La firma del asesino (La firma del…1) Capítulo XXIII — Ella es inocente
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Capítulo XXIII — Ella es inocente

El vídeo corre como la pólvora por todas las televisiones del mundo.

Todo el planeta habla del asesino, la Mano del Diablo.

Hay miles de posts en internet, foros, redes sociales, vídeos de apoyo a las víctimas, de condena a los jugadores.

Hilos de X condenando la inacción de Raúl Alcácer.

Gente que aprovecha que eran futbolistas para criticar al fútbol por la cara… mucho ruido alrededor de todo el caso.

El nombre de Inés Redondo aparece una y otra vez, acompañado siempre de las mismas palabras. Inocente. Víctima. Error judicial intolerable.

Los programas especiales se suceden durante horas.

Analizan cada fotograma, cada gesto, cada silencio.

Hablan de cómo Inés no tuvo defensa real.

De cómo su declaración fue desestimada desde el principio, de cómo se ocultaron pruebas, de cómo ciertos informes se redactaron con prisas y con demasiada seguridad.

Empiezan a salir nombres. Abogados de prestigio. Jueces con carreras impecables. Policías que nunca levantaron sospechas. Todo se va deshilachando poco a poco.

No es una revelación repentina. Es un derrumbe lento. Y cuanta más gente cae, más ruido hace el caso a nivel mediático.

Hay muchas detenciones. Algunas discretas, otras inevitables con las cámaras grabando.

Abogados esposados entrando en los juzgados por la puerta trasera.

Un juez suspendido de manera cautelar. Dos policías apartados del servicio mientras se investiga su papel en el caso.

Sobornos, favores, llamadas fuera de registro.

Todo lo que siempre se sospecha y casi nunca se puede probar, esta vez aparece documentado.

Inés, mientras tanto, no sale de su piso tutelado. Se esconde, no quiere que la vean, los periodistas de alguna manera saben dónde vive ahora, están apostados en su puerta las veinticuatro horas del día, malditos carroñeros.

No ha dado declaraciones. No ha aceptado entrevistas. No ha escrito comunicados. No quiere ser la cara de nada. Y aún así lo es.

La mujer a la que nadie escuchó. La mujer a la que le robaron años de vida. La mujer que pagó por los crímenes de otros.

Las manifestaciones no tardan en llegar. Primero pequeñas concentraciones. Después marchas más organizadas. Pancartas con su nombre. Gritos contra la impunidad. Contra el dinero. Contra el poder. Contra el fútbol convertido en intocable.

Hay rabia, pero también hay algo más peligroso que se comienza a gestar en las redes.

En internet empiezan a circular mensajes de apoyo al asesino de la Mano del Diablo. Al principio son pocos, casi anecdóticos. Comentarios aislados. Frases sueltas. Pero crecen. Se organizan. Comparten teorías, justifican los asesinatos, los presentan como justicia poética.

Llega un punto en el que no hablan de víctimas, hablan de violadores que reciben su merecido.

Y aunque no lo diga en voz alta, lo entiendo. No lo comparto. No quiero vivir en un mundo donde matar sea una respuesta válida. Pero entiendo de dónde sale esa necesidad de ver caer a quienes siempre se han salido con la suya.

Raúl Alarcón no tiene escapatoria. Su nombre aparece vinculado al caso desde todos los ángulos posibles. No por el crimen en sí, sino por lo que no hizo. Por haber mirado a otro lado. Por no haber ayudado a dos mujeres vulnerables cuando podía hacerlo.

Su equipo rescinde el contrato. Los patrocinadores se desmarcan. Su novia concede una entrevista en prime time donde habla de él como de alguien a quien ya no reconoce. Es el derrumbe de un futbolista emergente televisado en directo.

La unidad sigue trabajando. A veces se nos olvida, pero nuestra función principal no eran los asesinatos.

