La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo III — Malas noticias #2
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Capítulo III — Malas noticias #2

Tras tomarle testimonio, salimos del domicilio y ponemos rumbo al hospital. Prats informa por el camino a Alma para que mande a Garrido y Morales a investigar las pistas nuevas.

Antes de cruzar las puertas automáticas del hospital, una figura familiar avanza en dirección contraria entre los médicos de bata blanca y el trasiego de camillas.

Es Naiara. Mi sobrina lleva un jersey de punto rosa con cuello de pico, unos vaqueros claros y un bolso de cuero marrón colgado al hombro.

El tiempo vuela; han pasado dos años desde que se matriculó en Derecho y ya está metida de lleno en tercero de carrera, hincando los codos para convertirse en abogada.

Sigue siendo una tía con dos ovarios, pero ya no me toca los míos a diario.

Está insultantemente guapa, con esa melena castaña larguísima que le cae sobre el pecho, pero ahora se le nota una madurez en la mirada que me desarma.

—¿Nai? ¿Qué haces aquí? —le pregunto, frenándola en seco.

—Hola, tía —me dice, acercándose para plantarme un beso rápido en la mejilla—.

Me han avisado Rocío y María. He venido corriendo para estar con ellas en urgencias mientras le hacían pruebas a Silvia, pero me tengo que ir ya.

Tengo un examen de leyes raras de la uni en una hora y como no me presente, la cago. Luego te veo en casa, ¿vale?

—Vale, corre, no lo pierdas. Por cierto, este es Biel Prats, inspector de la unidad. Prats, mi sobrina.

Naiara le dedica un asentimiento rápido y educado a mi nuevo compañero temporal. Prats le sonríe con cortesía:

—Encantado, Naiara. Suerte con las leyes.

—Gracias. Cuida de mi tía —responde ella con su descaro habitual antes de darse la vuelta y enfilar la calle a toda prisa.

Prats y yo retomamos el camino hacia la zona de Neurología.

El olor a desinfectante industrial, café de máquina y linóleo limpio me golpea las fosas nasales.

Odio los hospitales. Me recuerdan demasiado a las salas de espera de Bilbao, a los partes médicos y a las cosas que no se pueden arreglar con una placa y una pistola.

Al llegar a la habitación asignada, empujo la puerta entornada despacio.

El ambiente dentro se corta con un cuchillo.

Silvia está incorporada a medias sobre las sábanas blancas de la cama articulada.

Lleva puesto un camisón clínico de botones con un discreto estampado de florecillas azules y la tira de plástico blanca de identificación en la muñeca.

A pesar de las vías intravenosas que cuelgan del gotero a su espalda, sigue siendo una mujer bellísima incluso en este entorno.

Su pelo castaño y ondulado le cae sobre los hombros, enmarcando un rostro moreno que hoy arrastra una palidez inusual.

Clava sus ojos oscuros directamente en mí con una fijeza limpia y asustada, cargada de una nobleza cansada que te encoge el corazón.

A su lado, sentadas en la cama vacía del compañero de habitación, están sus hijas: Rocío y María. El parecido con su madre es innegable; tienen las mismas facciones esculpidas, pero sus miradas juveniles están blindadas por una dureza sorda, como si hubieran madurado diez años en una sola mañana.

Hugo está pegado a la cama, aferrado a la mano de su mujer como si al soltarla pudiera desvanecerse.

El inspector jefe implacable, el veterano que no pestañea ante un triple homicidio en un sótano, parece un cervatillo desvalido ante la situación de su media naranja.

Doy dos pasos hacia el interior de la estancia, rompiendo el silencio clínico.

—Silvia... ¿cómo estás, cielo? —pregunto con la voz rota.

Al oír mi voz, Ramos levanta la cabeza despacio.

Me mira, la mandíbula se le afloja y las lágrimas comienzan a brotar de sus ojos inyectados en sangre, corriendo sin freno por sus mejillas.

No puede articular palabra. El llanto silencioso de un hombre fuerte es lo más jodido de ver en este mundo.

Es Silvia la que rompe el silencio. Me mira fijamente, aprieta los dedos de Ramos y suelta el hachazo con una calma que hiela la sangre:

—Tengo un tumor cerebral, Laia. Me operan esta tarde.

Me quedo paralizada en mitad de la baldosa, sintiendo cómo el suelo desaparece bajo mis botas.

Miro a Prats, que baja la vista respetuosamente en el pasillo, y luego a la familia rota que tengo delante.

La estabilidad perfecta de Ramos, el único cable a tierra que yo tenía en esta maldita ciudad, acaba de empezar a desmoronarse en esa cama de hospital.

¿Por qué cojones la vida es tan injusta?

Cuando salimos del hospital tras varias horas allí, veo que Prats tiene muy mala cara.

—No sabía que estabas tan unido a Ramos —le digo.

—No es eso. Esto es una jodienda, es un compañero y duele. Pero es por un tema personal —me responde.

—Ah, perdona —reacciono cortada.

—No, tranqui; me vendrá bien soltárselo a alguien antes de volver al infierno. Mi mujer está decidida a dejarme, y quiere quitarme la custodia de mi hijo. El otro día tuvimos una bronca tocha y se me fue la mano —comienza a decirme.

—¿Cómo? —reacciono por instinto.

—No… no la pegué, pero sí que dije ciertas cosas y golpeé un armario y lo atravesé. Dice que soy un peligro para el chico, que el trabajo me pudre el alma y que no aguanta más, que no soy el mismo chico encantador que conoció hace veinte años y me va a dejar —me responde.

—Vaya, lo siento —trato de consolarlo con un abrazo incómodo.

Entiendo el pronto ante una mala noticia o discusión, porque a mí también me sale. Solo espero que sea verdad que no pegó a su mujer. Ciertamente no lo veo capaz de hacerlo.