La firma del asesino (La firma del…1) Capítulo IV — Problemas
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Capítulo IV — Problemas

Acabo de llegar al trabajo, necesito hacerme un café, he dormido como el culo. Cuando empiezo a prepararlo Beka se acerca y me dice que Alma quiere hablar conmigo.

Me dirijo a su despacho sin dilación y golpeo la puerta tres veces con los nudillos, me dice que pase.

Su despacho es sobrio, ordenado. Mesa limpia, una silla que parece cómoda, otra menos cómoda al otro lado de la mesa, una pantalla grande a su espalda y sobre la mesa, una tablet, una montaña de carpetas con papeles encima de un armario y un cactus.

Ella está de pie, revisando algo entre los papeles.

—Aduriz, cierra y siéntate, por favor. — Me dice al verme.

Me siento en la silla, ella también se sienta y me dice sin paños calientes:

—Ramos me ha informado que ayer te quedaste paralizada.

—Sí, jefa. — Respondo concisa.

—¿Qué sucedió? — Me pregunta mirándome fijamente a los ojos.

—Fue algo puntual. — Digo con la esperanza que se quede ahí.

Espero en silencio a ver si surte efecto.

Alma tiene esa habilidad extraña, no te presiona, pero el silencio te empuja a hablar.

—Es el primer cadáver que veo desde… — Trago saliva. — Desde el último que vi en Bilbao. Me recordó aquel momento. Nada más. Se me pasó en segundos.

La miro a los ojos.

—No volverá a pasar, se lo aseguro. — Le digo esperando convencerla.

—Aduriz, no me andaré con rodeos. Pedí tu traslado a mi equipo porque tienes un expediente increíble para alguien de tu edad, pero entiendo que eres muy joven para según qué cosas, no dejas de ser una cría por mucha experiencia que tengas, necesito gente que no se bloquee en momentos de tensión, esta vez ha sido un cadáver que presentaba signos de violencia, pero si os veis envueltos en algo peor, un tiroteo, quiero saber que mi gente actuará, salvará vidas y no se quedará bloqueada.

Si te ves superada, quiero que me lo digas al instante. — Me explica sin ambages.

—Lo sé, lo entiendo señora, le digo que ha sido algo puntual, el otro cadáver fue algo impactante y el de ayer me recordó aquel momento, una cosa puntual repito, que no se volverá a repetir. — Insisto.

—Está bien, que no se repita, puedes irte. — Me dice al

fin liberándome Alma.

Salgo descolocada, no sé si me esperaba una regañina peor. Puto Ramos se lo ha contado, sé que es el protocolo, pero fue unos segundos y ha sido solo una vez, no se anda con tonterías.

Tengo la sensación rara de haber pasado una revisión médica o que un profesor me ha regañado.

Ramos me espera apoyado en la mesa, girando las llaves del coche en el dedo.

—¿Nos vamos? — Me pregunta como si nada.

—¿A dónde? — Pregunto.

—A ver a un confidente. — Me responde.

Le digo que ok, vamos al coche, voy en silencio rumiando que me ha delatado a la primera de cambio.

Subo de copiloto e intento estar callada.

Durante unos minutos solo se oye el motor y la radio baja.

Madrid a media mañana tiene ese tráfico espeso que te obliga a parar cada dos por tres.

—¿Así que hablaste con Alma? — Pregunto al final.

—Sí, claro. — Me responde.

—Podrías habérmelo dicho. — Le digo de vuelta.

—Te lo dije. — Me responde.

Lo miro extrañada.

—Te di la oportunidad de contármelo. Me mentiste, no me dijiste qué te pasaba exactamente. Me soltaste el cuento de no haber desayunado. — Me dice a las claras.

Touché. Es verdad que me preguntó.

Le veo encogerse de hombros mientras reemprende la marcha.

—No es personal, es el protocolo, te pregunté para evitar tener que decírselo a Alma, la próxima vez cuéntame qué te ocurre y no tendré que decírselo. — Me dice.

—Ya, vale, entiendo por qué lo has hecho. — Le digo.

—No puedo tener una compañera que se bloquea con un cadáver, si pasa algo, hay que solucionarlo rápido o la cosa irá a peor en otra situación más delicada. Hay que tener confianza entre nosotros, si no esto no funcionará. — Me dice lo mismo que Alma.

No sé qué responder. Es el tipo de lógica que no admite réplica. Seguimos con el trayecto, por fin dejamos el centro y su caos, el tráfico fluye más.

—¿Adónde vamos? — Pregunto.

—A ver a alguien que siempre está bien informado de lo que ocurre en las calles de Madrid. — Me responde.

—¿Y quién es si se puede saber? — Le pregunto.

—Es un confidente. Jesús Villa. Alias “el Capibara”.

Lo miro de reojo extrañada por el mote.

—¿Capibara? — Pregunto en voz alta.

—Ya lo verás. Es un tipo simpático, tranquilo, sociable… como esos bichos gigantes que conviven con todo el mundo. Pero no deja de ser un roedor. Sobrevive a cualquier mierda, se adapta. — Me explica.

Salimos de las zonas bonitas demasiado rápido. Los edificios se hacen más bajos. Más grises. Persianas torcidas, grafitis, solares vacíos. Yonkis con la goma en el brazo y en trance.

La clase de barrio donde la policía no patrulla, muchos no se atreven a entrar en esos sitios si no es con muchos Zetas.

Y nosotros vamos solitos, sin coche policial, casi es mejor así.

Aparca en una calle de tierra. Al bajar del coche noto varias miradas. Algunas puertas cerrándose. Persianas bajando. Gente doblando la esquina con prisa.

—¿Qué pasa? — Murmuro.

