Capítulo III — Malas noticias
Llevamos unas semanas investigando un homicidio Ramos y yo.
Parece que el culpable es el novio de la mujer fallecida.
Ambos llevaban catorce años de relación y viviendo juntos seis en un pequeño piso de Parla.
Él, trabajador de una empresa informática; y ella, basurera, bueno técnica de recogida de residuos, a todo le cambian el nombre.
Todo el mundo describe su relación como idílica, codependiente y empalagosa.
Sus familiares y amigos aseveran que nunca los han visto discutir.
Los informes reflejan que la mayoría de su entorno dictamina que han estado aislándose del mundo cada vez más.
Que su pensamiento hacia el mundo era, cuanto menos, peculiar.
Que incluso él no comprendía algunos de los comportamientos sociales básicos y muchas veces se los tenían que enseñar antes de enfrentarse a esas situaciones, creyendo que pudiera tener Asperger o incluso un leve grado de autismo pese a ser una persona completamente funcional.
Pero hay algo que no encaja del todo. Hay una tercera persona, un hombre, antiguo amigo suyo que ahora está resentido pero que dice saber más de lo que el resto nos ha revelado, así que ante este nuevo hallazgo Ramos y yo estamos yendo a su encuentro.
—¿Tú crees que dice la verdad el tal Rober? —me pregunta Ramos.
—Cuando se presentó en la comisaría para dar su testimonio parecía consistente según Garrido; ahora lo descubriremos —respondo.
En ese momento, el teléfono de Ramos suena por el manos libres del coche; en la pantalla pone «Cariñito».
—Uuuh, cariñito. Siempre se me olvida que eres un moñas —le vacilo.
—¿Dime, mi vida? —responde al descolgar.
—Pa… papá. Soy María —sale la voz de su hija por los altavoces.
—¿María? ¿Qué haces con el teléfono de mamá? ¿Pasa algo? —pregunta él, extrañado.
—Sí, es mamá. Se ha caído al suelo, hemos llamado a una ambulancia, están aquí; ven a casa ya, por favor —nos suelta la bomba su hija.
—Joder ¿Pero está bien? Ya voy. Si se la lleva la ambulancia, me llamas, ¿vale? —espeta Ramos, nervioso.
—No sé cómo está; Rocío está siendo atendida porque le ha dado un ataque de ansiedad, a mí no me dejan acercarme. Yo te aviso, pero no tardes, por favor —suelta aterrada María.
Ramos cuelga y golpea el volante repetidas veces; las lágrimas comienzan a brotar de sus lacrimales.
—Para el coche —le pido.
—¿Qué dices? ¿No lo has oído? —me responde fuera de sus casillas.
—Sí, por eso mismo. No estás para conducir, ya lo llevo yo; no discutas y vamos. Cuanto antes lo hagas, antes llegamos —le ordeno, tratando de mantener un tono calmado.
—Tienes razón, joder… Me cagüen mi puta vida —suelta y para en el arcén con los warnings puestos.
Cuando llego a su casa, hay un circo montado de la hostia: vecinos curiosos entrando en su casa como si nada, policías tratando de contenerlos, paramédicos…
todo lo que se forma en cuanto pasa algo.
Paro en la puerta y apago la sirena. Ramos, antes de darme cuenta, ha salido escopeteado.
Bajo y me acerco a una de las compañeras:
—Buenos días, subinspectora Aduriz. ¿Qué ha ocurrido, compañera?
—Buenos días. Mujer de cuarenta años; le ha dado un ataque epiléptico y se ha desplomado cuando estaba tendiendo la ropa.
Por suerte, sus hijas hoy han faltado a clase y estaban en el domicilio, y han podido avisar rápidamente al 112.
Están estabilizándola para su traslado —me informa una agente morena de mi edad, más o menos.
—Gracias, voy para dentro —respondo, posándole la mano en el hombro.
Echo a dos vecinos curiosos del jardín y entro en casa de Ramos. Silvia ya está despierta, pero tiene la mirada perdida; Ramos está aferrado a su mano como un náufrago a un tablón. Y María y Rocío, abrazadas, llorando a moco tendido.
—Chicas, venid aquí —les digo a las hijas, extendiendo los brazos.
—Laia, qué mal, tía —me responde Rocío, y ambas se aferran a mí con fuerza.
Las abrazo y consuelo, o todo lo que yo puedo ofrecerles ante una situación así.
—Está estabilizada, nos la llevamos para que le hagan pruebas. Vamos al Marañón —dice el médico.
—Os sigo con el coche; niñas, vamos. Aduriz, ven —responde Ramos.
—Dime, compañero.
—Llévate mi coche para ir a hablar con el testigo ese. Yo me llevo el coche para poner la sirena y seguirles —me suelta.
—No, yo me voy con vosotros, llamo a Alma y no hay problema, seguro —respondo.
—No. Ahora, entre que lleguemos, le hagan pruebas y demás mierdas, se van a ir unas horas; prefiero que dejes eso cerrado y luego, si quieres, te acercas —me pide Ramos.
—Vale, lo que quieras, amigo. Aquí estoy, ¿lo sabes, no? —le pregunto.
—Lo sé… Gracias. Vámonos, venga —responde.
—Tranqui, que yo cierro todo —le digo para que se marche tranquilo.
