Capítulo III — Asesinato
Son las ocho y media y ya tengo un café en la mano para despertarme porque no he podido desayunar en casa, estoy en la sala de reuniones con la mayoría, esperando a que llegue la jefa Moreno, Alma, como le gusta que la llamemos.
Es el segundo día y algunas caras ya empiezan a sonarme, sobre todo la del chico que me invitó a salir y ahora me rehúye la mirada, puede que avergonzado, no es mi problema.
Finalmente llegan los que faltaban, incluido Ramos, que se sienta a mi lado.
—Buenos días compañera. — Me saluda.
—Buenos días Ramos. — Le respondo.
Alma, al entrar, consigue que todos le presten atención, no es de las que se imponen a gritos. Ni siquiera tiene gesto duro. Simplemente… ocupa el espacio. Como si todo estuviera diseñado alrededor de ella, y todos lo sabemos.
Trae una tablet bajo el brazo.
—Vamos a empezar la reunión informativa. — Dice.
Las luces se atenúan un poco y la pantalla interactiva se enciende detrás.
Aparece un mapa de Europa lleno de líneas rojas, puntos y flechas.
—Lo que tenemos ya no son indicios sueltos — Empieza. — Es estructura. Y cuando hay estructura, hay organización, lo que los hace más peligrosos y preparados.
Amplía la imagen. Madrid. Lisboa. Marsella. Nápoles. Bucarest. Todo conectado, conexiones establecidas prácticamente por toda Europa.
—Las apuestas deportivas están funcionando como vía de blanqueo. El dinero entra sucio, sale limpio y nadie hace preguntas. Paralelamente, la misma red está moviendo estupefacientes a gran escala.
Cambia de imagen. Fotos policiales de redadas con armas y drogas.
Siguiente imagen. Dos hombres con tatuajes muertos.
En la siguiente imagen aparecen dos hombres con apariencia de Europa del Este.
—Estos dos son sicarios. Confirmados en cuatro homicidios de bandas rivales. Siempre el mismo patrón, disparo limpio al cráneo.
Son especialistas en la muerte, no son chapuceros, no
cometen errores, llegan, hacen su trabajo limpiamente y se van, el peor tipo de asesinos, el más difícil de encontrar.
—En los últimos meses. — Continúa. — Han aparecido otros tres fallecidos sin vinculación directa demostrable. Apostadores de alto nivel. Grandes deudores. Creemos que puede ser un ajuste de cuentas.
El ambiente se espesa. Esto ya no suena a amaños deportivos. Suena a crimen organizado de verdad.
De ese que no sale en series porque es demasiado aburrido y demasiado real, una red que toca varios palos y está bien organizada, no da lugar a improvisaciones y es implacable.
Narcóticos toma la palabra, el día anterior no estaba así que primero se presenta:
—Lo primero, buenos días, soy Biel Prats, el jefe de narcóticos, lamento haberme perdido la reunión de ayer. — Dice con voz firme.
Es un hombre de cuarenta y tres años, rubio, barba desaliñada, ojos verdes, tiene arrugas de expresión, es alto y bastante atractivo.
Deja sobre la mesa una bolsita transparente.
Dentro hay pequeños cristales anaranjados, casi bonitos.
Son como azúcar teñido y tiene una serigrafía en la bolsa:
“Ambar8”
—Esta es la nueva sustancia. La estamos detectando en fiestas privadas, entornos VIP, deportistas, influencers. Gente con pasta. — Prosigue Biel.
Amplía una imagen en la que se ve en el mismo estado y luego otra al lado donde se ve en una montañita de polvo.
—Nombre en la calle: Ámbar ocho, como podéis ver en el envase.
—¿Qué es exactamente? — Pregunta Ramos.
—Un cóctel sintético. Es una derivación de un opiáceo, parecido al fentanilo pero menos potente, se utiliza para relajar sin perder el control del todo, por eso lo utiliza gente adinerada. — Responde Biel.
—¿Cómo es de adictiva? — Pregunta Alma.
El agente suelta una risa seca.
—Mucho, da un subidón parecido al de los porros, por eso les gusta tanto, es fácil de fabricar, de distribuir y ocultar, su principal componente es un fármaco que se puede conseguir de forma legal fácilmente. — Explica Biel.
Es la típica droga que corre por la gente como un mal cotilleo, ideal para colocarte y no volverte gilipollas del todo.
Es el turno de Beka, la experta en ciberseguridad.
La tecnología nunca ha sido mi fuerte y eso que soy una nativa digital, pero debe ser por la educación de mis padres, que eran unos amantes de la lectura, por lo que crecí más rodeada de libros que de pantallas.
—Estamos siguiendo transferencias desde casas de apuestas asiáticas hacia wallets intermedias.
Usan mezcladores de criptomoneda para romper la trazabilidad, luego saltos jurisdiccionales encadenados.
Estonia, Malta, Panamá, Curazao… — Explica Beka, me avergüenza decir que hay ciertas partes de su explicación en las que me pierdo.
Habla rápido, como si pensara que todos la entendemos.
