Capítulo IX — Barbacoa
La semana ha sido un caos.
Los días se han convertido en fotocopias, litros de café, informes cruzados y llamadas de todas partes de Europa.
El soplón no mentía, y eso, lejos de tranquilizar, lo complica aún más. Cada dato que soltó abre tres frentes nuevos.
Barcelona. Niza. Amberes. Eindhoven. Duisburgo. Italia… todos los sitios, suponen una operación complicada, ambiciosa y en la que hay que recabar información a contrarreloj.
Europol entrando en la ecuación lo hace todo más grande.
Mapas llenos de chinchetas. Empresas pantalla descubiertas por la gente de informática, contenedores sospechosos registrados. Transferencias extrañas. Vigilancias nocturnas en casas de apuestas para cubrir la otra pata del caso.
Dormimos poco, comemos mal, vivimos dentro de la central. Puedo hacerlo porque mi tío se encarga de Naiara.
Y, aun así, siento que avanzamos a ciegas, que no damos con la tecla definitiva, o al menos una que toque una melodía que suene a algo parecido a victoria, aunque sea provisional.
Como si estuviéramos persiguiendo una sombra enorme que siempre va dos pasos por delante.
En casa, antes del finde y la barbacoa de Ramos, sorprendentemente las cosas están más calmadas.
Naiara y yo finalmente enterramos el hacha de guerra.
No hablamos demasiado de lo que pasó. Ninguna de las dos sabe pedir perdón bien. Pero bajamos el volumen.
Está más obediente, más tranquila. Llega a la hora. No discute por todo. Demasiado fácil, incluso. A veces pienso que ha madurado de golpe.
Otras veces sé que probablemente me estoy autoengañando porque necesito creer que algo funciona y no pido más que paz.
Me agarro a eso para poder centrarme en el trabajo. El disparo a Ramos por mi bloqueo, cómo solucionarlo, demasiado en lo que pensar, demasiado que impide que duerma bien.
Pesadillas noche tras noche… la obsesión no es buena para no soñar, y yo, si tengo un defecto principal, es ese.
Finalmente llega el sábado, Naiara ha accedido a venir a la barbacoa, puede que porque le dije que Ramos tiene dos hijas de su edad. Quizás porque necesita salir aunque sea así.
La casa está en una urbanización tranquila a las afueras. Chalés adosados, setos bien recortados, bicicletas apoyadas en las vallas. Huele a césped recién cortado y al humo que sale de la barbacoa.
Llamo al timbre y abre la puerta Silvia, la mujer de Ramos, lleva un delantal que pone: “Barbacoa Queen” con un dibujo gracioso de una mujer en una barbacoa.
Me fijo más en ella fuera del hospital, si allí parecía guapa aquí aún más, tiene un aire a lo Adriana Ugarte que resulta seductor.
—Me alegro de que hayáis venido, pasad. — Dice con una sonrisa.
Parece la típica mujer capaz de cargar todo a sus espaldas, la mujer fuerte, empoderada, que domina una familia de principio a fin sin despeinarse, lo opuesto a mí, vamos…
Veo a Ramos vestido informal por primera vez, no le pega ir así, pantalón de chándal, camiseta de manga corta, gafas de sol.
—¡Eh, Aduriz! Al fin llegas. — Me dice levantando la mano.
—No te emociones, solo vengo porque así me evito cocinar hoy. — Le digo con una sonrisa.
Se ríe.
Le presento a Naiara y enseguida aparecen sus hijas, Rocío y María. Dos copias jóvenes de Silvia. En treinta segundos ya están hablando de redes sociales, música, chicos, instituto y no sé qué cantante coreano que ahora está de moda… ¿Dónde quedó BTS? Me hago vieja.
Desaparecen entrando al chalet antes de darme cuenta.
—Tranquila. — Me dice Ramos al ver como la busco con la mirada. — Ellas se encargan. Tu sobrina va a estar vigilada mejor que por la UCO.
Asiento agradecida, y un poco aliviada, la verdad.
En el jardín ya hay jaleo. Carne chisporroteando. Humo.
Risas. Bebida… buen ambiente en general.
Alma está apoyada en la mesa con una cerveza 0,0 hablando con Maite de algo forense con total naturalidad, como si comentar el rigor mortis en una barbacoa mientras picas jamón, fuera lo más normal del mundo.
Beka discute con Karim sobre criptomonedas.
Morales cuenta batallitas exageradas.
Y una mujer que se parece muchísimo a Ramos, pero con coleta, me mira y sonríe acercándose.
—Tú debes ser la famosa Aduriz. — Me dice.
—No sé si famosa, pero sí soy Laia, encantada. — Le digo.
—Es mi hermana, Ainhoa. — Dice él. — La oveja negra de la familia.
—Soy guardia civil. — Aclara ella. — Y sabe que los guardias somos mejores que los de azul.
— Os parecéis mucho, sobre todo la nariz. — Les digo.
—¿Yo a este calvorota? Ni de coña. — Dice ella riéndose.
