La firma del cuerpo (La firma del… 2) Capítulo II — Tres meses después
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Capítulo II — Tres meses después

Han pasado tres meses desde que el sótano del profesor Oyarzabal saltó por los aires, pero el recuerdo de esa escena tan salvaje se me ha grabado en la mente. Junto con mis náuseas y frustración al descubrir la colección de pezones de mujeres muertas que ese puto enfermo guardaba.

Hay días en los que Madrid me parece demasiado grande y despiadada y me gustaría desaparecer por completo; llevo una racha de mucha presión y me está costando sobrellevarla. Menos mal que Nai dejó la actitud rebelde atrás y de tocarme los ovarios. Desde que estudia Derecho ha madurado aún más.

Supongo que es el precio de dos años tras la mudanza.

Dejar Bilbao por la capital para entrar en una unidad especial de la Policía Nacional sonaba muy bien en los despachos, pero nadie te explica la letra pequeña.

Esa que indica que el asfalto madrileño quema igual y los monstruos son los mismos pero más salvajes.

Para el que ande despistado o tenga la memoria corta: mi nombre es Laia Aduriz.

Soy subinspectora, tengo veintisiete años, una cicatriz en la cara cortesía del cúter de mi difunto excuñado —por el cual mi hermana está entre rejas aún— y la espalda dolorida de pasar demasiadas horas en un coche patrulla.

A mi lado, en el asiento del copiloto, se sienta Hugo Ramos, cuarentón, inspector jefe calvorota, veterano, pragmático y con más kilómetros que una furgoneta de reparto.

Empezamos mirándonos de reojo, desconfiando el uno del otro como dos perros de presa en el mismo jardín, pero la calle te une o te mata.

Ahora nos cubrimos las espaldas sin necesidad de hablar. Es un amor de hombre. Una especie de padre que me protege y cuida como no lo ha hecho nadie nunca en mi vida. Muchos días siento que sigo adelante por él.

Hará cosa de cuatro meses, he comenzado a quedar de nuevo con la hija de mi jefa, Alma Moreno: Vega.

La conocí en una barbacoa en casa de Ramos y tuvimos una noche que no estuvo nada mal, pero yo no soy de relaciones, no puedo atarme con todo lo que hay en mi vida a los deseos de otra persona, y no me apetece andar discutiendo cada dos minutos.

Bueno, que me lío; después de unos meses sin verla, un día apareció en comisaría y volvió a tirarme la caña.

Acabamos en el baño de la comisaría refregándonos; nada profesional, pero estaba con las hormonas alteradas…

y, coño, que está muy buena. Desde ese día hablamos y decidimos ser follaamigas.

Y eso se ha convertido en ser amigas, la única que tengo, de hecho.

Hoy ha insistido en sacarme de casa y salir a un garito de moda; odio profundamente el ajetreo y el ruido de la noche madrileña, pero he aceptado. No sé muy bien por qué. Al final soy una blanda. Estoy mirándome en el espejo tras maquillarme para ponerme guapa para ella.

—Vamos, guapita, aguanta el tirón, un ratito de cama con Vega y a casa; menos mal que mañana libras, si no Ramos me estaría dando por culo todo el día con mi cara zombi —le digo a mi reflejo.

Salgo del baño y miro el salón; se nota que Nai está de viaje con las amigas de la uni, qué recogido está todo y limpio. Cuando está ella, no me dura la casa recogida ni dos horas.

Cojo la chaqueta y las llaves del bol de la entrada, cierro la puerta y espero al ascensor.

El trayecto en taxi es un infierno. El conductor, un hombre caucásico de en torno a cincuenta años, tez clara pero barba oscura como la noche que nos envuelve, es un auténtico pesado.

El típico machirulo arraigado en su ineptitud que te llama guapa, muñequita, cielo.

Me entran ganas de saltar y darle de hostias solo por eso.

¿Te parece excesivo? Se nota que no has tenido que sufrir a babosos así.

La danza de las luces en la noche madrileña es incesante; las calles abarrotadas hacen que sea imposible descansar a los vecinos que viven aledaños a los locales de ocio.

Sinceramente, es un ambiente que no entiendo; siempre he sido más de estar en casa tirada con mi pijama, echarme una partida a la Play , ver un reality , una serie o algo así.

Pero ser adulta a veces implica tener que hacer cosas que no quieres…

por los demás. Cosa que aprendí bien joven.

Bueno, que ya estoy volviendo a irme por las ramas.

Cuando he pagado al rancio, bajo del coche; aún Vega no está en el sitio acordado.

Unos minutos de espera y un taxi blanco frena con un leve chirrido junto al bordillo de la acera mojada.

Madrid de noche no duerme; vibra. El reflejo dorado de las luces del edificio Metrópolis tiñe los charcos del asfalto de un tono cobrizo que hace que la Gran Vía parezca el escenario de una película cara.

A estas horas, la calle es un hervidero de tipos con prisa, ejecutivos que apuran el último gintónic con la corbata floja y grupos de universitarios que arrastran los pies buscando un local abierto.

