La firma del asesino (La firma del…1) Capítulo V — Coartadas
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Capítulo V — Coartadas

Han pasado tres días desde que la mujer de la limpieza encontró a Juninho Pereira muerto en su cama en aquellas terribles condiciones.

Tres días de café, pantallas encendidas con informativos.

La prensa no ha soltado el caso ni un minuto.

Cada mañana aparece un nuevo titular, una nueva teoría absurda, una filtración interesada.

El circo habitual cuando el muerto es alguien famoso.

Declaraciones poco afortunadas de amigos o familiares resentidos, lo normal.

A primera hora Maite nos ha enviado el informe preliminar. Nada definitivo todavía, pero suficiente para empezar a cerrar caminos que no llevan a ningún sitio.

Por suerte la ciencia avanza a pasos de gigante y las pruebas forenses tardan menos en llegar, pero aún hay que esperar bastante, más de lo que nos gustaría.

El ADN y la toxicología darán resultados concluyentes en mínimo una semana.

Mientras tanto, tenemos una primera criba hecha gracias al equipo de informática y de los policías de campo de las más de cincuenta personas que pasaron por la fiesta.

Solo doce seguían en la finca dentro de la franja horaria estimada de la muerte.

Doce nombres. Doce coartadas por comprobar.

Las salas de interrogatorios huelen siempre igual. A desinfectante barato y nervios. Da igual quién se siente al otro lado de la mesa, todos acaban sudando por inocentes que sean.

Empezamos desde abajo. Gente joven, amigos de amigos, modelos, influencers de Instagram, un DJ, un par de camellos de lujo que juraban no vender nada dentro de la casa.

Historias mal contadas, risas nerviosas, silencios demasiado largos.

Ramos lleva el peso, pero por primera vez no me limito solo a observar.

—¿A qué hora se fue usted exactamente? — Pregunto a un chico con pinta de no haber trabajado en su vida.

—No lo sé… tarde. — Responde nervioso.

—¿Estaba en el domicilio del fallecido entre las seis y las ocho de la mañana? — Insisto.

—Creo que eran las seis y media. — Responde dudando.

—Su móvil se conectó a un repetidor a las siete menos diez. — Le dice Ramos.

Veo cómo se queda paralizado, mirando a Ramos.

—Mire, agente, fue sobre esa hora, si, puede que fuera algo más tarde, no estaba en el mejor estado para saber la hora, estaba de fiesta, pasadísimo, no miro el reloj en esa situación, lamento no ser de más utilidad. — Dice el chico.

Otro posible testigo que estaba hasta arriba de sustancias, así no vamos a encontrar nada…

Por la tarde nos vamos a la ciudad deportiva del equipo.

Instalaciones impecables. Cristal, acero, césped perfecto.

El Atlético Vallecano sabe vender imagen incluso de luto, han colgado un crespón enorme en la entrada, miles de aficionados han dejado ramos de flores, fotos, velas…

todo el circo que se monta alrededor de desgracias mediáticas, y como no, los reporteros como buitres al acecho de sacar la noticia, la declaración que les haga “ganar” la batalla de las audiencias por el duelo de la tragedia.

El club nos ha habilitado una sala por la que irán pasando todos los miembros del club.

El representante llega puntual. Traje negro, reloj caro, ojos rojos. Habla de Juninho como si fuera familia:

—Era un profesional ejemplar. Un líder. Un hombre

querido.

Asiento levemente, le mantengo la mirada y le dejo espacio sin decir nada para que él solo siga.

—Esto es una tragedia para todos. — Añade. — Para el equipo… y para mí.

Ahí aparece el matiz. El “mí”.

—¿A qué se refiere? — Pregunto.

—Juninho tenía contratos pendientes. Patrocinios. Renovaciones. Todo eso se ha ido al garete. — Dice sin darse cuenta.

No llora por él. Llora por el dinero y al verbalizarlo su cara cambia, se da cuenta de la metedura de pata al revelar la rata avariciosa que es.

Tras una pausa, en la que me tomo un café que me ayude a sobrellevar el tedio de estos “testimonitos” que no van a ningún lado, seguimos.

El presidente y el entrenador son más contenidos. Frases medidas, discursos breves y honestos, al menos lo parecen. Ningún conflicto conocido. Ninguna enemistad reseñable. Todos insisten en lo mismo, Juninho era disciplinado.

Responsable. Un ejemplo.

No sabemos si mienten o se automienten, pero no parecen culpables a simple vista, aunque nunca se puede descartar nada, ni a nadie.