Hay algo bonito en ver a Ramos así, lo humaniza, no es el inspector serio, disciplinado, el compañero veterano y mi jefe directo. Es un hombre normal, con familia, una historia que no conozco y un buen tipo, cuanto más descubro de él, más convencida estoy.
En un momento me acerco a Ramos, que vigila la parrilla con pinzas como si estuviera desactivando una bomba.
—Oye… — Le digo mirando al suelo.
—No. — Dice él de repente.
—¿No qué? — Pregunto, eso no me desconcierta.
—No me pidas perdón otra vez Aduriz. — Me dice pillándome por sorpresa.
Le miro.
—¿Ahora lees la mente? Nos vendría de puta madre para el curro. — Le digo riéndome.
—Ya te voy conociendo Aduriz, deja ya de flagelarte, cierra el caso, apárcalo y establece el secreto de sumario. De ahora en adelante, caso nuevo, seguimos empezando de cero. ¿Me entiendes? — Dice mientras torpemente da la vuelta a unos blanquitos.
—Gracias — Murmuro.
—De nada, y déjame tranquilo que mira la que estoy liando. — Dice mientras le cae el sudor por la frente.
—Pensaba que tú serías el típico hombretón, yo hacer fuego, yo hacer carne en barbacoa, hombre sabe punto carne. — Digo hablando como un Neanderthal, aunque no tengo claro si hablaban así, la verdad.
—No graciosa, eso es territorio de Silvia. Yo soy más de cocina fina. — Me sorprende su anuncio.
—¿Fina? — Pregunto.
—Hago sushi que flipas, mejor que de cualquier japo de Madrid. — Dice ufanándose.
Lo miro horrorizada. El sushi puede ser fácilmente lo que más oído en este mundo a nivel culinario.
—¿En serio Ramos? Pescado crudo… qué puto asco tío. — Digo poniéndoseme la piel de gallina solo pensándolo.
—Eso es porque no has probado el mío, fliparías. — Me dice.
—Prefiero ver diez cadáveres en fila. — Le confieso.
—Hazlo, te quedas paralizada y yo te meto el sushi en la boca. — Me dice riendo.
—Qué cabrón…. — Respondo riéndome como hacía tiempo que no lo hacía.
En este momento me doy cuenta, hacía semanas que no me
reía de verdad. Semanas, joder, qué fuerte…
Comemos y me pongo gocha: panceta para obstruir las arterias de tres corazones, chorizo, blanquitos, morcilla, una hamburguesa… los compañeros miran y flipan, estoy delgada por genética, pero como cual adolescente con la solitaria.
En un momento de la tarde necesito ir al baño y entro en la casa.
Hay silencio, se nota que no vive en un piso con vecinos arrastrando muebles, niños correteando, parejas follando o discutiendo cada veinte minutos… ¿Así vive la otra mitad?
Veo fotos enmarcadas, dibujos de las niñas en la nevera. Un sofá enorme lleno de mantas dobladas. Libros. Plantas.
No es una casa de policía. Es una casa familiar, rezuma ese ambiente hogareño que yo nunca he conseguido en ninguna de las mías.
Cuando salgo del baño, paseando por el pasillo cotilleando, veo una foto vieja, enmarcada.
Dos policías de uniforme. Más jóvenes. Uno es Ramos. El otro no lo conozco. Están abrazados, sonriendo como idiotas después de algo que claramente salió bien.
—Éramos compañeros. — Dice una voz detrás.
Es Ramos, ha llegado sigiloso el cabrón, ¡Qué susto!
—¿Erais? Es joven para haberse jubilado, no me digas que… — Comienzo a decir cuando me corta.
—Fue en una vigilancia. Hace años. Un yonqui le rajó el cuello con un cristal roto. No le dio tiempo ni a sacar el arma, no pudimos hacer nada por él, era un gran tipo. — Me responde.
Lo dice sin dramatismo. Como quien cuenta el tiempo.
—Me costó años volver a dormir bien y a asimilar eso, estuve ocho meses de baja. — Me confiesa.
Nos quedamos mirando la foto.
—Eso, te pasa factura. — Añade. — Siempre.
El truco no es que no duela. Es aprender a vivir con ello y superarlo como sea, con ayuda profesional a poder ser.
Antes yo era totalmente distinto, despreocupado, cabreado por todo, no pasaba suficiente tiempo con la familia, el típico policía absorto en el trabajo, y su perdida me hizo poner todo en perspectiva, trabajar cada día para ser mejor hombre, padre y marido. — Me dice mirándome a los ojos.
—Gracias por compartirlo conmigo, compañero. — Le digo.
Le pongo una mano en el hombro y hago una mueca de
comprensión, que espero que exprese la vida es dura pero estoy contigo.
El resto del día es agradable, una desconexión perfecta de una semana de trabajo intenso.
Una vía de escape para la relación tan intensa con mi sobrina.
Mi adaptación a Madrid con cosas así se me hace más llevadera, y Naiara parece que puede haber hecho dos nuevas amigas… ojalá la lleven por el buen camino.