Capítulo VI — Adolescencia
Llevamos días dando palos de ciego.
Interrogatorios que no llevan a ningún sitio, testigos que recuerdan lo que les conviene, coartadas que parecen sólidas hasta que rascas un poco… y cuando crees haber encontrado un hilo del que tirar, se rompe.
Como si el caso se burlara de nosotros, hoy por fin han llegado los resultados de la autopsia.
Sin signos de lucha. Sin lesiones defensivas. Sin contusiones de sujeción.
También encontraron restos de semen y lubricante en la zona genital y perianal, compatibles con actividad sexual reciente y, según Maite, probablemente consentida. Nada que indicara agresión.
La inserción del consolador fue premortem, con tejido aún
irrigado. La amputación del pene y los testículos, claramente post mortem, realizada con herramienta afilada y mano firme. Corte limpio, quirúrgico, sin titubeos. Alguien que sabía lo que hacía… o al menos que no le temblaba el pulso.
La bandeja, como ya sabíamos, sin huellas ni ADN útiles. Demasiado limpia en medio de aquel vertedero de fluidos.
Conclusión oficial, muerte accidental por intoxicación aguda de drogas y alcohol.”
Conclusión real, alguien aprovechó un cadáver para firmar su obra y mandar un mensaje.
En paralelo, mi vida personal se desmorona a un ritmo bastante más rápido que la investigación.
Naiara está imposible. Rebelde, desafiante, siempre al límite.
Supongo que es normal, dieciséis años, una madre en prisión, un padre muerto a manos de esa misma madre, cambio de ciudad, instituto nuevo, normas nuevas…
antes no teníamos demasiada relación y ahora le ordeno que haga cosas que no quiere, demasiadas cosas juntas para cualquiera.
Pero entenderlo no lo hace más fácil de llevar.
Es de noche. Ramos y yo estamos de vigilancia en un club privado de la zona norte. De esos sitios donde no entra cualquiera. Así que toca aparcar cerca, termos con café y
esperar, esperar mucho.
El equipo de ciberdelincuencia ha identificado a dos tipos que creen que son los cobradores de las entregas grandes de Ámbar8, no el menudeo. No venden, no se manchan. Solo recogen el dinero. El tipo de personas a las que mandas a cobrar para asegurarte de que no traten de tangarte.
Llevamos horas y no aparecen, nada más que borrachos, gente de posiciones elevadas que no deberían dejarse ver en estos sitios, políticos, presentadores de TV y periodistas que critican estos mismos excesos. Nada nuevo, la misma hipocresía de siempre.
Ramos nota que no estoy en mi mejor momento, tantas horas juntos hacen que un buen inspector te cale, y él lo es.
—Te pasa algo, si quieres hablarlo… Te repito que aquí me tienes Aduriz. — Dice al final, sin mirarme.
Analizo sus palabras y tengo que soltarlo, es insano guardarme todo para mí de esta manera, al final explotaré…
—Supongo que… hablarlo me vendrá bien. — Digo al fin. — Porque como no lo haga…
Me mira de reojo, serio, atento. No dice nada. Me deja espacio.
Y empiezo a hablar.
Le cuento que Naiara está cada día peor. Que no me obedece, que me provoca, que va siempre un paso más allá. Que intento ser flexible, entenderla, no ahogarla… pero que siento que se me está yendo de las manos.
—El otro día encontré una de las cajas de la mudanza abierta. De las que aún no he tenido tiempo de colocar. — Le empiezo a contar.
Ramos asiente. Se muestra atento a mis palabras y le explico.
—Había cogido una chaqueta de mi madre, de una caja con cosas que guardo desde su fallecimiento que ni yo me atrevo a mirar…
Intento dejarlo pasar, al fin y al cabo es su abuela, para estar en una caja que la disfrute…
y cuando la recojo de la silla para ponerla en la percha…
la había roto. Un enganchón en la manga.
Nada grave… pero me sentó como una patada en el estómago.
—Y ¿Cómo actuaste? — Me pregunta.
—Le grité. Más de la cuenta. Luego me sentí fatal. — Le confieso.
Ramos no me juzga, solo escucha paciente, como un psicólogo. En ese momento se inclina hacia mi lado, abre la guantera y saca una chocolatina, un kinder bueno. Por lo que le conozco le pirran. Me ofrece, pero le digo que no me apetece.
—¿Ha pasado algo más o solo el asunto de la chaqueta? — Pregunta, creo que quiere establecer un vínculo y demostrarme que me escucha.
Suelto el aire despacio y dejo salir todo lo que me lleva envenenando días.
