La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Olivia

El zumbido de los motores del yate de Ethan al ralentí era lo único que rompía la calma del Mediterráneo. Llevábamos tres días navegando por las aguas de Ibiza, con el azul turquesa del mar fundiéndose con el cielo del principio del verano. La estrategia de Arthur estaba saliendo a pedir de boca.

El barco de Ethan no era un yate cualquiera; era un Sunseeker Predator de casi treinta metros de eslora, una bestia de líneas agresivas de color gris metalizado que costaba una absoluta millonada.

La cubierta de teca parecía sacada de una revista de diseño, con enormes soláriums acolchados en la proa, un jacuzzi acristalado que se fundía con el horizonte y una plataforma de baño hidráulica que los chicos usaban para tirarse al agua.

Por dentro, el salón de la cubierta principal tenía un techo solar retráctil que Ethan abría de noche para cenar bajo las estrellas.

Era el escondite perfecto para ricos... y el cebo ideal para los fotógrafos.

Viajábamos con Ethan, su chica y otras dos parejas de la Premier, amigos de Seb desde que estaban en las categorías inferiores. Al resto del mundo le vendimos que este viaje fue una encerrona de manual de nuestros amigos comunes para obligarnos a hablar tras la supuesta ruptura.

—Están ahí —murmuró Sebastian a mi espalda, pasando sus brazos por mi cintura y apoyando la barbilla en mi hombro mientras mirábamos hacia los acantilados de cala Jondal.

—¿Los paparazis? —pregunté, sin moverme de la barandilla de la cubierta.

—Un par de lanchas con teleobjetivos a unos doscientos metros. Llevan media hora apuntando hacia aquí.

Sonreí de lado, reclinándome contra su pecho.

Llevaba un biquini negro y una camisa de lino blanca abierta; él solo unos pantalones cortos.

Éramos el blanco perfecto. Nos giramos despacio, coordinados, y Sebastian se inclinó para besarme con una parsimonia deliberada, atrapando mi labio inferior entre los suyos mientras el viento nos despeinaba.

Sabía perfectamente que esas fotos estarían en la portada del Daily Mail antes de la cena, tituladas como «El milagro de Ibiza: la reconciliación del capitán».

Pero lo mejor de todo fue que, por primera vez, el beso público no tenía una cláusula detrás. Era real y quemaba.

Por la tarde, cuando el sol empezó a caer y los demás se quedaron tomando copas a bordo, bajamos la lancha neumática y escapamos a una pequeña cala de piedra a la que solo se podía acceder por mar.

Nos refugiamos bajo la sombra de unos pinos que desafiaban a la gravedad en la roca, lejos de las lentes y de las miradas de los amigos.

Allí, con el rumor de las olas rompiendo en la orilla, el espacio se redujo a nosotros dos. Sebastian me tendió sobre la toalla grande que habíamos traído, devorándome con unos ojos grises que se habían vuelto oscuros por la necesidad.

—Ya no hay cámaras, gatita —susurró, trazando una línea húmeda con la lengua desde mi clavícula hasta el borde del biquini—. Solo tú y yo.

El sexo en esa playa tuvo un ritmo distinto al de la urgencia de Londres.

Fue pausado, profundo, casi perezoso bajo el calor del atardecer.

Sebastian se deshizo de nuestras prendas con una adoración que me erizó la piel.

Cuando se fundió conmigo, apretando mis manos contra la arena cálida, solté un gemido que se perdió en el viento.

Nos amamos con la certeza de quien ha ganado una guerra, fortaleciendo en cada embestida, en cada respiración compartida frente al mar, los cimientos de algo que ya no era una mentira.

Al acabar la semana, nos despedimos de Ethan y del resto del grupo en el puerto. El plan de Arthur había concluido, pero nuestro viaje no.

Alquilamos un velero más pequeño, solo para los dos, y pusimos rumbo a Formentera.

Sin tripulación, sin amigos, sin jefes de prensa ni directores deportivos.

Durante los siguientes quince días, aprendí a mirar a Sebastian sin el filtro del miedo al qué dirán.

Lo vi timonear desnudo bajo el sol, nos bañamos a medianoche en mitad de la nada y cocinamos con lo justo mientras el barco se mecía bajo las estrellas.

Cada conversación de madrugada en la cubierta, con los pies colgando sobre el agua, fue un ladrillo más en nuestra reconstrucción.

Hablamos de su infancia, de mis miedos en París, de lo que queríamos construir juntos en Londres cuando el circo de la Premier League volviera a encender las luces en julio.

Faltaba un mes para que arrancara la pretemporada, pero mientras Sebastian me estrechaba contra su pecho en el camarote, escuchando el golpeteo del agua contra el casco, supe que el Muro de Londres no había caído para rendirse. Había caído para dejarme entrar.