La firma del asesino (La firma del…1) Capítulo XXI — El tiempo pasa
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Capítulo XXI — El tiempo pasa

Desde la declaración de Raúl Alarcón ha pasado casi un mes.

La Fiscalía pidió la reapertura formal del caso de Ibiza a las cuarenta y ocho horas.

El antiguo informe quedó bajo revisión, no anulado, no desacreditado oficialmente, pero sí señalado. Palabra peligrosa esa. Señalar. Cuando se señala algo, tarde o temprano alguien tiene que asumir responsabilidades, y eso genera resistencias, silencios y llamadas incómodas.

Alarcón no fue detenido. Se convirtió en testigo protegido de facto, con vigilancia discreta, cambios de rutinas y un miedo que ya no disimulaba.

Su declaración había hecho saltar demasiadas alarmas. Había reconocido delitos graves, sí, pero también había puesto nombres, métodos y una estructura de abuso de poder de unos futbolistas que ya no podían defenderse.

El único testigo que puede confirmar su versión es Ulrich, y se sigue ciñendo al informe de Ibiza.

Con Inés Redondo la cosa es distinta.

La jueza aceptó la revisión de condena y, tras varios informes médicos y psicológicos, decretó régimen abierto.

Comparecencias periódicas, retirada de pasaporte y vigilancia.

No una absolución. No una victoria. Solo un paso atrás del sistema, que rara vez admite que se equivocó, pero que a veces se ve obligado a rectificar.

El día que salió de prisión no hubo cámaras. Nadie la esperaba. Ningún familiar. Ningún amigo. Una mujer que había entrado como asesina y salía como presunta inocente y víctima de un plan maquiavélico de tres hombres.

Ramos y yo estuvimos allí viéndolo. La seguimos hasta un piso tutelado, donde una ONG ayuda a gente que no tiene nada al salir de la cárcel y trata de reintegrarla en la sociedad.

Llevamos con seguimientos desde entonces. No ha hecho nada sospechoso, no se ha reunido con nadie que no sean los colaboradores del piso tutelado o entrevistadores para tratar de obtener un trabajo a su salida.

La unidad en este mes se ha centrado en las apuestas, mientras nosotros solo vigilamos a una mujer a la que la justicia le ha fallado.

Seguimos sin rastro del asesino, sin nada que nos dé una pista.

En Valencia tienen controlado a Ulrich. Alma, gracias a la Europol, localizó a la poca familia que tenía Lena Dudek en Polonia.

Nadie tan cercano, nadie tan afectado para querer vengarse de los futbolistas.

Es triste, pero fue así de crudo: un tío lejano, una prima con la que no se hablaba, y

ninguno lloró su muerte.

Mientras tanto, la vida sigue ocurriendo en paralelo, como siempre. Y a veces eso es lo que más cuesta gestionar.

Naiara sigue tranquila, centrada en las clases, aprobando todo.

Vamos a ver a Arantxa, ambas están recuperando un poco el tiempo perdido.

Creo que Naiara por fin ha comprendido por qué su madre hizo lo que hizo y por qué yo tuve que detenerla.

Todo eso empieza a quedar atrás poco a poco, como una cicatriz presente, pero cerrada.

Hablan de estudios. De planes imposibles. De promesas que no sabemos si se cumplirán. Yo observo en silencio, consciente de que ese vínculo madre e hija es fuerte pese a todo lo sucedido.

Por primera vez creo que puede haber un futuro para ellas y, en parte, ahora me da miedo quedarme al margen. Me he acostumbrado a tener a Naiara, a cuidarla. Ella a veces bromea diciendo que soy una segunda madre. En fin, ya se verá qué nos depara el destino.

Hoy hemos vigilado a Inés y, de nuevo, nada.

Se queda en una cafetería cerca del piso, un libro, y horas tomando café y leyendo.

No hace gran cosa, no se mueve por la ciudad, no trata de recuperar el tiempo perdido.

