Capítulo VIII — Soplón
Naiara no ha venido a dormir, la he puesto mensajes, la he llamado y nada, así es como ella me castiga por haberme pasado. No debí ser tan dura, pero ella también se pasó tres pueblos y no puedo tolerar que me toree como quiera.
Me preparo para ir al trabajo, al salir de la ducha veo una llamada perdida, es de mi tío Jorge.
—Hola tío ¿Me has llamado? — Pregunto por si ha sido un error.
—Hola Laia, sí es solo para informarte de que Naiara está conmigo. No te preocupes, se quedará unos días hasta que se calme. No quiero que te estreses más de lo que ya estás. — Me informa liberándome de la tensión al momento.
—Muchas gracias tío, dile que se puede quedar un par de días pero tiene que volver, tenemos que hablar. — Le digo.
—Tú tranquila, aquí no molesta, tú céntrate en el trabajo y cuando esté lista la mando de vuelta. — Me responde.
—Gracias, lo haré, un beso. — Me despido.
Al llegar al trabajo me informan de que ninguno de los
detenidos en la redada suelta prenda. Que están hartos de oír a los abogados de turno usar las palabras, calumnias, pruebas, presunción de inocencia… la misma mierda de siempre.
Alma me pregunta cómo estoy tras lo ocurrido a Ramos, le miento para no preocuparla y para no delatar que eso fue culpa mía. Me informa que ella misma interrogará al siguiente de los detenidos.
Lo observo desde el cristal. El hombre parece nervioso, inquieto. Mi instinto me dice que sabe algo, pero también que no va a soltar prenda tan fácilmente.
El comienzo del interrogatorio me deja claras dos cosas, que es español y que vive en una situación precaria, la cual según mi experiencia te empuja a cometer actos ilegales si hace falta para sobrevivir.
—¿Sabes que en España tener esas armas está prohibido salvo licencia? Es tenencia ilícita de armas — Le dice Alma, con calma, mirándolo fijo.
El hombre se pone tenso, traga saliva. Su mirada cambia, parece que el miedo empieza a calarle.
—No tengo nada que ver con eso, ese arma no es mía. — Murmura, su voz temblando.
Alma no se inmuta y sigue presionándole:
—Lo que tienes es la oportunidad de hablar ahora, antes de que esto se vuelva mucho más complicado para ti.
Y tú ya sabes lo que significa complicarse la vida con nosotros, ¿Verdad?
No es un juego, te enfrentas a varios cargos, tenencia ilícita de armas, delito contra la salud pública, pertenencia a organización criminal, atentado contra agentes de la autoridad.
Con eso te enfrentarías a mínimos de veinte años de prisión y máximos de treinta, cuando salgas serás un anciano. ¿De verdad te compensa no hablar?
El hombre se está poniendo nervioso, su abogado trata de frenar a Alma con su jerga, su prepotencia y sus trucos, pero el hombre está comenzando a sudar, puede que se derrumbe.
A Alma no le tiembla la mano. Le sigue presionando:
—Si colaboras esos cargos podrían reducirse a la mitad, en función de la información que tengas. En diez o quince años podrías tener una vida fuera, piénsalo.
—Está bien, está bien… hablaré. — Dice el hombre.
El abogado intenta protestar pero él le dice algo al oído y se calma.
—Adelante. — Dice Alma invitándole a hablar.
—Yo solo sé esto de oídas, ¿Vale? Yo solo vigilaba el almacén, no sabía qué mierda había, he oído que hay una producción masiva en diferentes ciudades de Europa, casi siempre hablan de los mismos sitios.
Barcelona, en el puerto, una nave de congelados.
Niza, un almacén de conservas. Amberes en una empresa química.
En Eindhoven en una empresa tecnológica de drones o algo así.
En Duisburgo en almacenes de material deportivo.
En Bucarest no sé el sitio, solo que está allí.
Finalmente el último del que he oído hablar es en la región de Lombardía y Piamonte dicen que están los centros logísticos.
Pero no sé dónde, todo esto son cosas que he ido oyendo y no debería haberlo hecho.
El hombre ha explotado soltando todo lo que tiene, se le nota desesperado.
—¿Es suficiente para rebajar la pena agente? — Pregunta agobiado.
—Tendremos que revisar la información, pero si es real, puedes estar tranquilo, es un paso importante por tu parte. — Le dice Alma.
—Pero quiero impunidad total, os doy mucho, me arriesgo, me tenéis que proteger, una identidad nueva, dinero para empezar de cero. — Empieza a pedir.
