Capítulo II — Tres meses después #3
Cuando me incorporo, la violencia ya ha escalado.
Karim se ha metido por medio para proteger a Vega, pero el rubio repeinado de la raya al medio se le adelanta.
El niñato le suelta un croché de derecha directo al pómulo que hace que Karim se tambalee hacia atrás, chocando contra los taburetes.
Marcus intenta intervenir, pero dos de los amigos del rubio se le echan encima para frenarlo.
Suficiente. Mi cuerpo se mueve solo, activando esos reflejos que la academia y la calle te graban a fuego en los músculos.
Me deslizo por el lateral del agresor antes de que pueda armar el brazo de nuevo.
Le agarro la muñeca derecha con una llave limpia, le hundo el talón de mi bota por detrás de la rodilla y hago palanca con todo mi peso hacia el suelo.
El tipo cae de bruces contra la tarima con un gemido sordo.
Sin darle tiempo a procesar el golpe, le retuerzo el brazo a la espalda, hincándole mi rodilla izquierda directamente en los riñones para anular cualquier intento de fuga.
Sus amigos dan un paso atrás en seco al ver la velocidad del movimiento.
—¡Suéltame, zorra! ¿Pero tú de qué vas? ¡No sabes quién es mi padre! —brama el rubio con la cara aplastada contra el suelo mugriento.
Me inclino hacia su oreja, apretando un poco más la articulación hasta que el dolor le corta la respiración. No voy a negar que disfruto de cómo lloriquea el subnormal.
—Me importa tres cojones quién sea tu padre, imbécil —le susurro con una calma que me asusta a mí misma—. La has cagado a niveles astronómicos. Acabas de agredir a dos policías. Disfruta de las próximas horas en el calabozo; esta noche mami no te dará un besito en la frente, soplapollas.
Levanto la cabeza y clavo la mirada en Vega, que contempla la escena con los ojos como platos y la respiración acelerada.
El descaro de hace un minuto se le ha evaporado de golpe.
Sé que no le gusta mi vena violenta, pese a que sabe que es imposible sacarla de mí.
Por esto mismo no tengo pareja… no terminan de aceptarme, joder.
—Vega, sal y dile a tu madre que mande una patrulla. Que manden un zeta ya —tomo las riendas de la situación—. Y tú, Marcus, llévate a Karim al callejón exterior. Que le dé el aire.
La música retumba en mis oídos, pero a nuestro alrededor se ha formado un círculo de silencio y teléfonos móviles apuntando hacia nosotros. Qué asco de época tecnológica.
—¡No podéis grabarnos! Somos agentes de policía. Apartad los dispositivos, por favor —intento jugar la baza de la placa, aunque sin uniforme es inútil.
Saco al rubio a rastras del local sujetándolo por el cuello de su camisa pija, ignorando sus insultos, mientras sus amigos están siendo retenidos por los seguratas, lo suficientemente acobardados como para no intentar nada más cuando han visto a una tía con dos ovarios reventar a su amigo grande y chulito.
Nos plantamos en la acera lateral, bajo la misma lluvia fina de antes, que ahora parece más triste teñida de homofobia en la noche madrileña.
Karim está apoyado contra la pared, tapándose el pómulo con la mano; ya le está saliendo una inflamación morada bastante fea, pero asiente con la cabeza para darme a entender que está bien.
Marcus lo abraza por los hombros, con la mandíbula apretada de pura impotencia.
Vega se acerca a mí, guardando el móvil en el bolso.
—Ya vienen —me dice con un hilo de voz, mirándome las manos, que me tiemblan levemente por el subidón de adrenalina—. Joder, Laia... Lo siento. Se me ha ido la pinza con el comentario y la escenita.
Miro su vestido negro, ahora un poco desarreglado, y siento un cansancio infinito que me aplasta los hombros. A pesar de que ha sido ella la que ha encendido la mecha con su provocación, la culpa me carcome por dentro. Mi trabajo siempre termina salpicándolo todo.
—No pasa nada. Vete a casa, Vega —le digo, intentando suavizar el tono—. En serio, pide un Cabify o un taxi y lárgate. Perdóname tú a mí. Te he jodido la cita.
Vega me mira fijamente, me acaricia el brazo herido con suavidad y me da un beso rápido en la mejilla, rozando apenas mi cicatriz.
—Mañana te llamo, bombón. Cuídate —susurra. Se gira, se despide de los chicos y se pierde entre el bullicio de la Gran Vía, buscando un taxi.
Seis minutos después, las luces azules de un coche patrulla tiñen de neón la fachada del garito infecto de gentuza.
Los dos compañeros bajan del zeta, los pongo al día y les entrego al rubio repeinado, que sigue soltando amenazas de niño rico.
Se quedan al mando para interrogar a los amigos y a la gente del local.
A nosotros nos toca ir a la central a tomar declaración, rellenar el papeleo por agresión a la autoridad y dejar constancia de las lesiones de Karim.
Termino de firmar el acta pasadas las tres de la madrugada.
Salgo de la comisaría con el cuerpo molido, el codo hinchado y un sabor amargo en la boca que ni todo el chocolate de Ramos podría quitarme.
Me subo a un taxi de vuelta a mi piso, mirando los edificios oscuros de Madrid a través de la ventanilla.
He intentado no ser policía por unas horas. He tratado de ser normal. Pero la realidad es una puta apisonadora que siempre vuelve a pasarme por encima.