La firma del cuerpo (La firma del… 2)
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Capítulo I — ¿Qué tenemos aquí?
—Dime jefa —respondo sin saludos banales, no le gustan.
—Aduriz, Ramos y tú, a casa del profesor Oyarzabal ya. Hay un triple homicidio, la mujer ha llamado desolada; Oyarzabal, la cuñada y la hijastra muertos en el sótano. Maite y su equipo ya están de camino —me informa Alma.
—Ya vamos jefa —respondo.
—¿Qué pasa? —pregunta Ramos curioso.
—A casa de Oyarzabal, se ha liado parda y están muertos él, la hijastra y la cuñada… muy heavy, calvito —le informo.
—Joder… maldito hijo de perra… vamos —masculla Ramos, saca la sirena y la coloca sobre el techo del coche.
Nos adentramos en la urbanización. Es la típica de avenidas anchas repleta de árboles, rotondas que no parecen acabar nunca, badenes que destrozan los amortiguadores de los coches, gente corriendo, abuelos caminando por la calle, gente sacando al perro, niños jugando al fútbol, adolescentes esconden los porros a la que ven la sirena…
la típica urbanización de clase media-alta que tantas veces he visto y se repite como copias casi idénticas.
—Aduriz, estás muy callada. Sabía que el hijo de puta ese no podía ser tan perfecto —me saca de mis pensamientos Ramos.
—Ya ves... una fachada tan impecable es raro… pero el cabrón lo tenía todo bien atado, bueno, o eso creía él —le respondo.
—Sí, casi todo. No entiendo cómo un tío tan listo no cayó en que si va con su traje y coche de la funeraria la gente lo iba a ver siempre en las inmediaciones de las residencias de las chicas desaparecidas.
Y todas tenían relación con él, ya sea la universidad o el gimnasio ese de flipados.
A excepción de la última, aunque ya la encontraremos —me relata Ramos.
—Ya… por cierto, ese gimnasio de flipados no te vendría mal, estás echando pancita de papito… —le digo cogiéndole un incipiente michelín.
—Serás cabrona… —me dice con una sonrisa.—Tanto Kinder Bueno … —respondo entre risas.
Aparcamos en batería detrás de dos zetas de la nacional que ya cortan el acceso a la calle.
Los habituales vecinos curiosos agolpados tras las cintas de nuestros compañeros.
Los primeros equipos de prensa, que llevan siguiendo las desapariciones meses, sobrevolando como buitres carroñeros micrófono en mano.
La casa es el típico chalet adosado, ni muy grande, ni muy pequeño para parecer un quiero y no puedo.
Tiene una fachada de ladrillo oscuro bastante bonita, un jardín cuidado, un par de coches aparcados dentro y una puerta blanca de acceso que le da un toque bonito.
Accedemos al inmueble y vemos al equipo trabajando, buscando por todas partes, en un baile habitual en un registro.
Al fondo se intuye que unos compañeros calman a la mujer y a otro hombre alto y fornido.
Nos ponemos los guantes de nitrilo azul, las calzas en los pies y bajamos la escalera hacia el sótano.
El olor cambia a mitad del pasillo: pólvora quemada, hierro y ese pestazo clínico a formol que tanto odio.
Abajo, el panorama es dantesco. Las luces forenses iluminan una auténtica carnicería entre la barra del bar y la mesa de billar.
Hay cartuchos del calibre doce por el suelo y salpicaduras de sangre en abanico que llegan hasta el techo.
Maite García está arrodillada en el suelo, rodeada de maletines abiertos y balizas numeradas.
—¿Qué tenemos aquí, Maite? —pregunta Ramos, tomando la batuta como siempre hace.
—Una escabechina en pocos minutos, Hugo —responde la forense, levantándose entre cadáveres con esa frialdad técnica que te congela la sangre—. Tres decesos confirmados. Todo apunta a un forcejeo cruzado que terminó en ejecución mutua.
Maite camina entre los restos e ilumina los cuerpos con su linterna.
—Ahí tenéis a Mikel Oyarzabal. Presenta el cuerpo en decúbito supino con tres impactos de bala.
Dos en el hemitórax izquierdo que le causaron un shock hipovolémico masivo por destrucción de grandes vasos, y el definitivo en la nuca.
Un disparo de ejecución a quemarropa con ahumamiento periférico.
Mantuvo su fachada pulcra hasta el final; miradle, con esa camisa azul formal y la mandíbula esculpida totalmente rígida. ¡Qué decepción me he llevado con él!
—¿Y las mujeres? —pregunto, sintiendo que el ambiente se vuelve espeso.
—La joven es Sophie, la hijastra. Yace desnuda junto al mueble bar, y presenta un impacto masivo por cartucho de caza en la cavidad abdominal, además de rastros de semen en manos, cavidad vaginal y bucal.
Las postas le provocaron un desgarro visceral severo en el estómago con una hemorragia interna y externa masiva.
Por la disposición de los cuerpos y las manchas de transferencia hemática en las manos de Oyarzabal, parece que este intentó taponar la herida de la chica de forma desesperada antes de recibir el tiro de gracia.
La tercera es Alicia, la cuñada. Cayó junto a la alfombra por múltiples heridas de arma blanca en el torso que le provocaron un colapso pulmonar traumático.
Pero antes de morir consiguió arrastrarse, según el rastro de la sangre, hasta la escopeta de caza de doble cañón y le voló la cabeza a Oyarzabal.
