Epílogo
Olivia
Un año después...
El tintineo de las cucharillas de plata contra la porcelana era el único sonido que competía con el murmullo del Támesis al otro lado del ventanal.
Me quedé mirando el plano de distribución de las mesas que inundaba la isla de la cocina de nuestro ático en Chelsea, flanqueado por tres catálogos de mantelería de hilo italiano y muestras de invitaciones con relieve de pan de oro. Junio ya estaba aquí.
Doce meses. Parecía mentira lo rápido que pasaba el tiempo cuando dejas de contar los días en base a los partidos de la temporada y empiezas a contarlos por los cafés compartidos a primera hora de la mañana.
Este año había sido una absoluta locura en las oficinas del Kingsford, pero de las buenas.
Mantener mi puesto como Directora de Comunicación del club mientras compartía mi vida oficialmente con el capitán del equipo había sido un reto de encaje de bolillos con la junta directiva, pero lo habíamos logrado.
El equilibrio era perfecto. En el despacho seguía siendo la jefa implacable que controlaba a los medios con una mirada; en el ático, era simplemente la mujer que había encontrado su hogar en los brazos del hombre más testarudo de Inglaterra.
A mi lado, Pippa, la wedding planner más cotizada de Londres —una mujer que organizaba enlaces para la realeza y que cobraba una absoluta millonada por no perder los nervios—, pasaba las páginas de su tablet con una precisión milimétrica.
—A ver, Olivia. Tu suegra, Victoria, insiste en que las orquídeas de la recepción principal deben ser de importación holandesa, y ha aprobado el menú de siete pases con el chef con estrella Michelin —explicó Pippa, ajustándose las gafas—.
La boda en la finca de Hampshire que habéis alquilado va a ser un despliegue de lujo impresionante, pero necesito que cierres ya el tema de las flores y la lista de bajas y confirmaciones de la plantilla.
—Si pones al tío Callum al lado de la barra libre, la boda termina antes del baile, jefa —la voz ronca de Sebastian me sacó de la conversación.
Apareció en la cocina arrastrando los pies, descalzo, vistiendo solo un pantalón de chándal gris y camiseta blanca que le marcaban los bíceps, con el pelo castaño alborotado apuntando en todas direcciones.
Acababa de despertarse tras el último partido de la temporada, donde se había coronado de nuevo como el jugador con más porterías atravesadas de la liga.
Se plantó detrás de mí, ignorando por completo la presencia de Pippa, y rodeó mi cintura con sus brazos fuertes, pegando su pecho cálido a mi espalda.
Su aroma a sándalo, a sábanas limpias y a piel caliente me inundó al instante, provocándome un escalofrío que ya conocía de memoria.
Pippa, acostumbrada a los caprichos de las estrellas, se limitó a sonreír con elegancia y a recoger sus catálogos.
—Os dejo diez minutos para que discutáis los últimos nombres —dijo, levantándose con gracia—. Estaré en la terraza revisando el diseño de la iluminación del jardín.
En cuanto la puerta se cerró, Sebastian escondió el rostro en el hueco de mi cuello, dándome un beso corto y apurado, justo en ese punto sensible debajo de la oreja que siempre me hacía perder el hilo de mis pensamientos.
—Tu madre ya se está encargando de supervisar el protocolo, Sebastian, así que Callum estará controlado —respondí, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo, disfrutando del tacto de sus manos grandes subiendo por debajo de mi camiseta de seda—.
Victoria está tan entusiasmada con la boda que se pasa el día llamando a Pippa. Está en su salsa.
—Me alegra ver que por fin tiene la boda de alta sociedad que tanto quería, aunque el novio sea un futbolista que se pega de tortas los sábados —Sebastian soltó una carcajada sorda que me vibró en la espalda—. Y me alegro de que no te importe que se meta tanto.
—Trabajo que me quita, no hay problema y ella disfruta. Venga, vamos a repasar la lista.
—Vale, tú mandas. ¿A quién más tenemos confirmado?
—A los de siempre. Ethan, Mason, Nelson, Aiden… todos los del equipo con sus parejas, mi amiga Nadine,... —seguí numerando a una cantidad ingente de personas, muchas de las cuales no conocía.
—Perfecto. Cuantos más seamos de la plantilla, mejor lo pasaremos —sonrió de lado, con esa chispa canalla y relajada que antes solo mostraba en la intimidad más estricta, y me dio la vuelta entre sus brazos para que lo mirara de frente.
Me quedé atrapada entre su cuerpo y el borde de la encimera de mármol.
Enlacé mis manos detrás de su nuca, acariciando la línea de su mandíbula, donde la sombra de la barba de tres días empezaba a rasparme los dedos.
Miré sus ojos grises, limpísimos a plena luz del día, desprovistos de cualquier rastro de la fachada dura e inaccesible que le vendía a los medios británicos.
Durante este año, el amor se había instalado en nosotros como una reconstrucción diaria.
Habíamos aprendido a habitarnos sin el miedo a que un fotógrafo destrozara lo nuestro, a dormir pegados sin que la «línea de la colcha» nos recordara que éramos un negocio.
Sentía por él algo tan profundo y puro que a veces me asustaba el poder que tenía sobre mí; Seb era un lazo sólido, forjado en mitad de las mentiras de un contrato, que se había convertido en la única verdad absoluta de mi vida.
—A veces pienso en el despacho de Arthur hace un año —murmuré, rozando su nariz con la mía, un gesto que se había vuelto nuestro código privado—. En lo loca que estaba por aceptar firmar ese papel contigo.
—Fue la mejor jugada de tu carrera —replicó él, y su mirada se volvió repentinamente oscura, densa, cargada de esa devoción que me ponía de rodillas—.
Pasé esas semanas mirándote en las ruedas de prensa, deseando que me miraras a mí y no a tus malditos folios de comunicación, y a pesar de ello solo me salía meterme contigo.
Pura frustración por no poder tenerte, supongo.
O eso creía. El contrato sirvió de excusa para meterte en mi territorio.
—Un territorio muy peligroso, Capitán.
—El único en el que vas a estar a salvo el resto de tu vida —sentenció, y su mano derecha subió para acunarme la mejilla, hundiéndose en mi pelo oscuro con una firmeza que me cortó la respiración—.
Ya no hay secretos entre nosotros, Olivia.
Ni cláusulas absurdas, ni estrategias para salvarle el culo a los inversores.
Solo tú y yo. En las buenas y en la prórroga.
—Te quiero, Sebastian —susurré contra sus labios, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi pecho.
—Te quiero, mi jefa. Mucho más de lo que permitían ninguna de tus dichosas directrices de prensa.
Su boca cayó sobre la mía con una presión caliente, hambrienta y profunda. Fue un beso pausado que sabía a mañanas tranquilas, a promesas cumplidas y a un futuro inmenso que, por fin, jugábamos bajo nuestras propias reglas, con el silbato final completamente olvidado al otro lado de la puerta.