La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo II — Tres meses después #2
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Capítulo II — Tres meses después #2

—¡Coño, Karim! Qué susto, tío —acierto a decir sobresaltada.

Para los desmemoriados, es el jefe de logística de nuestra unidad. Un tío impecable de rasgos árabes, siempre comedido y profesional en comisaría, que hoy ha cambiado el chip formal del trabajo por ropa de calle y está guapísimo.

—¿Qué haces tú aquí, Aduriz? No te pega nada esto —pregunta sorprendido y da un trago a su bebida.

—Estoy con la hija de la jefa Moreno, ya sabes que estamos ahí ahí, medio liadas —respondo.

—¿Medio? El otro día iba a mear y os oí en vuestra fiestecita en el baño —me suelta y me hace sentir una vergüenza terrible.

—Mierda… ¿tanto se oyó? —pregunto.

—Sí, menos mal que solo me di cuenta yo; si no, todos los pajilleros se habrían puesto a aplaudir como mandriles —me responde.

—Cierto, menos mal. A todo esto… ¿tú qué haces aquí? —pregunto curiosa.

—Estoy con mi chico, ya te he hablado de él —responde.

—Coño, el futbolista, ¿no? ¿Marcus? —reacciono.

—Sí, el mismo que viste y me la calza —me suelta el cabrón, haciéndome reír como una pava.

—Qué tío. ¿Qué tal llevas que el primer futbolista abiertamente homosexual de Primera División española sea tu novio? —le suelto a bocajarro gracias a la confianza que hemos ganado estos años.

—Yo bien, él lo lleva peor, pero le ha echado dos huevos.

Plantarse delante de todo ese mecanismo de testosterona y soltar la bomba fue un acto valiente, pero le ha traído consecuencias.

Manda cojones que a día de hoy, con todo lo que hemos avanzado, aún haya patrocinadores a los que les importe con quién te acuestas.

Por suerte, yo en comisaría siento el apoyo de todos —me responde con cara compungida.

—Lo sé, ya sabes que yo te apoyo, como buena bollera que soy —respondo, me acerco y le doy un abrazo.

Tras unos segundos en los que compartimos la cercanía de los diferentes a ojos de la sociedad retrógrada, Naybet rompe el momento hablando:

—Bueno, basta de ponerse serios, que hemos venido a desconectar —dice Karim con una sonrisa, dándome una palmada ligera en el hombro.

Volvemos a cruzar el umbral del garito, esquivando a la masa que se agolpa junto a los reservados, y nos dirigimos a la zona más oscura de la barra del fondo.

Allí, apoyado contra el mármol negro y sosteniendo una copa, nos espera su pareja.

Joder, el chaval es un espectáculo. Es un chico negro, joven, con una complexión física impecable que resalta bajo una camisa negra entallada con los primeros botones abiertos de forma informal.

Tiene unas facciones marcadas, muy atractivas, una mirada intensa y profunda, y lleva el pelo corto tipo fade afro perfectamente perfilado, coronado por una barba corta muy cuidada que le enmarca la mandíbula.

Un pendiente pequeño y brillante en el lóbulo de la oreja y una fina cadena de plata alrededor del cuello completan un estilo elegante y sobrio que encaja a la perfección en este sitio.

El tío exuda una confianza tranquila, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones oscuros, observando el ambiente con una calma que contrasta con el caos que lo rodea.

—Marcus, esta es Aduriz, bueno Laia, mi compañera de la unidad de la que te he hablado —nos presenta Karim, hablando alto—. Laia, este es Marcus.

—Encantado, Laia —me dice Marcus y se acerca a darme dos besos.

Huele increíble; no sé qué colonia lleva, pero se nota que es un perfume de pasta. Seguro que hasta la camisa que lleva vale más de lo que gano en un mes.

—¡Karim! Hola, cielo, ¿cómo estás? —espeta Vega apareciendo por detrás.

—Ey, Moreno júnior, ¿qué pasa? Vaya telita de vestido, estás pibonazo, mi reina —le suelta Naybet con un ramalazo que suele ocultar.

—Todo bien. Aquí con la subinspectora Aduriz, sacándola de la rutina de las caras largas de comisaría, a ver si cambia esa cara vinagre un ratito —responde Vega.

Ya me ha tirado la pullita de cara vinagre, le encanta… y sabe que lo odio, entonces lo hace más la cacho perra.

—Ejem, ejem —proyecta fingido Marcus.

—Oh, sí, perdona, cielo. Vega, este es mi chico… —comienza a decir Naybet.

—Marcus, el futbolista gay… Sé quién es. Vaya chulazo te has echado, nene —le corta Vega con su descaro habitual y se lanza a darle dos besos a Marcus.

—Con Marcus o futbolista también valía. Encantado —responde él.

—Uy, perdona, soy así de bocazas; espero que no te haya molestado —responde Vega, cortada.

—No pasa nada, tranquila. Cosas peores me dicen desde que lo hice público —responde Marcus.

En ese momento noto a un grupo de cayetanos mirándonos más de la cuenta. Los niños pijitos de papá, homófobos por puro desconocimiento y borreguismo, no tardan en hacerse notar creyéndose graciosos:

—Negro, maricón, y encima se folla a un moro. Pavoneandose con dos bolleras, el pack completo. Bueno, casi; falta un guachupino y tenemos el circo completo —suelta en bajo para hacerse el machote un tipo rubio con cuerpo de gimnasio, repeinado con raya al medio.

Karim, por puro instinto, salta, pero Vega le pone la mano en el pecho y lo frena. Se gira hacia los niñatos y les dice:

—A ver si en vez de cogeros tanto las pollas entre vosotros, maricones reprimidos, cogéis un libro y aprendéis un poquito de algo, aunque solo sea un poquito, putos payasos de mierda ¿Os molestan las bolleras?

Seguro que luego os pajeáis a base de bien con sus vídeos.

Pues aquí tenéis un recuerdo para esta noche; luego piraos y dejad de tocarme el coño —suelta Vega y me coge de la mano.

En ese momento, Vega me planta un morreo de película, recorre todos mis dientes uno por uno y me agarra el culo.

Cuando me suelta de golpe, noto mi cuerpo salir disparado hacia el suelo, cayendo y pegándome un guarrazo de campeonato; me he dado con el codo en la barra.

Levanto la vista y veo cómo uno de los pijitos, imbuido en ira, me ha tirado al ir a por Vega por provocarlos.

Karim se ha interpuesto y están forcejeando; Marcus se mantiene al margen.

Me levanto apoyando las palmas en la superficie pegajosa del garito, con el codo izquierdo palpitando de dolor tras el impacto contra el mármol de la barra.

Estoy hasta el coño. Literal y figuradamente hasta el coño.

He intentado apagar el chip policial por una noche, pero parece que el mundo se empeña en recordarme que no tengo derecho a un puto respiro.