Se mataron entre ellos de manera brutal.
Alicia presenta lesiones defensivas equimóticas en los antebrazos y erosiones ungueales por un forcejeo violento premortem.
Me aparto un par de pasos hacia la pared lateral. Una estantería de madera repleta de DVDs y películas de Blu-Ray se encuentra abierta, revelando un doble fondo que el equipo de la científica acaba de balizar.
—Ramos, mira esto —le llamo con un hilo de voz, señalando el interior del hueco oculto.
Detrás de la estantería, ordenados como piezas anatómicas en una exhibición enfermiza, Oyarzabal guardaba botes de cristal con formaldehído.
Dentro flotaban los pezones amputados de sus víctimas de la universidad.
Sus trofeos de psicópata. Como si fueran las cámaras frigoríficas de un supermercado del horror.
Contengo el vómito que quiere salir de mi cuerpo al ver la escena.
—Maldito cerdo... —murmura Ramos entre dientes, con los puños cerrados—. Maite, ¿dónde está la mujer de la casa?
—Tenemos trabajo para mucho tiempo con esos “trofeos”.
La mujer está arriba, en el salón —responde la forense, guardando muestras en su maletín—.
Ha llegado de su turno de enfermera en el hospital y se ha encontrado con todo este pastel.
Está con el novio de Alicia, un tal Juanfran.
Subid a hablar con ellos, están en un estado de shock severo.
La mujer no sospechaba nada de lo que este tipo hacía, ni que se acostaba con la hija. Está desolada.
Subimos las escaleras de madera dejando atrás el hedor a matadero del sótano.
Al entrar en el salón, el ambiente es insoportable por el dolor y la tensión.
Bárbara, la mujer de Mikel, está sentada en el sofá blanco.
Llevaba puesto todavía el pijama azul marino del hospital, el uniforme de enfermera con el que debió de salir de su turno antes de que su vida se hiciera pedazos, y su tarjeta de identificación de plástico de enfermera colgando del pecho.
Llora de forma incontrolable, balanceándose con el rostro moreno hundido en las manos, repitiendo que era una ignorante de las atrocidades que ocurrían bajo sus pies. Está completamente rota, arrastrando una mirada noble y cansada que hacía evidente su inocencia.
A su lado, Juanfran, el novio de Alicia, camina de un lado a otro como un animal herido.
Un hombre moreno, muy joven, de facciones marcadas y una complexión física imponente; tiene los brazos y el torso extremadamente fibrosos y musculosos bajo una camiseta roja ceñida que delata horas de gimnasio.
Está furioso, desbordado por una rabia impotente que le hace saltar las lágrimas.
En cuanto nos ve las placas, se abalanza hacia nosotros.
—¡Se lo dije! ¡Se lo dije a Alicia! —brama Juanfran, con los puños cerrados y la mandíbula tensa de pura rabia—.
Le dije que ese puto profesor tenía algo raro, que no me gustaba un pelo.
Ayer me mandó unos mensajes raros al móvil...
decía que había descubierto algo gordo en esta casa, pero la muy tonta no me quiso decir el qué.
¡Quería comprobarlo ella sola! ¡Joder, joder!
Si me lo hubiera dicho, habría venido yo mismo y le habría reventado la cabeza a ese psicópata antes de que las tocara. ¡Maldita sea!
Ramos se acerca a él con calma, aplicando el protocolo policial lógico para contener la situación sin alterar más el gallinero:
—Tranquilo, chaval. Lo lamento mucho. Ahora necesito que nos acompañes fuera con los compañeros y nos dejes el terminal móvil para registrar esos mensajes de Alicia. Vamos a esclarecerlo todo paso a paso.
Tras asegurar los teléfonos como pruebas para la cadena de custodia y dejar que el servicio de asistencia psicológica se hiciera cargo de Bárbara y Juanfran, abandonamos la vivienda.
Fuera, la rutina de la urbanización parece otra debajo del cielo de Madrid.
Me apoyo en el lateral del coche, quitándome los guantes de nitrilo con los dedos temblando ligeramente por la adrenalina.
Al menos ya no me bloqueo delante de los cadáveres…
—Estoy harta, Ramos —le confieso, mirando las luces de los zetas reflejadas en los cristales de la casa de Oyarzabal—.
Estoy jodidamente harta de llegar siempre tarde para pillar a los psicópatas más cabrones del mundo.
Siempre encontramos los cadáveres cuando el daño ya está hecho. Como con Sara Alfaro… ¡Joder!
Ramos abre la puerta del conductor y coge algo. Regresa hacia mí, me pone una mano firme en el hombro obligándome a mirarle a los ojos y me dice:
—No te fustigues, Laia. Hacemos lo que podemos con los recursos que tenemos.
La policía no es adivina. No mires solo lo negativo.
Piensa en cuántos cabrones hemos metido entre rejas desde que hacemos equipo.
Fíjate en lo positivo. Hoy el monstruo está muerto y su colección ha salido a la luz.
Anda, sube al coche que nos volvemos a la central.
Toma, cómete un poco de chocolate para animarte, anda.
Cojo la barrita de chocolate que me ofrece y me la meto en la boca con ansiedad. Trago… y me subo al coche. Tiene razón, al menos el monstruo, Mikel Oyarzabal, está muerto. Las jóvenes madrileñas estamos de enhorabuena.
¡Ojalá se pudra en el infierno el hijo de la gran puta!