El aire huele a lluvia reciente, a humo de tubo de escape y a ese perfume caro mezclado con alcohol barato tan típico de las zonas de fiesta.

El frío de la medianoche me hace tiritar levemente; la cicatriz sigue ahí, molestando con el cambio de temperatura por mucho que intente camuflarla.

Entonces, la puerta trasera del taxi se abre y de ella baja Vega.

Planta un tacón en el suelo con una decisión que hace que un par de tíos que pasan por la acera se giren a mirarla.

Lleva un vestido corto de satén negro que se ciñe de escándalo a sus curvas y una perfecta cazadora de cuero oscuro que le da un aire peligrosamente sofisticado.

Se apoya un segundo en el marco de la puerta del coche, sujetando el bolso de cadena mientras la brisa de la noche le alborota el pelo, que le cae en ondas oscuras sobre los hombros.

Se queda un instante quieta, clavando la mirada en el bullicio de la avenida.

El maquillaje oscuro le resalta unos ojos que ya de por sí son capaces de desarmar a cualquiera, dándole un aire distante, felino, de los que mantienen a los idiotas a raya.

Joder. Es insultantemente guapa. Paga al taxista, se gira como si estuviéramos en un anuncio de El Corte Inglés y se acerca dibujando una leve sonrisa encantadora.

—Hola, guapa, ¿qué tal estás? —me saluda con un beso sutil pero cargado de erotismo.

Todo el frío que tenía hace un segundo comienza a disiparse como la nieve cuando aparece el sol.

—Bien, estás preciosa, tía. ¿Tú qué tal? —pregunto.

—Gracias, bombón, esto es un trapito cualquiera que tenía por casa. Yo estoy bien, un poco de jaleo en el curro, pero luego te cuento; vamos a tomar un copazo y bailar un poco antes —me responde, haciéndose la humilde.

Un trapito cualquiera para ella es, he estado más de una hora decidiendo que vestido me ponía, otra hora de maquillaje y un cambio de vestido a última hora.

Se le olvida que más de una vez la he visto prepararse mientras esperaba aburrida como una ostra.

Expresión, por otra parte, que jamás he entendido y no sé por qué coño uso.

Entramos al garito; está masificado.

Es el típico local de moda del centro de Madrid que sale en las historias de Instagram de los futbolistas de primera e “influemierders”, y de los hijos de la jet set . Paredes de hormigón visto, luces de neón rosa que te queman las córneas y un techo técnico industrial pintado de negro.

Mi cerebro, que es incapaz de dejar de trabajar por cuenta propia, escanea el espacio en tres segundos por pura deformación profesional: el aforo está triplicado, hay una única salida de emergencia al fondo a la derecha obstruida por tres putos barriles decorativos, y si aquí dentro pasa algo, esto se convierte en una ratonera de diseño en menos de un minuto.

Los dos porteros de la entrada, dos armarios empotrados con pinganillo y cara de pocos amigos, estarían más ocupados salvando su propio pellejo que organizando una evacuación.

La distribución está pensada para que te gastes el sueldo del mes en diez minutos.

Una barra kilométrica lacada en negro domina el lateral izquierdo, atendida por camareros hiperactivos con camisas oscuras ceñidas.

A la derecha, los reservados VIP , elevados sobre una tarima para que los tipos que pagan mil euros por una botella de vodka barato miren por encima del hombro al resto de la plebe.

En la esquina que conecta la barra con la pista de baile, un chaval de veintipocos años con camisa de lino abierta hasta el ombligo y mocasines sin calcetines intercambia un fajo de billetes con un tipo de paisano.

El camello le pasa una bolsita transparente con un polvo blanquecino a la vista de todo el mundo.

El cliente ni se esconde; se pasa el dedo por la encía con la prepotencia del que se cree intocable.

En otra ocasión, me habría acercado, le habría plantado la placa en la cara y lo habría mandado a comisaría por imprudente.

Pero hoy no. Hoy es mi maldita noche libre.

Hoy no soy poli. Hoy solo soy una tía de veinticinco años que quiere tomarse un copazo, rozar su cuerpo contra el de Vega y olvidar que el mundo exterior apesta a cadáver y formaldehído.

El calor ahí dentro es asfixiante, estoy sudando de tanto bailar y el retumbar de los graves me está machacando las sienes.

Salgo a la calle un momento porque necesito un poco de aire fresco y descansar de tanto bullicio.

A través de la gran cristalera del local, observo cómo Vega lo da todo en mitad de la pista de baile.

Es magnética; se mueve con una fluidez que parece casi insultante bajo los focos de neón y todas las miradas del garito van dirigidas a ella. Normal. Es imposible no mirarla.

Estoy apoyada contra la pared de la fachada, respirando el aire frío de Madrid y saboreando la tranquilidad de la acera, cuando una voz masculina familiar me saca de mi embobamiento.

—Vaya, Aduriz. No me esperaba encontrarte en un sitio como este.

Al darme la vuelta, me topo de frente con Karim Naybet.