La firma del asesino (La firma del…1) Capítulo X — ¿Cómo? #2
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Capítulo X — ¿Cómo? #2

Apartan las cajas y aparece una puerta falsa de contrachapado. Detrás, paquetes envueltos al vacío, apilados con cuidado. Demasiados para ser un puesto pequeño de distribución, habrá noventa kilos fácilmente.

El plástico anaranjado delata el contenido incluso antes de

que nadie lo diga. Ámbar8.

Empiezan las fotos del equipo de la científica, el etiquetado, el inventario, guantes, numeritos, bolsas de evidencia. Nada glamuroso. Recabar información como hormiguitas.

Encuentran más armas en un armario: dos escopetas recortadas, munición suelta, otra pistola oxidada.

Todo ha terminado rápido y bien, nadie herido, una intervención protocolaria, no me he bloqueado, he podido reducir a un sospechoso, estoy eufórica.

Cuando salimos del local ya es completamente de día y la calle parece otra, como si lo de dentro hubiera sido un paréntesis que solo hemos visto nosotros y un pequeño grupo de curiosos que están siendo contenidos por los compañeros tras la cinta.

Los detenidos son llevados a los furgones, uno protesta por costumbre, otro pregunta si puede llamar a su abogado, el del despacho repite que solo es un encargado. Las mismas frases de siempre, como si las hubieran ensayado delante del espejo, han visto demasiadas películas.

Mientras los suben, yo me quedo un momento apoyada en el capó, quitándome los guantes. Me tiemblan un poco los dedos, ahora que ya no hacen falta. La adrenalina siempre se va tarde, como ese familiar que no echas ni con agua caliente en una fiesta.

Ramos me da una palmadita en la espalda y me ofrece una botella de agua.

—Buen trabajo, Aduriz, así, sí. — Me dice.

—Lo mismo digo, compi. — Respondo cogiéndole el agua.

Volvemos a la base cuando los compañeros terminan de trabajar, recabar pruebas, analizar el local, todo lo tedioso.

En la sala de reuniones hay ordenadores abiertos, teléfonos sonando, agentes entrando y saliendo con papeles.

Beka tiene dos pantallas llenas de cifras y direcciones IP como si estuviera pilotando un avión.

El enlace de Europol habla en inglés, francés e italiano por los auriculares, repitiendo números como un contable.

No tardan en comenzar a llegarnos los datos de fuera.

Marsella: laboratorio desmontado, un compañero herido.

Nápoles: siete detenidos, armas largas.

Amberes: almacén logístico con cientos de paquetes preparados para envío, tres toneladas. Cuatro compañeros heridos leves.

Lisboa: un centro de apuestas ilegales usando IA para

enmascarar las cuentas y blanquear dinero, dos detenidos.

Cada ciudad es una pieza más del mismo puzzle.

No hay celebración, pero se nota una especie de alivio colectivo, como cuando acabas un examen difícil y crees que no la has cagado demasiado.

Chocan un par de manos, alguien trae bollos de una pastelería cercana, el azúcar siempre ayuda tras la tensión de un operativo.

Entre inventarios, primeras declaraciones y papeleo se nos va el día entero. Fotografías, actas de registro, cadena de custodia. Firmar aquí, aquí y aquí. Repetir tu número de placa tantas veces que acaba sonando extraño.

La parte más importante del trabajo siempre es la más aburrida, y la más necesaria.

Cuando por fin levanto la vista del último documento ya es de noche otra vez. La base huele a recalentado y a cansancio viejo. Algunos se han ido a casa. Otros, como nosotros, ni se plantean conducir.

Vuelvo a casa lo justo para ducharme, asegurarme de que Naiara no la lie, comer algo y tratar de descansar unas pocas horas.

Al día siguiente me levanto como si me hubieran pegado una paliza, no he pegado ojo. El puto síndrome del lunes de redada, o algo así me dijeron que se llamaba, cuando aunque haya pasado todo sigues dándole vueltas y no puedes descansar.

Tengo agujetas por la tensión peores que las de ir al gimnasio… una mierda vamos… pero hay que seguir.

En la sala de reuniones hay más gente de la que esperaba a esa hora. Algunos de pie, café en mano, mirando los monitores colgados de la pared. Han puesto un canal de noticias.

En pantalla sale el logotipo de Europol y una rueda de prensa. Un portavoz trajeado habla en inglés mientras abajo corren subtítulos. Detrás, banderas y gráficos con mapas y cifras. Escucho a medias, todavía con la cabeza espesa, quitándome las legañas disimuladamente.

Habla de operación exitosa coordinada en más de una decena de países, de cooperación internacional, de crimen organizado transnacional.

Da números redondos, limpios, como si estuviera leyendo una receta de cocina: toneladas de estupefacientes incautadas, millones de euros en efectivo en total, armas intervenidas, documentos falsificados, centros de producción desmantelados, salones de apuestas utilizados para blanquear capitales cerrados de forma cautelar.

Lo cuenta todo con esa voz plana de funcionario que convierte cualquier cosa en estadística, es lo que tiene no haber puesto tu culo en peligro.

Es la parte oficial, la que luego saldrá en prensa, la que justifica presupuestos y la que se lleva los elogios.

Incluyen imágenes editadas de las cámaras de los cascos de los agentes mezcladas con imágenes de dron.

El portavoz termina, agradece la colaboración de las agencias nacionales y se aparta del atril. El presentador vuelve al plano del plató, ordena papeles.

—Nos llega una noticia de última hora desde Madrid.

Según fuentes policiales, ha sido hallado el cuerpo sin vida del futbolista internacional español Sergio Barrios, jugador del Real Mostoleño, en su domicilio.

Por el momento no han trascendido más detalles y se está a la espera de que un equipo de reporteros se desplace al lugar y pueda darnos más datos al respecto.

¡Boom! ¡¿Cómo?! Otro futbolista muerto…. ¡¿Qué coño?!

Un silencio raro se hace en la comisaría.

Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Alma aparece a mi lado con el teléfono todavía en la mano.

Nos mira a Ramos y a mí, solo a nosotros.

—Acaban de avisar de Homicidios. — Dice en voz baja tapando el altavoz del teléfono. — Mismas condiciones que el otro. O, al menos, eso parece. Mismo escenario. Mismos indicios, puta prensa, no sé cómo se ha enterado tan pronto.

Siento que el cansancio se me evapora de golpe.

—Os quiero allí ya con los forenses. — Nos dice Alma.

Ramos y yo nos miramos incrédulos unos segundos, no entendemos nada, pensábamos que lo de Juninho era algo aislado, una fiesta que se fue de las manos y una mutilación de alguien resentido que aprovechó el cuerpo muerto, aunque no tenemos ni una pista que nos lleve a su asesino, puede que con esta segunda víctima tengamos más suerte a la hora de encontrar pistas o indicios que nos centren en el rumbo correcto.