La firma del asesino (La firma del…1) Capítulo XIII Nueva interna
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Capítulo XIII Nueva interna

No ha sido fácil convencerla, durante semanas he evitado el tema, dejando que el tiempo pase, esperando que fuera ella la que diera el paso.

Pero Naiara no es de las que se lanzan a lo que duele. Se encierra, aguanta, tira para adelante como puede. Y yo tampoco he querido forzarla. Bastante tiene ya.

Hasta hoy.

Naiara camina a mi lado sin decir nada. Lleva la capucha puesta aunque no llueve. Las manos escondidas en los bolsillos. Los hombros encogidos. No me mira en ningún momento, va concentrada.

—Naiara. — Le digo tocándole el hombro. — Quítate la capucha cariño.

— Lo siento tía. — Me dice.

—No hay nada que sentir, tú respira tranquila, estás siendo muy valiente. — Le digo cogiéndole la mano.

En la garita entrego la documentación. El funcionario de prisiones la revisa con calma, teclea algo en el ordenador y vuelve a mirarnos.

—Primera visita para la menor. — Dice, más como afirmación que como pregunta.

Asiento.

Nos indica las taquillas. Dejamos móviles, llaves, todo salvo la llave de la taquilla.

Naiara me observa mientras cierro la mía. Parece nerviosa.

Cuando pasa por el arco de seguridad pita y se queda completamente rígida. El funcionario le pide que vacíe los bolsillos. No lleva nada extraño, es el cinturón. Una vez se lo quita entramos sin problema.

Avanzamos por los pasillos escoltadas por un funcionario. El eco de nuestros pasos rebota en las paredes. Las puertas se abren y se cierran con un sonido seco que ya he oído tantas veces que es algo familiar.

Llegamos al locutorio y nos sentamos mientras esperamos que la traigan.

Naiara no deja de mover una pierna. Se muerde el labio. Mira el suelo. Tardarán unos minutos en traer a Arantxa.

Cuando Arantxa aparece al otro lado del cristal, Naiara se queda sin aire. Lo noto al instante. Yo también siento ese golpe, pero llevo años entrenándome para disimularlo.

Mi hermana está más delgada. Mucho más. El pelo recogido sin cuidado. Las ojeras marcadas. La piel apagada. Pero cuando ve a su hija, sonríe. Una sonrisa grande. De esas que salen solas al llevarte una sorpresa que no esperas.

Se acerca despacio y apoya la mano abierta en el cristal.

Naiara duda unos segundos. Luego hace lo mismo. Palma contra palma. El cristal entre ellas, pensaba que era un cliché de películas, pero no… en la vida real también pasa, por lo visto.

Arantxa empieza a hablar. No oímos nada, pero se le nota en la cara. En la forma en que mueve la boca. En cómo le tiemblan los labios. En cómo se le humedecen los ojos.

Naiara aguanta apenas unos segundos antes de romper a llorar. Se tapa la boca con la manga para no hacer ruido. Los hombros le tiemblan.

Arantxa también llora, pero sigue hablando. Insiste. Se inclina hacia delante. Niega con la cabeza varias veces.

Yo me aparto un poco. Les dejo espacio, aunque sea simbólico.

Arantxa se queda inmóvil. Luego apoya la frente contra el cristal. Cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, me mira. Me acerco.

—Perdóname hija. — Balbucea entre el llanto.

Naiara la mira con los ojos enrojecidos y niega con la

cabeza y las manos.

—No pasa nada… — Consigue decir. — Lo entiendo.

Traga saliva, se suena los mocos.

—Hija, no lo entiendes… tu padre… no… no era un hombre bueno… si no lo hubiera parado… tú… — Dice como puede Arantxa.

—Gracias, tranquila mamá. — Dice Naiara, aunque no sé si ha llegado a entender la magnitud de lo ocurrido.

Arantxa se rompe del todo. Se tapa la cara con las manos durante unos segundos. Luego se limpia las lágrimas con la manga del uniforme y respira hondo, intentando recomponerse.

Me hace un gesto para que me acerque más. Señala a Naiara y pregunta qué tal en el instituto.

Naiara me mira de reojo. Yo asiento.

—Bien. Todo bien. — Respondo por ella.

Es mentira, pero no voy a cargarla ahora con más culpa.