La visita por la tarde a la familia es la más dura. Los padres parecen haber envejecido veinte años en tres días. El hermano pequeño de veinticuatro años no deja de llorar en ningún momento.

—¿Tenía enemigos? ¿Problemas con alguien? — Pregunto con cuidado.

—Solo en el campo. — Dice el padre. — Fuera de él era un buen chico.

La exmujer es distinta. Más fría. Más tensa, parece incluso aliviada.

—Nos divorciamos porque no aguantaba más la vida que llevaba y quería una familia. — Dice. — Fútbol, concentraciones, fiestas, excesos… yo no podía más.

Todo cuadra, no hay nada sospechoso en su entorno a simple vista.

Cuando llegamos a la central son las seis. Beka nos está esperando con una imagen congelada en pantalla.

—Esto lo hemos encontrado en el móvil de uno de los asistentes a la fiesta. — Nos dice. — No se había subido a redes.

Las imágenes están grabadas de manera oculta, se ve cómo la manga de la camisa tapa el encuadre cada poco, pero lo que se ve es claro, Juninho discutiendo con un hombre moreno, tatuado, gesto serio.

La fecha coincide con la noche del asesinato y está grabada minutos antes del margen que dio la forense.

—¿Quién es? — Pregunto.

—Su fisioterapeuta, es croata, Ivan Sučić, en redes se les ve en varias imágenes de los tratamientos, también hemos visto a otros futbolistas y una asistente, una mujer rubia que parece ayudar a Sučić en la clínica, quizá ella ha oído algo. — Explica Beka.

Ramos sugiere que paremos a comer algo antes de ir a la clínica.

Me ha traído a un bar que frecuentan los policías, saluda a todo el mundo a su paso, el camarero le llama por su nombre, yo me como una ensalada griega, cuando trabajo comer algo más contundente no me sienta bien y menos a deshoras.

A las ocho llegamos a la clínica y su ayudante nos abre.

Nos dice que tenemos que esperar a que termine con el último paciente, aprovechamos para preguntarle sobre Sučić y Juninho, ella nos dice que jamás les ha oído discutir, que se trataban como hermanos, que incluso Juninho más de una vez le ha llevado de vacaciones con todos los gastos pagados.

Esta chica parece no haber visto nada o puede que no se quiera enterar, aunque creo que dice la verdad.

Cuando por fin sale el paciente Ramos me dice que es otro futbolista famoso, se le nota en las pintas, ropa absurdamente cara, pendientes y joyas que valen más que mi coche, y ese aire de divo. La ayudante le dice que estamos esperando y nos hace entrar a la consulta.

Ahí le vemos, como en la imagen, Ivan Sučić, treinta y

cuatro años, metro ochenta y cinco, complexión fibrosa, facciones angulosas, mandíbula bien definida, mirada profunda.

—Hemos visto unas imágenes de usted discutiendo con Juninho, la noche de su muerte, ¿Puede decirnos qué ocurrió? — Pregunta Ramos.

—Sí, discutimos. — Admite. — Le dije que tenía que parar de forzar la pierna.

Estaba lesionado. Una fiesta no es descanso, y estuvo un rato tirando penaltis con los invitados, le dije que se podía desgarrar el bíceps femoral si no tenía cuidado y no le sentó bien, Juninho cuando llevaba un par de copas era alguien a quien no se podía contradecir.

— Dice Sučić al que apenas se le nota el acento.

—¿A qué hora abandonó usted el domicilio? — Pregunto.

—Justo después de esa discusión, le dije que si no me iba a hacer caso me iba a mi casa y no contara más conmigo.

A la hora que dice la prensa que murió yo estaba en casa, pueden comprobarlo, tengo cámaras de vigilancia.

De todas maneras ¿No ha sido una sobredosis? — Pregunta Sučić con cara de sorpresa.

Nos mira fijamente ¿Trata de sacarnos información porque se preocupa o para ver si hemos descubierto algo que lo incrimine?

—Aún no hemos descartado ninguna hipótesis, solo recabamos información para determinar las causas, la cronología y quién pudo ver qué consumió exactamente el señor Pereira la noche de su fallecimiento. — Le explica Ramos.

Salimos de la consulta, Ramos pide a Beka que comprueben las cámaras del domicilio de Sučić, las que dan acceso al parking.

Nos quedamos en el coche esperando.

Minutos más tarde recibimos la verificación de Beka, él no pudo ser, su coartada se confirma y seguimos dando palos de ciego.

Nada termina de encajar y eso es desesperante para mí.

Es hora de volver a casa sin tener una mínima pista de quién es el asesino, y es una sensación tan frustrante que a mí me condiciona más de lo que me gustaría admitir.