Capítulo VII — Redada
Llego al perímetro establecido por la unidad, han cercado una nave del polígono. Son las diez de la mañana, he tenido una mañana convulsa y esto va a ir a peor. Cuando haces una redada todo se vuelve frenético, mil cosas pueden salir mal y hay que tener ojos hasta en la nuca.
El polígono está a pleno rendimiento, operarios, trabajadores fluyendo por las calles, ajenos a nuestra presencia.
Todos vamos de paisano, grupos pequeños cada cien metros.
Alma ha pedido refuerzos, en el operativo seremos más de cincuenta agentes ocultos en furgonetas de reparto, coches camuflados, agentes a pie en puestos clave en las calles aledañas.
Llego junto a Ramos, me mira a la cara y creo que deduce que no estoy del todo bien, puede que aún tenga los ojos hinchados de llorar.
Nada más verme pregunta si todo va bien y le miento, le digo que sí, no creo que le haya engañado, abre el maletero acto seguido y me da un chaleco antibalas.
Me lo coloco, cada vez que me pongo uno mi cuerpo se tensa de manera inevitable, este trabajo es peligroso, pero cuando te pones un chaleco sabes que algo gordo viene.
Alma se acerca a nuestra posición y nos pide vigilar la parte
trasera a Ramos, a mí y a un grupo de seis agentes.
Cuando termina de darnos las instrucciones va junto a otro grupo de agentes más equipados que nosotros. Cascos, protecciones, armas largas. No hace falta que nadie me lo diga. GEO. Los que entran primero. Los que asumen que, si alguien dispara, probablemente les dispare a ellos.
Cuando Alma termina de hablar con ellos se acerca a los vehículos, nos pide a Ramos y a mí que nos acerquemos.
El mando del operativo despliega un croquis sobre el capó de una furgoneta. La nave simula ser una empresa de distribución de muebles. Según ciber, dentro empaquetan el Ámbar ocho oculto en sofás y armarios huecos. Envíos “legales” que cruzan media España cargados de droga.
—GEO entra por frontal. Vosotros ya sabéis, cubrís la parte trasera. Salida de emergencia y muelle de carga. Que no se escape nadie. — Nos explica Alma.
Todo está preparado para actuar a plena luz del día, cuando no se lo esperan. Quizás así podamos pillarles con las manos en la masa, el único problema de hacerlo a la luz del día, en un polígono con tanto movimiento, son los civiles, demasiado cerca de la acción.
Ramos y yo rodeamos la nave hasta la parte trasera.
Hay contenedores, palés, serrín en el suelo y olor a madera húmeda.
Se oyen golpes dentro, voces, una carretilla arrastrándose.
Están trabajando con normalidad, como si fuera una tienda real de muebles, y en la práctica lo es, cualquier persona que entre a esa tienda no sospecharía de que es una tapadera, es la forma en que los narcos operan, y por lo visto esta banda en concreto, si no fuera por el equipo forense e informático tan bueno que tenemos, puede que se hubieran salido con la suya.
Me coloco detrás de un contenedor y apunto a la puerta metálica.
—¿Lista? — Murmura Ramos.
—Sí. — Respondo, creo estarlo.
Por la radio llega la cuenta atrás.
—Entramos en tres, dos, uno, vamos. — Dice Alma.
La puerta frontal revienta con un estruendo que resuena por todo el polígono. Gritos de “¡Policía!”, carreras, cristales. El corazón se me dispara, como si alguien hubiera accionado un interruptor. Comienza el jaleo, y a medida que pasan los segundos me empiezo a tensar cada vez más.
El chaleco me agobia, el cuello del jersey me molesta…
A los pocos segundos un tipo sale corriendo por nuestra
puerta. Se queda blanco al vernos. Ramos le grita que se
tire al suelo y obedece al instante. Lo engrilleto sin
problemas.
Se oyen disparos, no suenan a armas policiales, parece un arma automática, Ramos me indica con la mano que me asome.
