La firma del asesino (La firma del…1) Capítulo XII — Segunda víctima
50%

Capítulo XII — Segunda víctima

No he pegado ojo en toda la noche, solo cabezadas de pocos minutos. Naiara ha dormido abrazada a mí y llevo tanto tiempo durmiendo sola que no estoy acostumbrada al calor humano, pero no podía dejarla sola.

Por la mañana, mientras ella se ducha, llamo al tío Jorge y le digo lo ocurrido. Él me dice que la deje en su casa mientras trabajo, que él se encarga. No sé qué sería de mí sin él.

Nos ponemos en marcha. Naiara está afectada, pero no tanto como debería estarlo. Es una chica fuerte, ha pasado por mucha mierda a su edad. Le digo que a la mínima que ese payaso se le acerque que me llame, que voy yo o mando a unos compañeros. Ella asiente y baja para subir a casa de Jorge.

Llego a la base más cansada que después de una redada. Con un cabreo de cojones. Ese niñato quería violarla en mi casa… menos mal que me pude contener.

Ramos ya está en la sala con un café en la mano y una barrita de Kinder Bueno en la otra, ajeno a lo que me ha pasado. Pero me mira mucho, se huele que hay problemas.

—Aduriz, ¿Y esa cara? ¿Ha pasado algo? —Pregunta directo, me tiene caladísima.

No aguanto ni dos frases intentando no contarle la verdad.

Finalmente lo hago, todo con pelos y señales.

Mientras hablo noto cómo se le va tensando la mandíbula.

—Hay que empapelarlo. — Dice seco. — Denuncia, detención, lo que haga falta.

— Tiene diecisiete. — Le digo.

—Me da igual. — Dice cabreado.

—No llegó a… — Me obligo a tragar saliva. — No llegó a más. La empujó, la sujetó. Agresión leve, yo me sobrepasé… y porque pude contenerme, le habría dado de hostias. — Le hago ver que no fui una policía modélica y que es mejor dejar el tema así de momento.

Ramos me mira comprendiendo que lo hiciera.

—Laia, si un gilipollas le hace eso a mis hijas… yo… — Empieza a decir.

—Ya lo sé, dejémoslo, de verdad, cambiemos de tema —le imploro cortándole.

—¿Y si vuelve a hacérselo a otra chica? — Me pregunta.

—Espero que le haya servido de lección cómo lo reduje, se meó encima y todo — Le digo escapándoseme una leve sonrisa.

Ramos resopla. Yo me estiro, estoy molida. Solo quiero dejarlo estar para poder centrarme en el curro. Hay un largo día por delante y ella está a salvo con mi tío. No necesito saber más de momento.

Antes de poder seguir la conversación aparece Beka y nos informa:

—Tenemos todo el volcado. — Dice. — Cámaras de la casa, de la urbanización y de accesos. Seguridad privada nos lo ha entregado esta mañana. Copia íntegra de servidores, la familia también nos ha dado un pen con sus grabaciones.

En los monitores corren las horas de vídeo acelerado. Jardines vacíos, coches entrando, saliendo, repartidores, personal de mantenimiento. Vida normal.

— Hemos comprobado integridad. — Añade Beka. — Sin cortes, sin bucles, sin frames duplicados. No hay manipulación. Es limpio.

—¿Y los móviles? — Pregunta Ramos.

—Geolocalización, triangulación con repetidores y GPS. Todos los identificados estaban donde dicen estar. Las escorts, los dos tíos, el personal. Nada raro en la franja de la muerte. — Explica Beka.

Todo encaja demasiado bien. Eso es lo que más me inquieta. Cuando algo es perfecto suele significar que estamos mirando el sitio equivocado.

El resto de la mañana se nos va en gestiones que no salen

en las pelis o en las series de televisión, la parte más aburrida y menos glamurosa de ser agente.

Actas de cesión de imágenes. Solicitudes a las VTC para identificar conductores. Pagos por Bizum de las escorts con el concepto “masajistas”. Petición de historiales. Contratos de la empresa de limpieza. Cruces de datos de llamadas. Papeleo. Firmas. Sellos.

Después de comer los interrogatorios.

Van entrando uno a uno. Las limpiadoras primero.

Cansadas, asustadas, más preocupadas por perder el trabajo que por el muerto. Dicen lo mismo: que limpiaron, que no subieron a la habitación, que el señor estaba durmiendo y siempre empiezan por la planta baja hasta que él les permite subir.

Después las escorts, maquillaje perfecto, respuestas ensayadas. Que fueron a una fiesta privada, que bebieron, que se fueron a las cinco, que él seguía vivo, que no vieron nada raro. Ni rastro de la droga que en teoría mató a Barrios. Que ellas son solo acompañantes que no cobran por sexo.

Después los dos “representantes”, que huelen a colonia cara y arrogancia. Abogados en el móvil todo el rato.