—Tranquilo, tranquilo, antes de correr tenemos que andar.
Primero comprobaremos la información, después veremos qué trato te podemos ofrecer.
Ya te digo que no será todo lo que has pedido, deberías ir pensando que lo que te ofrezcamos será lo mejor que conseguirás y aceptarlo. — Le dice Alma y sale de la sala.
Esa misma mañana Alma se pone en contacto con Europol para comenzar a organizar una operación a nivel europeo.
Cada uno de los puntos que mencionó el detenido se va a rastrear. La red es grande, pero tenemos que ser meticulosos.
Es nuestra oportunidad para desmantelar los centros de distribución.
El equipo de informática se pone a investigar, a buscar imágenes, datos, cámaras de tráfico, cualquier cosa que demuestre que dice la verdad el testigo.
Mientras investigan si sus palabras son ciertas decido descansar un poco en la zona habilitada para ello. Me echo en un sillón, cierro los ojos y me pierdo en mis pensamientos. Necesito desconectar un rato. Pero cuando comienzo a quedarme adormilada, oigo el ajetreo de la base.
Ramos ha vuelto. Ha pedido el alta voluntaria, le oigo decir, y mi estómago se retuerce al pensar que va a delatarme. La idea de que hable con Alma sobre mi bloqueo me hace sentir un nudo en la garganta. No sé cómo reaccionaré si eso sucede.
Me siento a la espera de su aparición. Se acerca a donde estoy. No parece que haya venido con malas intenciones. Se toma su tiempo y, antes de hablar, se sienta a mi lado.
—¿Cómo estás? — Me pregunta, con el tono tan natural de siempre.
Estoy tensa, no sé por dónde va a salir, cómo acabará esto, puede que mi participación en esta unidad haya terminado.
—Bien, cansada pero bien, ¿Y tú? ¿Cómo que te has ido del hospital? — Le pregunto con un hilo de voz.
Él se detiene un momento, como si pensara en la respuesta correcta.
—Estoy bien, no ha dañado nada vital. ¿Qué hacía allí tumbado todo el día? — Responde.
—Perdona de nuevo por lo del almacén. — Le digo tratando de hacerle delatar sus intenciones.
—No te preocupes Laia, no voy a decirle nada a Alma, puedes estar tranquila. — Me dice.
— ¿Laia? Es la primera vez que no me llamas Aduriz. — Le digo sorprendida. — ¿Por qué no lo vas a hacer? Deberías… — Le digo.
—Porque somos compañeros. Y los compañeros no se
delatan entre sí, el primer día lo hice porque pensaba que no estabas preparada, ahora sé que sí.
Me cubres las espaldas y yo las tuyas, lo hemos hecho y lo haremos en el futuro.
— Responde con calma. — Pero, Aduriz, no puedes dejar que esto te bloquee.
No puedes dejar que un cadáver te paralice cada vez.
Necesitas enfrentarlo, hablarlo con un profesional, hablarlo con alguien.
Si necesitas ayuda de mi parte la tendrás.
Y no te acostumbres a que te llame Laia, me has pillado con las defensas bajas, si se vuelve a repetir tendré que decírselo, y lo sabes.
— Dice dándome un golpecito en el hombro.
—Gracias Hugo, digo Ramos. — Le digo guiñándole un ojo.
Sus palabras me hacen pensar. Pienso en el psicólogo de Bilbao. En cómo me aconsejó empezar a afrontar mi trauma, cómo me pidió que dejara de vivir con él en silencio. Ramos tiene razón.
—Cambiando de tema Aduriz. Este fin de semana mi mujer quiere hacer una barbacoa en casa.
Yo sé que no es el mejor de los planes, pero está emperrada, ¿Qué te parece si vienes con Naiara?
Te vendrá bien salir de la oficina y desconectar un poco.
Al menos por un rato. Tu sobrina podrá juntarse con mis hijas, alguien de su edad que no sea una mala influencia. — Me dice Ramos.
Le cuento lo ocurrido, la discusión, que la eché de casa, y
que está con su tío pero que intentaré que venga, y que gracias por la invitación.
Cómo ha cambiado la cosa, el primer día a la primera me delató, sin dudarlo dos veces, ahora me está dando un voto de confianza valiosísimo que le puede costar su salud, otra vez, no puedo fallarle, no me lo perdonaría.
Tengo que hacer todo lo posible por que no vuelva a suceder, llamaré al psicólogo y le pediré herramientas para afrontar la parálisis.