Capítulo XI — La firma
Llegamos a La Finca acompañados de lluvia. Hace pocos minutos ha empezado a caer con intensidad, como si el cielo estuviera llorando la pérdida de Barrios con más fuerza según nos acercamos al domicilio.
La casa de la nueva víctima está a un par de calles de la anterior, por eso todo parece un déjà vu.
Antes de girar en la calle, ya veo las furgonetas de prensa aparcadas en batería y a los cámaras esperando detrás de la cinta que acordona el perímetro, los paraguas hacen una barrera encima de ellos. Periodistas con sus micrófonos al acecho, igual que la otra vez, pero hoy hay más.
Tres patrullas mantienen el cordón. Uno de los agentes discute con una periodista que insiste en que “es información de interés público”. El agente repite que se aparte. La misma conversación de siempre.
Ramos aparca detrás de un zeta de los compañeros y bajamos del coche, cojo un paraguas y lo abro, no porque me guste ir con paraguas, sino para taparme de las cámaras.
Hay un montón de seguridad privada, Ramos me dice que cuando pasan cosas así mucha gente intenta colarse en la casa, influencers morbosos, podcasters de asesinatos y todo tipo de gente ruin. Muchas veces la familia contrata seguridad para evitar que se filtren imágenes morbosas.
Los compañeros que llegaron primero al domicilio nos informan mientras el equipo forense va a la escena del crimen.
—Lo ha encontrado el representante. — Dice una agente. — La madre no conseguía hablar con él esta mañana y decía que era algo raro. Le ha mandado a mirar. Ha sido él quien ha encontrado el cuerpo. Le ha abierto una de las chicas de la empresa de limpieza.
—¿Había alguien en el domicilio? ¿Habéis comprobado las cámaras? —Pregunto a la chica.
—Cámaras revisadas. — Nos dice. — Solo él en la casa hasta medianoche, junto al personal.
A las doce y diecisiete de la madrugada entran cinco mujeres y dos varones.
Identificados por seguridad como escorts habituales y sus chulos.
Salen a las cinco y tres minutos de la mañana.
Tranquilos. Sin prisas. Nadie más entra ni sale después hasta esta mañana a las nueve y siete minutos, que llega el servicio de limpieza.
A las nueve y treinta y dos llega el agente de Barrios, a las nueve y treinta y siete llama a la centralita para dar el aviso.
—¿Vehículos? — Pregunta Ramos.
—Dos VTC registrados. Matrículas anotadas. Seguridad ya nos ha pasado los datos. — Responde la agente.
Ramos y yo nos miramos. Aquí hay menos sospechosos,
tenemos las grabaciones. No es como en la otra muerte que
había un jaleo importante con la fiesta.
Al entrar en el salón están sentados el representante, las chicas de la limpieza, el cocinero, el jardinero. Todo el personal al que le toman declaración los compañeros.
Subimos la escalera. Maite está esperándonos en el pasillo mientras su equipo busca en la escena, para informarnos:
—Parece un calco, casi idéntico al de la primera víctima.
—¿A qué te refieres? — Pregunta Ramos.
Ella nos señala el interior de la habitación principal.
Me asomo y durante un segundo pienso que me he equivocado de casa y he vuelto a la de Juninho.
La misma disposición. Idéntica teatralidad enfermiza.
El cuerpo colocado exactamente en posición genupectoral. La bandeja impoluta. La droga. Los objetos.
Me obligo a respirar por la boca y doy dos pasos atrás.
Miro sin acercarme demasiado. Ramos está pendiente de mí, estará esperando que me bloquee, o rezando para que no me pase de nuevo. Lo he trabajado, esta vez no estoy tan impresionada, espero que no me suceda.
—¿Hora estimada de la muerte? — Pregunta Ramos mirando a Maite.
—Entre cinco y media y siete y media. — Responde Maite. — A falta de autopsia.
Se agacha y señala el brazo derecho.
—Esto es nuevo, hay heridas defensivas. — Señala Maite.
Tiene dos cortes próximos, parecen hechos con arma blanca afilada, puede coincidir con el arma usada para cercenar el miembro.
—Laceraciones superficiales. Con objeto afilado. Cuchilla, bisturí… algo así, seguramente la misma que usaron para amputar los genitales. — Dice Maite confirmando mi impresión.
—¿Drogas? — Pregunto.
—Igual que la otra víctima, parece haber consumido una cantidad letal de droga. — Confirma Maite.
—¿Y el… ya sabes, en el ano? — Dice Ramos.
—También, mismo modelo, mismo color. — Confirma Maite.
Hay alguien cazando futbolistas y dejando su impronta de manera clara. Esto no es bueno. Habíamos dado prácticamente por cerrado el otro crimen como un caso aislado, pensando que era sobredosis y una venganza post mortem, pero nos equivocamos.
