ver cómo mi niña apoya a sus amigas y es tan agradecida con los que se han portado bien con ella.
—¿Qué tal sigue? —susurro, porque Silvia está dormida.
—Mejor, dicen que evoluciona muy bien, pero que aún nos quedan unos días aquí. Pero el tumor es benigno y creen que no tendría por qué reproducirse —me responde Ramos.
—Joder, tío, cómo me alegro. Puta enfermedad de mierda —le digo bajito y me inclino para abrazarlo.
Cuando me reincorporo, me acerco a las chicas, les doy un beso en la cabeza y acaricio sus mejillas. Entonces le hago un gesto a Naiara y le digo que salga conmigo.
—¿Qué pasa, canija? ¿Cómo están tus amigas? —pregunto.
—Pues imagínate, hechas una mierda. Pero son fuertes, saldrán de esta, tienen la genética de Hugo —me responde.
—Genial, sabes que si necesitan venir a casa pueden, díselo, ¿vale? ¿Tú qué tal? Que últimamente no te veo el pelo, cariño —le pregunto.
—Yo se lo digo, tranqui, tita. Pues yo bien, con los putos exámenes, pero voy a aprobar todo de la hostia; tú no te preocupes por mí, que tienes mucho con el curro y todo. Por cierto, he encontrado un trabajo —me suelta.
—¿Trabajo? ¿De qué? Ya te he dicho que no hace falta —respondo.
—Tchs, calla, no seas Aduriz, coño. Siempre andas con el culo a rastras pagándome todo.
El tío Jorge se ha pirado a la playa a disfrutar de su jubilación y, aunque sé que te ayuda con algo de pasta, ya no puede ocuparse de mí cuando te saturo.
Quiero contribuir. Es un trabajo de pocas horas, dando clases a los hermanitos de una compi de clase.
Me van a pagar bien, los padres tienen pasta.
Todo legal. Se acabó vender bragas. Aunque… sacaría más —me suelta con firmeza.
—Jajaja, eso se acabó. Te lo permití un tiempo, pero ya estuvo bien la broma. Qué grima me daba imaginarlo —le confieso.
Ambas nos reímos ligeramente, quizá demasiado alto, y me siento culpable al momento, puesto que la familia de mi compañero está jodida en la habitación de al lado.
Está bien que la niña se haga responsable, y esa ayuda no me vendrá mal porque siempre llego justita a fin de mes y no me puedo pillar ni un puto capricho por mantener a la sobri.
No me quejo, pero ojalá poder ir más desahogada.
El teléfono de Nai vibra en su pantalón, lo saca y en la pantalla pone: «Número privado». Lo cual sé que es una llamada de Arantxa desde el trullo.
—Hola, madre, sí… ajá… qué bien… vale… no, no, está aquí, yo se lo digo —va soltando Nai a lo que quiera que le diga la puta loca de mi hermana.
—¿Qué le pasa ahora? —pregunto cuando cuelga.
—Que la sueltan… joder —me suelta la noticia con un gesto que no sé cómo interpretar.
—¡No me jodas! —balbuceo.
Prats, como nuevo compañero provisional inmerso en un divorcio mientras nos estamos acoplando. Silvia recién operada, Ramos de baja. Las hijas jodidas. Nai cuando tiene su vida encarrilada ¡Boom! Mi hermanita sale de la cárcel para joderlo todo.