Entonces, pegada a la pared, me asomo y alcanzo a ver el interior de la nave a través del hueco de la puerta. Y lo veo.
Un cuerpo en el suelo. Boca arriba. Inmóvil.
La cabeza torcida en un ángulo raro y un charco oscuro extendiéndose bajo el cráneo. Sangre.
Mi estómago se encoge. Es como si alguien me hubiera agarrado por la nuca y me obligara a mirar.
Me estoy volviendo a quedar bloqueada, sudor frío, sonidos lejanos, visión de túnel que me evita vigilar cualquier cosa que salga del foco del cadáver… ¡mierda!
—¡Laia! — Susurra Ramos.
Escucho mi nombre lejísimos.
Y entonces aparece una figura detrás del cadáver. Un hombre con una pistola. Levanta el brazo. Me está apuntando directamente.
Y yo mirando un muerto como una idiota, bloqueada de
nuevo, pero esta vez en pleno peligro, no en una habitación en calma…
Un golpe duro, rápido, me hace caer al suelo, ese impacto me hace salir de mi nebulosa mental, y al mirar hacia arriba veo a Ramos, me ha empujado.
Dos segundos después suena un disparo. Oigo el impacto seco contra el chaleco. Un golpe sordo, brutal. Lo veo como a cámara lenta.
Ramos se queja, pero no duda, responde al fuego enemigo.
Hay fuego cruzado. Las balas vuelan por el aire.
Mientras me hago un ovillo me grita que me ponga a cubierto, le hago caso como puedo y ruedo hacia el muro.
Suena otro disparo y veo cómo impacta en Ramos, en el hombro, se cae al suelo tratando de ponerse a cubierto… pero desde el suelo dispara dos veces. El tipo cae, oigo el impacto del cuerpo desplomándose.
En mi mente han pasado minutos, pero la realidad es que sucede en apenas segundos, mi bloqueo, mi compañero salvándome y quedando expuesto, herido… le he fallado por mi orgullo, no quería afrontar que me afectara tanto ver un cadáver tras…
Antes de que pueda reaccionar, otro hombre sale por el lateral con una pata de madera de una mesa. Se abalanza sobre Ramos, que todavía intenta incorporarse. Le golpea y Ramos se defiende como puede cubriéndose con el antebrazo.
En ese momento por fin mi cabeza me hace un clic, me espabilo, y saco el arma rápido, apunto… y disparo sin pensar, tengo buena puntería, las balas vuelan directas al torso, impactan de lleno.
Ramos me mira con una mezcla de susto y gratitud.
Por la radio empiezan a cantar posiciones. GEO confirma nave asegurada. Varios detenidos. Sin más amenazas.
Aviso por radio de que Ramos está herido, rápidamente vienen a llevarle a la ambulancia.
Cuando entro en la nave por fin, veo la magnitud real del sitio. Muebles desmontados, dobles fondos, paquetes termosellados escondidos en estructuras de madera con ambientadores, bolsas con mezclas olorosas para tratar de despistar a los perros del K9. Palés enteros. Kilos y kilos. Toneladas.
Veo los cadáveres, ahora no me bloqueo, han sido tres, todos de los malos, por suerte los agentes solo han sido heridos, pero me preocupa Ramos, así que voy a la ambulancia.
—¿Cómo estás? — Le pregunto temiendo un reproche.
—Sobreviviré, ¿Tu estás bien? — Me pregunta aún herido.
—Sí, siento que te dispararan por mi culpa. — Le digo sincera.
—No te preocupes por eso, ya hablaremos. — Me dice
antes de que cierren las puertas de la ambulancia.
Me quedo pensativa… ese ya hablaremos… me lo merezco.
Cuando se lo llevan en ambulancia pienso que ha estado cerca, pienso en Naiara y la discusión, que eso podría ser lo último que hubiéramos hablado y me entran ganas de llorar de nuevo pero por suerte puedo contenerme.
Tras horas de declarar, rellenar informes en el sitio, reportar a Alma lo ocurrido, por fin he podido llegar al hospital a ver a Ramos, entro en la habitación y lo encuentro con su mujer y sus hijas.