Me sorprende. Si yo estuviera encerrada creo que lo último que haría es quedarme en una cafetería leyendo.

Mañana tengo día libre, así que esta noche he aceptado que vengan a casa las hijas de Ramos para una noche de chicas con Naiara. Pizza, realities, cotilleos, maquillaje, mascarillas, cosas de adolescentes.

Trato de dejarlas espacio, pero el piso no es muy grande. Las hijas de Ramos son buenas chicas, creo que en parte el cambio de Naiara ha sido por ellas, son una gran influencia.

Me gusta ver a Naiara así, tranquila, con amigas, riendo, haciendo cosas de adolescente, pero habiendo rebajado el ritmo, sin chicos, sin rebeldía… aunque aún no me hago a la idea de que venda bragas por internet.

Me estuvo explicando todo y no veo peligro. Mientras siga así, me ha tocado transigir, y no quiero saber más del tema. Me cuesta no prohibírselo, pero sé que sería dar dos pasos atrás en nuestra relación.

—Laia, ¿Hola? ¿Qué si nos dejas o no? — Me pregunta Rocío.

—Perdona mini Ramos, estaba en las nubes pensando. ¿Qué me has preguntado? — Le pregunto de vuelta.

—¿Qué si nos dejas maquillarte? — Me dice sorprendiéndome.

—¿A mí? — Pregunto sorprendida.

—Claro tía, siempre vas con la cara lavada, con eso de que eres una súper agente de policía. — Responde Naiara.

—Puff… que pereza… lo dejamos para otro día chicas. — Les pido.

—No, hoy es el día, siéntate y déjanos trabajar. — Me dice María.

Al final me han liado. Polvos por aquí, contouring por allá, gloss... Me han dado golpecitos en la cara con una esponja húmeda mientras me soltaban nombres de cosas que, por lo que yo sé, podrían ser marcas de coches o tipos de queso.

Que si el primer, que si el baking, que si hay que trabajar el shimmer en el lagrimal...

difuminar el  bronzer, poner el highlighter.

Términos que no sé ni lo que son y que les oigo repetir con una naturalidad pasmosa, como si fuera lo más normal del mundo pasarse una hora pintándose ojeras de colores para luego borrarlas con otra cosa llamada concealer.

Al día siguiente todo es caos. Tres adolescentes, un baño, la que no se está peinando se está haciendo la raya del ojo, a la otra le ha venido la regla y yo me tengo que duchar para llevarlas a clase e ir al curro.

Cuando por fin logro echarlas del baño, me ducho para quitarme todo el potingue que me pusieron en la cara y volver a sentirme yo misma, no un payaso.

Tras dejarlas en el instituto llego a la central.

Alma está reunida con los jefazos, esos que nos presionan día a día.

Están contentos por los progresos en el tema drogas y apuestas, pero siguen nerviosos y tensos por el asesino, que tengamos tan poca información, que cuando creemos encontrar algo llegamos a un callejón sin salida.

No tenemos un solo sospechoso que no sea Inés y ella no hace nada ni remotamente ilegal. Alarcón y Ulrich están vigilados, aunque con el tiempo las cosas se relajan y cometen fallos.

—Ramos, Aduriz, a mi despacho. — Dice Alma, mientras los jefes salen de su despacho.

—¿Qué ocurre? — Pregunta Ramos al entrar.

—Ha aparecido el cuerpo sin vida de Karl Ulrich, en el hotel de concentración, aquí en Madrid. — Informa Alma.

Mierda, ya solo queda Alarcón con vida. El asesino ha vuelto a matar, otra vez en Madrid, y Ulrich no había participado, solo miró y se fue.

Es cómplice por omisión de socorro y encubrimiento.

Esto dice que el asesino no se anda con tonterías, que todos los que participaron van a pagar.

Me hace pensar que Alarcón se arrepiente tanto que puede ser el asesino, pero está vigilado, no podría hacerlo…

me estoy volviendo loca, dándole vueltas a todo esto.