Capítulo X — ¿Cómo?
Hoy es el día, después de semanas de investigación, de coordinación, en definitiva de caos. Hoy hacemos la intervención conjunta coordinada por Europol.
Es prontísimo y la sala de reuniones está más llena de lo normal. Demasiada gente para un martes cualquiera. Uniformes, chalecos, caras que no conozco, algún parche distinto en las mangas. Refuerzos.
Hay más ruido de botas y cremalleras que de voces, vasos de café por todos lados, yo me he bebido tres desde que me he levantado.
En la pantalla grande ya hay un mapa de Europa abierto, lleno de puntos rojos, información por todas partes.
Madrid. Lisboa. Marsella. Nápoles. Bucarest. Eindhoven. Amberes. Todos conectados por líneas finas como venas.
Parece un jodido sistema circulatorio del narcotráfico.
Beka está con los suyos, pegados a los portátiles, hablando acelerada. Sigo sin entender una sola palabra de lo que dicen.
A su lado hay un tipo trajeado que no había visto antes, pelo corto, cara de funcionario, observa cada movimiento.
—Enlace de Europol. — Me susurra Ramos al sentarse a mi lado. — Viene a supervisar en persona.
Lo de siempre: ellos coordinan, Alma da órdenes, nosotros nos jugamos el cuello.
Alma sale de su despacho con cara de agobio, de estar gestionando mil cosas a la vez, es el primer día desde que la conozco que la veo superada, o no superada, agobiada, con la presión en sus hombros ganándola el pulso ligeramente.
—Bien. Confirmado. Todos los países sincronizados a las seis y media de la mañana hora local. Entradas simultáneas. Registros, incautaciones y detenciones a la vez. Nadie se adelanta. Nadie se retrasa. Si alguien entra antes de tiempo y se avisan, la operación se va a la mierda. — Nos informa.
Señala el mapa con un bolígrafo y dice:
—Casas de apuestas, naves logísticas, dos laboratorios sospechosos y guarderías. Objetivo: documentación financiera, soportes digitales, efectivo y estupefacientes. Queremos pruebas, no héroes.
—¿Perdón jefa? ¿Ha dicho guarderías? — Dice uno de los más jóvenes.
—Sí, Casillas, una guardería es un sitio donde guardan droga. — Le descubre Alma al muchacho que estaría pensando en un sitio con niños, a todos nos ha pasado.
Alma nos mira a Ramos y a mí y sigue:
—Por donde iba… Ah sí, no queremos correr más riesgos de los necesarios, esto no es una película americana. Todas las entradas con orden judicial. Los secretarios las están repartiendo ahora. Cualquier incidencia, comunicáis por canal tres. Nada de improvisar.
Reparten carpetas marrones, papeles recién impresos con los datos: Dirección del local. Plano básico. Fotos de fachada. Posibles responsables. Antecedentes. Los permisos.
Nos toca una casa de apuestas de barrio, ni grande ni pequeña. De esas con luces verdes y carteles de: “Apuesta en directo” que parecen un bar triste disfrazado de casino. Nada espectacular. Justo el tipo de sitio perfecto para lavar dinero de la droga, sin que nadie mire demasiado.
—Vamos con GEO para la entrada. — Dice Ramos hojeando la orden. — Diez con nosotros. Barrido rápido, control de accesos y registro.
Lo dice como quien habla de ir a comprar pan.
Pero noto que se pone el chaleco más despacio de lo normal, aun sigue dolorido por el disparo, y me sigue doliendo que fuera culpa mía.
Yo hago lo mismo, me lo coloco con cuidado, el Kevlar pesa más cuando sabes que es posible que ese día te disparen.
En el vestuario hay ese silencio raro de antes de un
examen. Gente revisando cargadores, ajustando fundas, probando linternas. El ruido seco del velcro suena exagerado rebotando por las paredes.
Nos montamos en el coche y vamos detrás de tres furgones y un zeta.
Bajo la ventanilla un poco para que el aire de la mañana termine de despertarme, la ciudad ya tiene ese ritmo frenético, gente yendo a trabajar, repartidores, riders, gente corriendo. No sé cómo alguien puede levantarse tan temprano para correr.
—¿Nerviosa? — Pregunta Ramos sin mirarme.
—No. — Respondo rápido, sin pensar.
—Hoy no quiero bloqueos, Aduriz. — Me dice.
—Tranquilo, lo tengo controlado, he estado hablando con mi psicólogo de Bilbao y creo que he podido avanzar. — Trato de calmarle.
El walkie crepita para comprobar que la comunicación fluye en el canal conjunto. Confirmaciones de hora. Códigos. Todo claro y conciso.
Media Europa conteniendo la respiración al mismo tiempo.
Me parece fascinante cómo hacen para que funcione algo tan gigantesco, la verdad no entiendo muy bien cómo lo hacen, pero tampoco tengo que hacerlo, con hacer mi parte y no quedarme paralizada es más que suficiente.
Miro la hora, son las seis y ocho, quedan veintidós minutos.
El furgón se detiene a dos calles del local. Bajamos sin hacer ruido. GEO delante, negros, compactos, cascos y escudos. Nosotros detrás.
Ramos me hace un gesto con la cabeza. Flanco derecho. Asiento. La calle está casi vacía. Una farola parpadea. Un hombre pasea al perro sin percatarse de nuestra presencia lo cual es raro.