Me saludan educadas. Las hijas son clavadas a la madre, todas parecen sacadas de un catálogo de modelos, bien por ti Ramos, parece una familia perfecta, veo en sus caras la preocupación.
Después de presentarme como su compañera les pide que nos dejen un momento a solas.
Me mira serio unos segundos, no parece enfadado, creo que le he decepcionado y lo entiendo.
—Ya que me ha costado un tiro. — Dice. — Al menos dime qué coño te pasa con los cadáveres, Aduriz. Porque te lo pregunté. Y me mentiste.
No sé cómo contar el episodio más traumático de mi vida.
—Si vuelve a pasarte. — Añade. — Voy a tener que informar. Y no quiero hacerlo. Pero necesito una explicación para comprender esto Aduriz.
Me quedo mirándole, sintiendo ese peso en el pecho que no tiene nada que ver con el chaleco que ya no llevo, es ansiedad, el miedo de afrontar mis fantasmas, de abrirme y verbalizar algo que no quiero admitir.
—Necesito saberlo, hay que saber la gravedad, hoy ha estado cerca y me gustaría ver crecer a mis hijas. — Me dice.
—Lo siento, de verdad, te lo contaré. — Le digo.
Finalmente me enfrento a mis demonios y le cuento todo.
Mi excuñado era un borracho, pegaba a mi hermana, se gastaba el dinero sin preocuparle nada, y eso era algo que mi hermana aguantaba por su hija, pero un día recibí una llamada suya diciéndome que se había superado, que no solo amenazaba la integridad física de Arantxa, también de Naiara, que lo había visto con la mano en el pantalón mirando a Naiara dormir, y eso no lo podía permitir…
Inmediatamente fui a su casa, yo me acababa de graduar en la academia y pretendía que al ver el uniforme se acojonara y se fuera, pero todo se fue de madre.
Él se vio acorralado por mi hermana, cogió un cúter y trató de atacarla, lo detuve y forcejeamos, me rajó la cara y me tiró contra una mesa y desde el suelo lo vi todo, mi hermana cogiendo un bate de béisbol que tenía en casa, lo había comprado para defenderse semanas atrás.
Lo golpeó tantas veces y con tanta fuerza que su cabeza quedó hecha un amasijo de carne, sangre y vísceras.
Tuve que detener a mi propia hermana, fue duro.
Pero tuve que hacerlo, ella se entregó sin dejarme más opción.
Dijo que merecía la pena, pero tenía que pagar por lo que había hecho.
Esa imagen tan brutal, cruda, me dejó un poso que no quise afrontar en un tiempo, acudí al psicólogo, muchos meses de terapia, avanzaba, pero por lo visto no ha sido suficiente.
Mi psicólogo propuso un cambio de aires, dejar Bilbao atrás, poner distancia con el lugar físico del trauma, pensaba que era lo ideal.
Por eso me mudé a Madrid, y pensaba haberlo superado pero el día que vi a Juninho muerto me bloqueé, y hoy de nuevo… y eso en un policía no es bueno.
—Lamento mucho que hayas pasado por algo así. Gracias por confiarme algo tan personal. — Me dice Ramos comprensivo, sin juzgar, sin añadir preguntas, opiniones.
Me siento mejor, más ligera, esto es algo que solo le había contado al psicólogo, y al contárselo a Ramos parece que me hubiera quitado una mochila con piedras de la espalda.
—Por cierto te he traído una cosa, como disculpa es una mierda, pero sé que te gusta. — Le digo sacando la
chocolatina que tanto le gusta de mi bolsillo.
—Gracias compañera. — Me responde.
Me quedo unos minutos más antes de dejarle a solas de nuevo con su familia, hablamos de lo duro que es ver la muerte de cerca, del trauma de enfrentarnos a cosas tan brutales y me dice que él estará a mi lado para superar el bloqueo.
Después de haber sido herido por mi culpa me demuestra la clase de persona que es.
De los buenos, de los que cada vez quedan menos.