—Parece clara la firma del asesino. Dos cuerpos con el noventa y cinco por ciento de la escena en la misma composición, una vez podía ser casualidad, dos es un patrón, un modus operandi. — Dice Ramos.
La palabra se queda flotando en el aire como partículas de polvo. Firma. Eso implica que alguien quiere reivindicar su trabajo.
Cuando el equipo policial termina en la casa, nos vamos a la base a seguir con la investigación llevándonos las declaraciones de los testigos. Esta parte ya nos la sabemos. Repasar imágenes, comprobar coartadas, buscar una leve pista de la que tirar, comparar ambas muertes.
Tras una tarde repleta de buscar pistas y trabajo policial aburrido, salgo hacia casa sobre las siete y media de la tarde. Noto el cansancio, esta vez no me he bloqueado, pero eso no significa que no me haya tensado al ver el cuerpo.
Conduzco casi en automático hasta casa. Las luces de la M-40 brillan en el asfalto que parece una cinta continua.
La radio va encendida pero no escucho nada.
Solo pienso en lo mismo: alguien está matando futbolistas por una razón y la forma de colocar los cadáveres no me parece la de un cartel de drogas.
Cuando aparco me duelen hasta los dedos de la tensión con
la que sujeto el volante. Subo las escaleras despacio, buscando las llaves en el bolso, pensando en una ducha caliente y en meterme en la cama.
Pero antes de llegar a la puerta oigo un golpe seco dentro del piso, voces, no es una conversación normal. Espero que Naiara no haya vuelto a meter a nadie en casa, con lo bien que íbamos…
Me quedo quieta en el rellano, con la llave a medio meter. Escucho con atención, un llanto ahogado, es Naiara, le pasa algo.
Abro sin hacer ruido. La casa está a oscuras salvo la luz que sale por debajo de la puerta de su habitación, avanzo con la mano preparada en el arma.
Oigo algo arrastrándose, un “para” entrecortado, y un murmullo masculino que no reconozco.
En ese momento se acaba la sutileza, voy a saco y abro la puerta de golpe.
La escena me entra de golpe, como una bofetada.
Un chico está encima de ella, sujetándole las muñecas contra la cama. Naiara llora, intenta apartar la cara, le dice que pare y él se ríe, y le dice que le va a gustar… gustar. Algo dentro de mí se rompe.
—¡Quieto! — Grito.
El chico se gira y se queda congelado al verme. Levanta las
manos instintivamente, retrocede torpemente, tropieza con la silla.
—Yo… yo no… — Balbucea.
—Apártate de ella. Ahora. — Le ordeno con la mano en la cartuchera del arma.
Se separa de ella, Naiara se encoge contra la pared, temblando, tapándose con el edredón.
Doy dos pasos y, en cuanto está lo bastante cerca, le agarro del brazo. Le saco de la habitación y lo estampo contra la pared del pasillo con tanta fuerza que el cuadro se cae al suelo.
Le retuerzo el brazo hacia atrás con la misma llave que he usado cien veces en la calle. Él grita. Le doblo la muñeca hasta que se pone de puntillas.
—Te ha dicho que pares. — Le digo al oído. — Cuando una chica dice que pares, paras. No hay negociación. No hay “espera”, no hay un “te va a gustar”. Paras, cabrón de mierda.
Tiembla. Huele a colonia barata y miedo. Ya no queda rastro de su erección, aprieto un poco más al pensar lo que quería hacerle a Nai. Sé exactamente cuánto duele sin romper nada. Eso es lo peor. Que sé medirlo.
—¿Me entiendes, mierdecilla? — Le digo.
—¡Sí, sí, joder, sí! — Dice llorando.
Durante un segundo se me pasa por la cabeza seguir.
Hacerle más daño. Mucho más. Apuntarle con la pistola a su… Una parte muy oscura de mí lo pide. Respiro hondo, pero por suerte me puedo controlar.
—Te vistes y te largas. — Le digo muy despacio apretando un poco más su brazo. — Y no vuelves a acercarte a ella. Ni a esta casa. Ni a cien metros. Porque como vuelva a verte, te detengo. Y te juro que no seré tan agradable como ahora.
Naiara le tira su ropa, el chico se viste mirándome fijamente, coloco la mano en mi arma y el chico al verlo se empieza a hacer pis, la mancha en el pantalón le delata.
Le empujo hacia fuera de mi casa y cierro la puerta de golpe.
Vuelvo a la habitación y Naiara sigue llorando, abrazándose las rodillas. Cuando me ve, se levanta y se me engancha al cuello como cuando era pequeña. Y ahí sí que me derrumbo un poco. La abrazo fuerte, quiero que sienta que la protejo.
—Ya está. Ya ha pasado. Estoy aquí, cariño. — Le susurro al oído.
Le acaricio el pelo y noto que todavía me tiemblan las manos. Tengo ganas de regañarla, ha vuelto a traer un chico a escondidas, pero sé que no es el momento, ya lo haré cuando pase el impacto y se relaje.