El local está ahí, con la persiana a medio subir y las luces encendidas dentro, estarán preparando todo antes de abrir.
Nos colocamos en posiciones cuando faltan tres minutos, tratando de no llamar la atención. Siento el latido en las sienes. El chaleco aprieta. Tengo las manos heladas, intento calentarlas echándome el aliento.
El jefe de los GEO levanta la mano, cinco dedos, cuatro, tres, dos, uno, y con un gesto de la mano estirando los dedos juntos indica que todo empieza.
Avanzamos todos a la vez, midiendo el ritmo y los pasos para no delatarnos, la tensión crece por segundos.
Los GEO toman la puerta primero, compactos, escudo delante, uno a cada lado del marco. Nosotros nos abrimos hacia los laterales, cubriendo escaparate y calle, vigilando que nadie salga ni entre. Ramos se coloca a mi derecha,
medio paso por delante.
El GEO al mando golpea la persiana con el puño enguantado y se identifica a voces. Apenas espera respuesta y el resto sube la persiana mientras los de los escudos los protegen, mi corazón va a mil…
Todo ocurre rápido, pero no borroso. Al contrario. Lo veo con nitidez.
El olor a tabaco y ambientador barato me golpea de primeras. Las pantallas encendidas con deportes. El zumbido constante de las máquinas.
Dentro hay tres personas limpiando entre las máquinas y un chico detrás del mostrador que se queda petrificado con la boca abierta. Nadie entiende nada durante medio segundo, que es justo el tiempo que tardan los GEO en gritar las órdenes:
—¡Policía! ¡Manos visibles! ¡Al suelo!
Los tres se tiran al suelo con las manos levantadas dejando caer el material de limpieza, no hay dudas, están asustados, seguramente no tengan ni idea de lo que pasa.
Yo sigo a Ramos hacia el pasillo que lleva a la parte trasera. Es la zona menos visible desde la entrada, almacén y oficinas según el plano. Justo donde se esconden las cosas que importan, un par de agentes nos siguen vigilando la
retaguardia.
Me zumban los oídos, el latido del corazón va a full, hace tiempo que no notaba estos nervios, pero la cabeza esta vez no me está jugando una mala pasada, estoy enfocada.
Pasos cortos, arma preparada, intento llevar la respiración con tranquilidad y no acelerarme.
De repente al fondo del pasillo se abre una puerta metálica. Sale un hombre con sudadera oscura y cara de haber dormido mal. Nos mira, tarda un segundo en procesarlo y mete la mano en la cintura.
Ese gesto lo conozco. Todos lo conocemos.
—¡Policía! ¡Quieto! ¡Manos arriba! — Grito mientras avanzo.
No obedece. Saca una pistola pequeña mientras le tiemblan las manos y me apunta con ella, me da más miedo que tiemble que esté tranquilo, los nerviosos son impredecibles…
—¡Suéltala! ¡Al suelo! ¡Suéltala ya! — Le ordeno.
Ramos a mi lado le grita lo mismo, y añade que no tiene nada que hacer… la tensión es enorme.
El tipo duda. Mira la puerta, nos mira a nosotros, vuelve a mirar el arma. Está muerto de miedo. No es un sicario. Es un idiota que ha pensado que tener una pistola le hacía más duro, da medio paso atrás y baja levemente el brazo y entonces me lanzo.
Le agarro la muñeca antes de que reaccione, la retuerzo hacia fuera con todo el peso del cuerpo y noto cómo se le abre la mano casi por reflejo. El arma cae al suelo con un golpe seco. Le empotro contra la pared y llevo sus brazos a la espalda.
—Le tengo. — Digo aliviada.
—Sujétalo que lo esposo. — Me ordena Ramos.
Ramos aparta la pistola con el pie y le pone las bridas mientras yo le sujeto. Ha sido tenso pero ha salido bien… la adrenalina está por las nubes, esto es lo que me gusta de mi trabajo, por fin ser útil.
Del almacén contiguo sacan a otro hombre, este más joven, que también había intentado hacerse el valiente enseñando otra pistola. Mismo resultado, los compañeros lo reducen. Nadie dispara. Nadie quiere disparar realmente. En España las armas casi siempre son decoración para asustar, no para usar.
Los GEO ya han asegurado el local. Se oyen órdenes más tranquilas, el ruido de cajones abriéndose, sillas arrastradas.
Entramos al fondo. Hay una oficina pequeña con un
escritorio lleno de papeles, dos móviles, un portátil abierto
con una hoja de Excel a medias y una caja fuerte empotrada. Huele a café recién hecho. Alguien estaba empezando el día como si nada y se le ha torcido.
—Tenemos al encargado. — Dice uno de los compañeros, señalando al tipo trajeado que sacan del despacho con cara de indignación. — Dice que solo trabaja aquí y no sabe qué pasa, que todo es legal.
Todos dicen lo mismo siempre, ya se verá cuando lo interroguen.
Estamos registrando el local y entonces llegan los K9, los perros de narcóticos.
El guía entra con el pastor belga tirando de la correa como si hubiera olido la droga desde la calle. El animal apenas tarda segundos en marcar una estantería del almacén, detrás de unas cajas de bebidas energéticas. Se sienta mirando al guía y ladra, el policía le da una galletita y lo acaricia.
¡Premio! Hay drogas.