—Esta gente no se fía de nadie que no hayan visto, cuando llega un coche que no conocen saben que se avecinan problemas y prefieren evitarlos. — Me explica.

Caminamos entre chabolas improvisadas con chapas y lonas. Olor a humo, fritanga y humedad hasta llegar a una fachada que parece una infravivienda de las que verías en una película de favelas o algo así.

Ramos se lleva las manos a la boca:

—¡Jesúuuus! ¡Sal, cabrón!

Nada, no hay respuesta.

—Te estoy viendo detrás de la cortina. — Le dice asomándose.

La cortina se mueve y entonces aparece un tipo bajo, moreno, delgado, perilla… un abrigo de plumas lleno de quemaduras de cigarro, un vaquero desgastado y un bebé dormido en brazos. No era la imagen que esperaba.

—¿Pero tú estás gilipollas? — Susurra. — ¿Cómo tienes los huevazos de venir aquí a mi casa?

—Necesito hablar y no sueles salir mucho de aquí hasta por la tarde, ¿No? — Le dice Ramos.

—¿Quieres que me partan las piernas cabronazo? Tira pal bar de siempre… ahora voy coño. — Dice el Capibara susurrando. — Ahora te voy a insultar. Tú sígueme el juego calvo cabrón.

Y entonces el Capibara alza la voz:

—¡Lárgate de aquí, mamonazo! ¡Y no vuelvas o te pego un tiro!

Ramos sonríe y le guiña un ojo.

—Siempre tan cariñoso, yo también te quiero capi. — Le

dice en voz baja.

—¡Que te jodan Ramos! — Le dice el Capibara.

Ramos da media vuelta y yo le sigo.

Esperamos en un bar de un polígono industrial cercano, de los que huelen a café recién hecho y churros, está lleno de trabajadores.

A la media hora de estar allí por la puerta aparece el Capibara rascándose la cabeza, el camarero le mira y le saluda.

—Ya estoy aquí, joder, dame un cigarro para luego Ramos. — Le pide antes de sentarse.

Ramos saca un paquete de su chaqueta y le da el cigarro, el Capibara se lo pone en la oreja.

Me sorprende que Ramos lleve tabaco. No le he visto fumar. Entonces el Capibara me mira de arriba abajo.

—¿Y esta quién es? ¿Nueva mascota? — Pregunta.

—Mi nueva compañera. Subinspectora Aduriz. — Dice Ramos.

Me tiende la mano, miro sus dedos llenos de roña, cortes mal curados, cicatrices.

—Encantado Srta. Aduriz. — Me dice.

—Hola. — Digo sin estrechársela.

Me mira con sonrisa pícara y me dice:

—Perdone usted, su majestad, no todos tenemos acceso a un baño diario, lujos y perfumes caros.

Me sostiene la mirada unos segundos. No parece ofendido. Ramos habla yendo al grano:

—La droga nueva. Ámbar ocho. ¿Qué sabes?

Se hace el remolón.

—Invítame a algo, que con la boca seca no hablo igual. — Pide descaradamente el Capibara.

Ramos le pide una copa al camarero. Nada más traérsela se bebe media de un trago. Suspira y por fin habla:

—Está por todos lados. Es como la gripe en invierno. Todo el mundo tiene. Todo el mundo vende. Nunca había visto algo correr tan rápido, nunca hay falta de producto, la gente no tiene que esperar.

—¿Sabes de dónde ha salido? — Pregunta Ramos.

—Se habla de italianos. Gente fina. Nada de camellos cutres. Producto limpio, sin cortar con cosas raras, bien empaquetado. Profesional y un logo reconocible como

imagen de marca.

Ramos  y yo intercambiamos una mirada.

—¿Y del asesinato del jugador, Juninho? — Pregunta Ramos.

El Capibara se endereza.

—¡No me jodas! ¡El capitán! Se nos va a ir la temporada a la mierda… — Dice el Capibara.

Entra en modo fan absoluto. Casi me da ternura.

—¿Sabes algo? — Pregunta Ramos.

—Nada. Eso es liga de ricos. Yo soy liga de barrio, de barro, camisetas lavadas de finde en finde, ya sabes Ramos. — Responde el Capibara.

Se termina la copa y se queda mirando a Ramos.

—Si te enteras de algo, me llamas, al instante, ¿De acuerdo? — Le dice Ramos.

—Claro jefe, sabes que siempre cumplo, y salgo barato. — Le dice poniendo la mano el Capibara.

Ramos saca el paquete de tabaco de su chaqueta y se lo pone en la mano, se levanta y me dice que nos vamos.

En la barra le pide al camarero un kinder bueno para el camino, me dice que si quiero uno y le digo que no.

De camino a comisaría Ramos se come la chocolatina mientras conduce.

—¿No quieres? ¿No te gusta o qué? — Me pregunta.

—No, gracias, si me gusta, pero no suelo comer dulce entre semana. — Le digo educada.

—Luego te marearás por no haber desayunado. — Me dice riéndose.

—Muy gracioso, vámonos anda. — Le respondo.

El tráfico caótico de Madrid vuelve a tragarnos de vuelta, contrasta mucho con Bilbao, es una ciudad grande pero no tiene comparación, esto es un caos constante.

De camino recibo una llamada de un número que no tengo guardado, al descolgar es la directora de Naiara, dice que se ha metido en algún tipo de problema, que se ha peleado creo entenderle… le pido a Ramos que me lleve.

Ramos me deja en la puerta del instituto y se marcha sin hacer ruido, como siempre. Nada de despedidas innecesarias. Un gesto con la mano y listo. Profesional hasta para eso, le he dicho que es un problema con mi sobrina, ya va viendo que es una pieza.