Y por fin, tras meses de trabajo, logramos cerrar la trama de apuestas ilegales.

Detenciones. Incautaciones. Pruebas sólidas.

Vínculos claros con el tráfico de drogas y el blanqueo de capitales.

Dos jugadores suspendidos por manipular partidos de manera directa.

La banda de amaños cae entera. Es un éxito. Uno grande.

Pero no se siente así en la unidad, al menos no todos lo sentimos así.

Beka no ha conseguido nada nuevo y empieza a desvariar hablando sola mientras revisa imágenes. Sin encontrar ningún error. Ninguna fisura.

La asesina sigue siendo un vacío con forma de mujer. Sabemos cómo actúa, sabemos por qué, sabemos lo que quiere decir. Pero no sabemos quién es. No ha cometido fallos. No ha dejado rastro. No ha pedido reconocimiento. Solo ha ejecutado su mensaje y ha desaparecido tras cada asesinato.

Mañana tenemos vigilancia, nos toca a nosotros esperar en la puerta de Inés a ver si ocurre algo. Esta noche Naiara está en casa de Ramos con sus hijas. Así que estoy jugando a la consola para no pensar en nada, lo necesito. De repente suena el timbre, me levanto y al abrir veo que es Ramos.

—Buenas noches compañera. ¿Quieres algo de

compañía? — Me pregunta.

—Claro, pasa. — Le digo.

Le ofrezco una cerveza, se sienta en el sillón, apago la consola y me siento con él.

—¿Va todo bien? — Le pregunto.

—Sí, y no, estoy saturado, necesitaba salir de casa, estaba viendo a las chicas riendo, jugando, despreocupadas, y no he podido dejar de pensar en Inés, Lena, en todo el caso. — Dice Ramos.

—Lo entiendo, yo cuando veo a Naiara a veces lo pienso, cómo una chica normal, inocente puede pagar por algo que no ha hecho y no se le da voz, no se le escucha. — Le confieso.

Ramos bebe un trago mientras gesticula con la cara dándome la razón.

—Eso es, la cosa ha avanzado, se ha rebajado el machismo en los últimos años, o eso parece. Hasta que ves cosas como este caso, como tíos jóvenes, que deberían tener otros valores, otro respeto por la mujer, hacen cosas así.

Yo entiendo que nuestros padres eran de otra generación, las cosas antes eran más machistas, pero joder, que chavales jóvenes retrocedan de esa manera, que traten a mujeres como objetos y salgan indemnes…

si no fuera por la asesina seguirían con su vida como si nada, me revuelve el estómago cada vez que lo pienso.

Quiero un mundo mejor para mis hijas, para tu sobrina, donde las mujeres no tengan que ir acojonadas…

qué puta mierda. — Me dice Ramos destrozado, tiene los ojos vidriosos.

—Lo sé compañero… es una mierda muy grande. — Le digo poniéndole una mano en el hombro.

Me abraza, es un momento raro, nunca hemos tenido tanto contacto, no hay tensión sexual, no hay nada raro, simplemente es una cosa más paternal, más familiar, estamos desesperados y comprendemos lo que siente el otro porque pasamos por lo mismo en el caso.

Durante un rato nos quedamos en silencio terminándonos las cervezas, tratando de sacar otros temas para no desquiciarnos con el caso.

—Por cierto, dice Silvia que te invite el finde, que es su cumpleaños. Va a hacer una celebración pequeña según dice, aunque luego no lo será, la conozco muy bien, creo que nos vendrá bien un ambiente así para desconectar compañera. — Me informa Ramos.

—Claro, cuenta conmigo, si tu mujer quiere que vaya, iré, bueno y la niña. — Le digo.

Nos tomamos un par de cervezas más y Ramos se vuelve a casa. Vuelvo a estar sola con mis demonios, tengo que dormir. Hace años el psicólogo me recetó unas pastillas, me las tomo y me acuesto. Mañana será otro día.