—Sí. Y esta fue la gota que colmó el vaso. Sale de la ducha, se pone una camiseta fina… y ahí lo veo. Un piercing en el pezón. Hecho de forma ilegal. Es menor. No quiero ni pensar quién ha sido el hijo de pu… que se lo ha hecho. A ese sitio habría que cerrarlo.
Aprieto los puños y sigo:
—Ahí ya perdí los nervios.
—¿Qué hiciste? — Me pregunta.
—La castigué sin móvil, como a una niña pequeña… me supera, no sé qué hacer con ella. — Le confieso.
—Las adolescentes no son fáciles, por muy buenas que sean, siempre tienen ramalazos de genio que te descolocan, que te superan, y es normal no saber qué hacer al respecto. — Me suelta como si nada.
—¿Tienes hijos Ramos? — Le pregunto.
—Sí, dos chicas, Rocío de quince años y María de diecisiete años, son un regalo del cielo, se portan genial, pero a veces discuten por chorradas y no sé qué hacer, mi mujer las sabe llevar mejor que yo. — Me confiesa.
—Si me hubieran preguntado, habría jurado que eras
soltero, no me pegas de padre, y con este trabajo… — Le digo.
—Me lo dicen mucho, pero no, yo siempre quise una familia, es duro no nos vamos a engañar. Mi mujer… a veces le cuesta, pero sabe cómo sobrellevarlo, he tenido más suerte de la que me merezco. — Dice Ramos sincerándose conmigo.
Me gusta empezar a tener esta relación con mi compañero, sinceramente los otros compañeros que tuve en Bilbao eran demasiado secos, demasiado introvertidos… creo que eso hizo que a mí también me costara compartir mi vida personal con ellos.
Después de cinco largas horas de vigilancia, los dos tipos ni han aparecido, nadie los ha visto, los otros coches camuflados vigilaban el resto de accesos y nada… frustrados nos vamos a casa. Y al llegar estoy destrozada. Me siento en el sillón. Enciendo la tele.
Me despiertan ruidos breves, sutiles, pero me despiertan. Al abrir los ojos la veo, Naiara, rebuscando en mi chaqueta, mi monedero en las manos, me está cogiendo cincuenta euros de la cartera…
—¿De verdad me estás robando? — Le digo adormilada.
—Joder qué susto Laia… coño me va a dar un infarto… —
Dice sobresaltada. — No coño, tengo que pagar una excursión, y no quería despertarte.
—Vale Naiara, ¿Te crees que soy tonta? — Le pregunto.
—Que no coño, que es verdad, estoy hasta el coño de que nunca me creas, que todo lo haga mal y ahora me llamas ladrona. — Me empieza a decir subiendo el tono.
—Primero relájate, segundo, si te han pillado no te pongas chula, que sea la última vez que me robas, si necesitas dinero me lo pides, no hurgues en mi cartera, ¿Lo entiendes? — Le digo cabreada.
De repente su cara cambia, se pone hecha una energúmena, me dice que no confío en ella, que soy peor que su madre, que me creo superior por ser policía, que ella nunca me ha querido…
yo le digo que no tengo por qué aguantar a una niñata impertinente y que si lo hago es porque somos familia, y que no puede ser tan desagradecida…
la cosa escala rápido y me tira la cartera con desprecio…
Y eso es la chispa que prende la hoguera.
Me levanto enervada, la cojo del brazo, seguramente le estoy haciendo daño, pero cuando sobrepaso mis límites de cabreo no conozco, se me va la pinza, la saco hasta el rellano y le digo que se vaya, que si no quiere vivir en mi casa con mis normas se busque la vida, no de las mejores maneras, ella se pone chula y dice que no me necesita y se pira…
Cierro la puerta de un portazo, retumban los tabiques de pladur y nada más quedarme sola las lágrimas empiezan a salir a ríos de mis ojos, me dejo caer en el suelo, la espalda apoyada en la puerta, estoy destrozada, no aguanto más esta guerra constante con Naiara, joder, yo trato de dejarla a su aire y me lo paga robándome…
esta niña es gilipollas… no ayuda a que nos adaptemos…
el curro va de mierda… demasiado para no petar así…
No puedo más… necesito bajar las pulsaciones, cuando me cabreo la cago, y esta cagada ha sido de las gordas…
y solo hay una cosa que me ayuda a desconectar… la consola.
Cuando llevo un rato jugando y al fin he logrado no notar el corazón salirse de mi pecho, recibo una llamada, es la jefa, pide perdón por llamarme en mi día libre…
pero unos compañeros han encontrado a los dos tipos que buscábamos la noche anterior, les han visto entrar en una nave de un polígono, cree que allí preparan parte de la droga para su distribución y quiere que hagamos una redada, ya tienen la orden, los jueces a veces trabajan rápido…
Toca ponerse en marcha y no tengo cuerpo para esto, pero hay que ser profesional.