Los médicos sacan en la camilla a Silvia; Ramos y las niñas se van detrás, compungidos.
Los curiosos se agolpan junto a la ambulancia.
Yo chequeo la casa: la ropa que estaba tendiendo Silvia aún está tirada en el suelo; la recojo y la tiendo antes de irme con el coche de Ramos a hablar con el tal Rober, aunque me apetece una mierda hacerlo.
Por el camino he llamado a Alma y le he explicado el percal; me ha dicho que lo interrogue y luego me tome el día para ir al hospital si quiero.
Que me manda de refuerzo a Biel Prats, que ha decidido dejar su puesto de jefe de Narcóticos después del caso del Ámbar8 y de otro posterior que lo saturó, y ahora también es inspector.
Al llegar al domicilio del tal Rober, Prats ya está allí. Sigue tan alto y rubio como siempre, ese aire de cuarentón bien llevado pero con unas ojeras marcadas de la hostia.
—Buenas. ¿Qué tal? —le pregunto.
—Bien. ¿Qué ha pasado con la mujer de Ramos? Me ha dicho Moreno que tú me contabas. Que tenía que venir a ayudarte.
—Estaba tendiendo, se ha desmayado y ha comenzado a convulsionar; han tardado un buen rato en estabilizarla y se la han llevado para el hospital para hacerle pruebas y descartar que sea algo serio —le pongo al día.
—Joder, qué putadón. ¿Y tú no has ido con él? —me pregunta sorprendido.
—Quería, pero me ha dicho que trate de cerrar esta mierda; cuando hablemos con el tipo este, voy para allá —le respondo.
—Perfecto, zanjemos esto y vamos al hospital —me responde Prats.
El domicilio del tal Rober está en un bloque de edificios del barrio de Usera, de esos que parece que se van a caer a pedazos, con una fachada de ladrillos rojos agrietada y con más remiendos que la hostia.
Los vecinos, la mayoría de etnia gitana, nos miran con desconfianza, como suele ser habitual cuando se huelen que un poli entra en su territorio.
Entramos al portal cuando el chaval nos abre; hay un patio interior que da a dos portales distintos y tomamos el camino de la derecha.
Al abrirse la puerta del ascensor, una mujer en bata, rulos y descalza nos mira y pregunta tras soltar el humo del pitillo que fuma:
— ¿Subís?
—No —suelta Prats y la mujer cierra la puerta. El ascensor comienza a subir.
—¿Qué ha sido eso? Si solo sube, no hay plantas más abajo —pregunto.
—Ni idea, joder, qué fauna… —suelta Prats y comienza a despollarse.
Cuando el otro ascensor llega, subimos aún comentando la jugada de la señora peculiar que nos ha dejado descolocados. Ya en el piso de Rober, nos ofrece algo de beber pero lo rechazamos. Nos invita a sentarnos en un sofá lleno de manchas extrañas; yo me siento en una silla de madera.
El tal Rober es un varón de cuarenta años, desgarbado, de barba descuidada, ojos seductores y profundos. Tiene un aire atractivo y caótico, de esos que te hacen pasarlo mal pero que te enganchan. Prats, de pie, comienza a preguntar:
—Cuéntenos por qué dice que no nos ha revelado toda la verdad —lo invita a hablar.
—Porque parecen majos, una pareja modélica, pero son unos hijos de puta, perdón por el lenguaje. He sido amigo suyo diez años, donde lo he dado todo por ellos, y me han tirado como una colilla cuando se han cansado de mí —responde el chico, claramente indignado.
—Por favor, cíñase a los hechos, no a sus opiniones personales —lo incita Prats.
—Perdón. Bueno, la cosa es que son raritos los dos, ¿vale?
Partiendo de esa base, cada vez se han ido aislando más de los demás.
Al principio yo los comprendía, porque lo que me contaban de sus relaciones con el resto de su entorno invitaba a pensar que ellos eran las víctimas de esas relaciones.
Pero, según iban pasando los años, vi que eran ellos los que cada vez transigían menos; ella incluso no fue al bautizo de su sobrina.
Nunca se ha llevado bien con la hermana, pero, joder…
una sobrina. Él siempre fue peculiar, era mi amigo en origen; a ella la conocí después —comienza a narrar Rober.
—Al grano, por favor —lo apremia Prats.
—Sí, bueno, el contexto es necesario, agente.
Total, que el último año o año y medio todo ha ido a peor.
Ella, en una supuesta depresión y ansiedad; créanme, no estaba tan mal como hacía ver, le gusta llamar la atención.
Comenzó a ir a terapia. Su psicólogo era un chico un par de años menor que ella, guapo, y yo noté que ella tenía algo más que una relación terapeuta-paciente.
Total, que un día que tuve que ir por su barrio a realizar unas gestiones los vi besarse.
Como es lógico, avisé a mi amigo y este, lejos de creerme, la defendió a capa y espada…
Lástima no haber hecho una puta foto. Total, que me echaron de su vida así, como si nada.
Y entonces creo que él pudo descubrir el pastel.
Pero dudo que él la matara, no es ese tipo de persona, por lo que realmente creo que el psicólogo y ella mantenían una relación y ella, al ver que iba a joder su sustento y su vida «perfecta», se echó atrás y él la mató.
Pero solo es una conjetura —nos suelta el tal Rober.