Arantxa se muestra visiblemente aliviada. Se aferra a esa respuesta como si fuera una verdad absoluta. Como si eso le diera paz dentro de su caos.

El tiempo pasa demasiado rápido en las visitas. Veinte minutos en las visitas cortas, cuarenta en las largas.

Antes de que se la lleven, Arantxa cambia el gesto. Sonríe de lado, con ese aire chulesco que nunca ha perdido del todo.

—Te he visto en la tele. — Dice. — Yendo a casa del futbolista muerto. Vaya movida, ¿No?

—No puedo hablar de una investigación en curso. — Le digo.

—Ya, ya. — Sonríe. — Fijo que es un tema turbio de putas, drogas… y que tiene una casa acojonante, llena de pijadas que no valen nada más que para decir, mira lo grande que tengo la pol…

—Ya vale Arantxa. — Digo cortándole.

Hace un gesto quitándole importancia y luego baja un poco la voz, aunque el cristal haga inútil el esfuerzo.

—Oye… aquí ha llegado una nueva.

Levanto la vista.

—Va diciendo que está aquí por culpa de esos dos. Que eran unos cabrones y se merecen estar muertos. — Me hace un gesto levantando las cejas. — Nadie le hace mucho caso. Ya sabes cómo va esto, siempre hay zumbadas que desvarían y quieren protagonismo. — Dice como si fuera un chisme más Arantxa.

—¿Sabes su nombre? — Pregunto.

—No. — Niega. — Son rumores. Pero lo dice con mucha rabia, quién sabe…

—Entérate del nombre. — Le digo despacio. — Tengo que hablar con ella, por favor.

—Claro hermanita, por ti lo que sea. — Me dice, aunque no sé si lo hace de manera irónica.

Dos funcionarios llegan a llevársela.

Naiara se queda mirando la puerta. No se mueve hasta que el funcionario nos indica que podemos irnos. Cuando se levanta, me abraza fuerte. No dice nada. Yo tampoco.

En el coche de camino al instituto reina el silencio hasta que lo rompe ella:

—Sergio, el chico que… Dicen que se ha ido de Madrid.

—Bien. — Respondo. — Una preocupación menos.

Suena el teléfono por el manos libres. Es el banco. Bajo el volumen, quito el bluetooth y contesto.

Hablan de un retraso. De un pago pendiente. De la hipoteca.

—Denme unos días. — Digo. — Haré la transferencia.

Cuelgo esperando que Naiara no se haya enterado.

—¿Tenemos problemas de dinero? — Pregunta Naiara.

—No. — Respondo rápido. — No te preocupes por eso.

Tú céntrate en estudiar.

Aparco frente al instituto y la miro.

—Estoy orgullosa de ti por haber venido hoy. — Le digo.

—Gracias. Ha sido duro, pero me alegro de haber ido, debería haberlo hecho antes tía. — Me responde con una leve sonrisa.

—Cariño, todo tiene su tiempo. Has ido cuando te has visto preparada, no te mortifiques por ello. — Le digo poniendo una mano en su pierna.

Se encoge de hombros, pero sonríe un poco. Le doy un beso y se baja.

Ya en la base, Ramos se me acerca y me dice:

—Mis hijas quieren que Naiara se quede a dormir. Si te parece bien, la recojo yo cuando salgan, mis hijas han hablado con ella y dicen que ha dicho que si tú la dejas vendrá.

Lo pienso apenas un instante.

—De acuerdo. Gracias por hacer esto Ramos. — Le digo.

—Yo no estoy haciendo nada, Aduriz. — Dice guiñándome un ojo.

Le cuento a Ramos lo de la mujer de la cárcel.

Seguimos toda la tarde revisando imágenes de las cámaras, coartadas, haciendo papeleo, practicamos tiro.

Por la noche la casa está en silencio. Demasiado.

Naiara está en casa de Ramos y yo no tengo que preocuparme de nada por unas horas.

Pido una pizza barbacoa aprovechando que no hay una adolescente que me quita la mitad, puedo ponerme gocha comiéndomela entera.

Me pongo cómoda. Enciendo la consola, es mi momento de escapar de la vida adulta y la tensión del caso… mañana será otro día, ahora solo quiero ser una veinteañera más.