—Cada vez que llegamos a una cuenta, el dinero ya ha saltado cinco capas más. VPN en cascada, servidores espejo, identidades sintéticas. Son muñecas rusas financieras. Para que me entendáis, una aguja en un pajar. — Explica Beka.
Traduzco mentalmente: fantasmas.
—¿Alguna persona real detrás? — Pregunta Alma.
—De momento, solo empresas pantalla y testaferros digitales. Incluso un par de fallecidos con cuentas a su nombre. — Responde Beka.
Alma se queda pensativa, entonces nos mira a nosotros y le pide a Ramos que informe. Este se levanta.
—Ayer mi compañera y yo fuimos a hablar con el jugador Vieirinha del Atlético Vallecano, hace unos partidos, se marcó un gol en propia puerta, ese gol supuso unas ganancias fuera de lo normal, llamó la atención por un elevado número de apostadores.
Al preguntarle dijo no hablar nuestro idioma, no sé hasta qué punto quiso dar largas, usamos a un compañero, Juninho, como traductor y dijo no saber nada, solo ser un error del juego sin más, no pudimos avanzar porque el abogado del club estaba presente. — Informa Ramos.
—Y del otro jugador. — Pregunta Alma.
—Nosotros nos encargamos de Raúl Pereira, jugador del Real Mostoleño, él se autoexpulsó de una manera extraña, sospechosa, igual que con los compañeros esa expulsión supuso un pico de ganancias en apuestas inusuales.
El jugador fue hermético, costaba sacarle las palabras y el presidente del club nos amenazó con que si seguíamos hostigando a su jugador nos mandaría a sus abogados. — Morales comenta.
De repente una vibración retumba en la sala que estaba en silencio mientras procesábamos la información.
Es el chico que me entró ayer, mira su móvil y levanta la mano como en el colegio.
—Jefa… perdona… creo que esto es importante. — Dice el chico del que no recuerdo el nombre.
—¿Qué ocurre Ruiz? — Pregunta ella.
—Es un futbolista, el tal Juninho, ha aparecido muerto. — Informa Ruiz, al parecer se apellida así.
Alma gira la cabeza y le dice a alguien del equipo de Beka:
—Ponlo a pantalla completa.
Las noticias saltan en directo. Una reportera demasiado dramática habla con ese tono de tragedia impostada que tanto le gusta a los medios desde la fachada de un chalet de lujo.
“…ha sido hallado esta mañana sin vida en su domicilio el capitán del Atlético Vallecano, Juninho Pereira…”
La foto sonriente llena la pantalla, luego imágenes del jugador en su presentación, jugadas y debajo el faldón.
“Juninho, la estrella del Atlético Vallecano aparece sin vida en su domicilio”.
Luego cambian a imágenes en directo de la reportera.
“…el cuerpo fue encontrado por una empleada doméstica tras una fiesta celebrada anoche…”
Siento cómo la sala entera se queda congelada.
Miro a Ramos. Él me mira a mí. Es el mismo jugador que ayer nos tradujo con Vieirinha. El mismo que juró que en su equipo no había amaños. Muerto.
Alma no tarda ni tres segundos en ordenarnos:
—Ramos. Aduriz. Os vais ya con un equipo forense. Quiero escena preservada y primer informe antes del mediodía.
Se gira al resto y les avisa:
—Esto se acaba de convertir en homicidio mediático. Así que cabeza fría y boca cerrada. Los periodistas van a ser como buitres carroñeros.
Cojo mi chaqueta. Ramos ya va hacia la puerta.
Y mientras salimos, no puedo evitar pensar una cosa.
Ayer era un posible sospechoso. Hoy es un cadáver.
Y eso cambia las reglas del juego, ya no son solo drogas y apuestas.
Montamos en el coche para dirigirnos a la finca, es una zona de Madrid donde viven la mayoría de los futbolistas, al menos los que tienen más dinero según me informa Ramos.
Al llegar y bajar del coche, Ramos camina rápido, con esa zancada de impaciencia por investigar que tanto reconozco. Yo tengo que apretar el paso para seguirle.
El aire de la mañana sopla frío, hace que las manos me duelan y se agrieten.
Enseñamos nuestras placas a los nacionales que están en la puerta tratando de alejar a la prensa, me cubro la cara para no aparecer en las noticias de todo el país y entramos al jardín.
La casa es pura ostentación, un jardín cuidado al milímetro, coches de lujo, fuentes, estatuas, todo lo que el dinero puede comprar, siempre me ha resultado curioso cómo hay gente que por pegar patadas a un balón gana semejante cantidad de dinero y los policías que nos jugamos la vida cobramos una miseria.
—Maite os toca, a ver qué encontráis. — Le dice Ramos a Maite García que venía detrás de nosotros con su equipo.
Nos quedamos conversando con los primeros agentes que llegaron a la escena del crimen, dicen no haber tocado nada y que fue la asistenta quien encontró el cuerpo. Que todo indica que se estaba celebrando una fiesta.
Tras darles las gracias entramos en el salón y el olor nos golpea. Alcohol, sudor, perfume caro, una mezcla extraña.
