Capítulo 29
Sebastian
Tener a Olivia Ward desnuda, desarmada y jadeando bajo mi cuerpo a las diez de la mañana era la mejor victoria de mi carrera, por encima de cualquier título.
Pero el despertador de su teléfono, implacable en la mesilla, rompió el hechizo.
Teníamos una cita en la ciudad deportiva en menos de dos horas.
—Everton, muévete —murmuró contra mi cuello y sin dejar de besarme, aunque sus manos seguían enredadas en mi pelo, contradiciendo sus propias palabras.
—Ni de coña, jefa. El entrenamiento no empieza hasta la tarde.
—El entrenamiento no, pero la reunión que le hemos pedido a Arthur sí. Y como lleguemos tarde por quedarnos en la cama, soy yo la que va a tener que redactar el acta de la bronca.
Solté una risa ronca, pero en lugar de apartarme, la atrapé por las muñecas, fijándolas sobre la almohada.
Sus ojos oscuros brillaron con esa mezcla de desafío y deseo que me volvía completamente loco.
Bajé la boca a la suya, devorándola con una lentitud deliberada, saboreando el rastro de la noche anterior.
Olivia arqueó la espalda con un gemido sordo cuando deslicé una de mis manos por su costado, apretando su cadera con fuerza, obligándola a sentir la presión de mi erección contra su muslo.
—Llegamos tarde, Sebastian... —jadeó, pero sus piernas ya se estaban abriendo de forma instintiva, enredándose alrededor de mi cintura.
—Que esperen —sentencié.
Me hundí en ella de un solo golpe, directo y profundo.
Olivia clavó las uñas en mis hombros mientras el ritmo se volvía urgente, un toma y daca salvaje que nos dejó sin aliento en cuestión de minutos.
Nos corrimos juntos, con el pecho pegado y los corazones desbocados, en un estallido caliente que borró por completo la rigidez de los últimos meses.
Una ducha rápida y cuarenta minutos después, aparcaba el coche en el parking de jugadores de la ciudad deportiva.
Habíamos pedido una reunión urgente con Arthur Pendleton antes de que se abrieran las puertas a la prensa. Al entrar en su despacho, el director deportivo nos recibió con el ceño fruncido, apoyado en su mesa de caoba mientras repasaba unos informes.
—Me alegra ver que te has recuperado de la paliza de Wembley, Sebastian —dijo Arthur, con su habitual tono seco de tipo de negocios—. Aunque no entiendo el motivo de esta reunión a tres bandas con Olivia. ¿Hay algún fleco que cerrar con todo este asunto?
Olivia dio un paso al frente, recuperando su impecable postura de ejecutiva, aunque yo sabía perfectamente que llevaba los labios sutilmente hinchados por mi culpa.
—Arthur, no va a haber ningún traslado a París —soltó ella, directa al grano, sin pestañear—. He decidido aceptar tu oferta como directora de comunicación.
—Eso es excelente —dio un rodeo a la mesa y la abrazó—. ¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?
—Mira, Arthur, siempre he querido quedarme. Pedí la renuncia porque el asunto este de la farsa me puso contra las cuerdas. Estaba muy agobiada porque, en realidad, nosotros, vamos, que Sebastián y yo estamos juntos. De verdad.
—¿Cómo dices? No puede ser. ¿En serio?
—Totalmente. Por eso necesitamos diseñar la estrategia de comunicación contigo antes de que nos pille alguien y la bola de nieve se haga incontrolable.
Arthur se quedó de piedra. Parpadeó dos veces, mirándome a mí y luego a ella, buscando el truco.
—¿Me estáis tomando el pelo? —Arthur se frotó las sienes, soltando un resoplido de pura frustración—.
Ya hemos anunciado vuestra ruptura por incompatibilidad de agendas.
Toda Inglaterra se ha tragado el drama. ¿Y ahora pretendéis que salgamos a decir que os habéis reconciliado por arte de magia?
Los medios nos van a despellejar vivos si huelen que ha habido gato encerrado.
—No se van a enterar de nada si lo vendemos bien —intervine, cruzándome de brazos—. No soy el primer futbolista que vuelve con su ex después de un bache.
Arthur se levantó, caminando de un lado a otro del despacho, sopesando las opciones como el tiburón financiero que era. Al final, se detuvo frente a nosotros con una sonrisa astuta.
—A ver, pensadlo fríamente —comenzó Arthur, entornando los ojos—.
La temporada acaba de terminar. El foco mediático va a bajar de intensidad durante el verano y lo único que va a importar de aquí a un mes son los fichajes del mercado.
No podemos lanzar un comunicado de «aquí no ha pasado nada» mañana mismo. Es demasiado brusco.
—¿Qué propones entonces? —preguntó Olivia, analizando su lenguaje corporal.
—Un viaje, como os aconsejé hace días, pero en vez de volver con una ruptura, lo hacéis con una reconciliación —sentenció Arthur, señalándonos con el bolígrafo—.
Desapareced. Marchaos lejos de Londres, a un sitio donde los paparazis os puedan «cazar» por sorpresa en una actitud cómplice.
Dejad que los medios especulen con una segunda oportunidad durante las vacaciones.
Cuando empiece la pretemporada en julio, volvéis a entrar por esa puerta de la mano.
Venderemos la reconciliación como el triunfo del amor tras la presión de la liga.
Limpio, orgánico y sin levantar sospechas sobre la directiva.
Miré a Olivia. Su mente brillante ya estaba encajando las piezas de la estrategia. Era una jugada maestra. Nos daba el verano entero para nosotros, sin filtros, mientras la prensa hacía el trabajo sucio por nosotros.
—Me parece perfecto —dijo Olivia, mirando a Arthur con una sonrisa profesional—. Prepararé el terreno con un par de filtraciones sutiles a nuestros contactos de confianza antes de que terminen las vacaciones.
—Bien —Arthur suspiró, visiblemente aliviado—. Ahora marchaos antes de que algún directivo os vea juntos en el pasillo. Sebastian, descansa. Te quiero al cien por cien para la pretemporada.
Salimos del despacho con el plan cerrado. Al llegar al coche, la atraje por la cintura contra la puerta del copiloto, robándole un beso rápido que la hizo sonreír.
—¿Así que un viaje, Ward? —le murmuré al oído—. Ve preparando la maleta. Esta vez no vas a necesitar llevar el ordenador del club.