Ramos repite las mismas preguntas con voz plana.

Hora de llegada.

Hora de salida.

¿Quién subió?

¿Quién bajó?

¿Qué consumieron?

Si discutieron.

Si podía tener enemigos.

Las mismas respuestas. Una y otra vez. Como un disco rayado.

A media tarde, con un dolor de cabeza increíble y nada conseguido, ni una sola pista ¡Zas! me baja la regla. Así se terminan de rematar veinticuatro horas de mierda.

Cuando salgo del baño me preparo un café. Ramos sigue con el interrogatorio sin mí. Alma aparece a mi espalda y me dice:

—Avisa a Ramos, que Carvajal siga con el interrogatorio y venid a mi despacho.

Al entrar en su despacho Beka está sentada tecleando.

—He revisado otra vez las entradas de personal. — Dice Beka. — Y he encontrado algo.

Pone las imágenes en la pantalla grande del despacho.

Amplía una imagen de la garita de seguridad. Se ve al grupo de limpieza entrando en fila, con sus chalecos reflectantes y carros.

—Contad. — Nos dice.

—Una, dos, tres, cuatro. — Dice Ramos. — ¿Qué pasa?

—He llamado a la empresa y el encargado me ha dicho que el cliente exige siempre las mismas cuatro mujeres. Mismo equipo. Desde hace dos años, después de que tuviera problemas con un robo. En esta imagen del interior del salón pasan cinco mujeres de limpieza distintas. — Nos informa Beka.

Se me eriza la piel.

—¿Y entonces había alguien infiltrado? — Pregunto.

—Los compañeros en la escena han tomado los datos de cinco mujeres del servicio de limpieza. — Dice Alma.

¿Una quinta mujer que no debería estar allí? ¿Será la asesina? ¿Colaborará con él o ella? ¿Cómo no se han dado cuenta antes?

Beka cambia las imágenes de la pantalla y nos informa:

—La quinta mujer con DNI, contrato y nómina. Todo parece legal. En la garita de acceso a la urbanización estaba registrada para poder pasar. Pero no trabaja para la empresa, ha falsificado todo para estar ahí.

Nos enseña la identidad.

Aitana del Castillo. Treinta años. Colombiana. Dirección en el centro.

La foto me resulta neutra. Demasiado neutra. Una de esas caras que pasarían desapercibidas.

—Todas visten igual, nadie se fija, lo tenía todo bien planeado. Seguro que conoce el síndrome del trabajador invisible. — Dice Beka impresionada.

—¿Qué es eso? — Pregunto.

—Es una explicación a nivel sociológico que hace que la gente veamos a limpiadores, gente de mantenimiento como parte del mobiliario, algo que está ahí y no se presta atención. Es triste, pero pasa. — Me explica Beka.

Alma nos mira y ordena:

—Id a esa dirección a ver qué encontráis mientras Beka revisa las cámaras, a ver si descubrimos cómo ha hecho el truco de magia para engañar a todos.

El piso está en una calle estrecha del centro, de esas con bares viejos y portales con azulejos de los ochenta.

Nada lujoso. Nada llamativo. El lugar perfecto para esconderse.

Alma ha gestionado la orden en tiempo récord, gracias a la exposición mediática del caso.

El portero nos abre el piso, la dueña le ha dado permiso para hacerlo. Dentro no hay nada. Ni muebles. Ni fotos. Ni ropa. Solo un colchón en el suelo, una garrafa de lejía, un cubo y un rollo de bolsas de basura. El baño huele a desinfectante. La cocina, vacía. Es un piso fantasma.

Alguien ha estado aquí, pero ha borrado hasta su sombra.

Ramos abre los armarios por pura inercia. Están vacíos.

—Esto no es una casa. — Murmura. — Es un escondite de paso.

Hablamos con el portero. Dice que sí, que vivía una chica muy maja, muy educada, que casi no la veía. Pagaba puntual. No daba guerra.

De vuelta a comisaría, la propietaria del piso está sentada frente a nosotros en el despacho de Alma, nerviosa, apretando el bolso contra el pecho.

—Un encanto de chica. — Enfatiza. — Formal, trabajadora. Me enseñó nómina, contrato… todo perfecto, nunca he tenido problemas, pagaba a tiempo, sin quejas de los vecinos.

—¿La recuerda bien? — Pregunto.

—Claro. — Dice la mujer.

Beka abre la imagen del DNI de la sospechosa. La mujer parpadea.

—No… no… esta no es, el nombre sí, la cara no. — Dice sorprendida.

La mujer se disgusta, empieza a preguntarnos quién es esa mujer que ha vivido meses en su piso sin dar su verdadera cara… se pone nerviosa, tenemos que pedir que se la lleven y le den una tila.

Al fin tenemos una pista, una mujer fantasma, que utiliza identidades falsas y ha estado en la escena del crimen, un pequeño hilo del que tirar.