El salón es un campo de batalla de la fiesta, botellas vacías de vodka premium, champán francés, copas rotas, restos de comida asiática, bolsitas pequeñas con polvo anaranjado, billetes enrollados, ropa interior tirada como confeti.
Preservativos usados. Otros sin abrir. Un bote grande de lubricante en el suelo.
Música aún sonando en un altavoz. La opulencia más triste del mundo.
—Que alguien apague la música por favor. — Ordena Ramos.
Me acerco al reproductor y lo paro, no sin antes escudriñar cómo hacerlo.
Tras observar todas las estancias de la planta baja subimos la escalera.
El dormitorio principal está al fondo, puerta abierta, gente moviéndose con guantes azules, maletines abiertos en el suelo.
García está inclinada sobre la cama buscando pistas. El cuerpo está encima. Levanta la vista al vernos.
—Tengo una primera hipótesis. — Dice García.
—¿Qué tenemos? — Pregunta Ramos.
García se nos acerca.
—Varón. Veintinueve. Sin signos de lucha visibles en la estancia. Puerta sin forzar. Probable contexto sexual y consumo de estupefacientes. Por el color de la piel establezco una hora probable de la muerte entre las seis y las ocho de la mañana a falta del resultado del laboratorio.
No puedo dejar de mirar el cuerpo, el mundo se vuelve espeso a mi alrededor.
El cuerpo está en posición genupectoral sobre la cama, caderas elevadas, postura humillante, casi obscena. Como una muñeca mal colocada. Tiene un consolador de silicona incrustado en el recto. Demasiado profundo. Demasiado antinatural.
En la mesilla, una bandeja metálica. Ordenada.
Demasiado ordenada. Encima hay droga. Y, colocados con una pulcritud quirúrgica…
Los genitales seccionados. Limpios. Como piezas anatómicas expuestas.
No hay sangre salpicada. No hay caos. Eso es lo peor.
Parece preparado a conciencia. Como un bodegón macabro.
Siento un pitido en los oídos. Las voces se deforman.
Noto sudores fríos por la espalda.
García sigue hablando, pero suena lejana, como si estuviera bajo el agua:
“…inserción premortem… no hay desgarros defensivos… el corte posterior al fallecimiento… herramienta afilada, probablemente bisturí o cuchilla fina…”
No puedo apartar la vista. El cerebro intenta entender.
No encaja. Nada encaja. Y de pronto ya no estoy en la habitación. Estoy en otro sitio. Otro recuerdo. Otro olor metálico. Otra sangre. La de mi excuñado.
—Aduriz. — Me llama una voz que suena lejana. — Aduriz. — Esta vez suena más cercana, pero no puedo reaccionar.
De repente noto un toque en el hombro, me aparto por instinto, y salgo de mi nebulosa mental y veo cómo Ramos me mira raro.
—¿Estás bien? — Me pregunta.
Tardo unos segundos demasiado largos en responder.
—Sí… sí. Perdona. Me he mareado un poco. No he desayunado.
Miento, no quiero que piense que soy una novata, no es mi primer cadáver, pero sí el primero desde que vi cómo mi hermana mataba a mi cuñado… y claramente aún no lo he superado a pesar de la terapia.
—¿Violencia? — Pregunta Ramos.
—Ninguna evidente. — Dice Maite. — Sin hematomas defensivos. Sin lesiones de sujeción. Podría haber estado consciente y colaborando del acto sexual.
—¿Causa preliminar? — Pregunto yo.
—Posible sobredosis mirando el estado de las pupilas. Toxicología dirá. El corte es claramente post mortem . — Dice García.
—¿Huellas? — Pregunto queriendo parecer activa para que Ramos no sospeche.
—Demasiadas. Fiesta con cincuenta personas mínimo. Esto es un festival de ADN. Pero la bandeja está impecable. Cero restos. Cero grasa. Alguien limpió o usó guantes. — Explica García.
Eso sí es interesante. Demasiado limpio en medio del caos.
Obviamente nadie cercena un miembro de forma casual, el resto podría ser una juerga que se ha ido de manos, pero ese detalle de la bandeja es algo más.
García dice que tardará unas horas en tener algo sólido, días para los resultados del laboratorio, aunque intentará meterles prisa.
Ramos y yo salimos de la escena del crimen para que nos den las declaraciones y datos que han recabado los compañeros que llegaron primero.
Una vez en el coche.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? — Me pregunta sin rodeos.
—Nada, te lo he dicho, no he desayunado y tengo la tensión baja. — Le miento.
—Ya, tensión baja, vale Aduriz, como quieras. — Me dice claramente sabiendo que he mentido.
Ponemos rumbo a la base, hay que empezar a hacer trabajo de investigación, descubrir quién acudió a esa fiesta, hablar con familiares y el entorno para saber si alguien deseaba verlo muerto, si tenía algo turbio detrás que no se supiera. Esto complica las cosas de sobremanera.
Me preocupa más saber que Ramos es un sabueso y que no soltará el hueso que ha mordido, hasta que no le cuente qué me ha pasado realmente no parará, o lo que es peor, puede decirle a Alma que soy una inútil.