La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Olivia

La luz del lunes por la mañana no entró en el dormitorio principal con la urgencia gris de las oficinas del club, ni con el destello agresivo de los flashes de la prensa.

Entró de puntillas, como una claridad limpia y perezosa que se filtraba entre las lamas de las persianas venecianas, dibujando líneas de polvo dorado sobre las sábanas de lino completamente deshechas.

Me removí despacio, sentía el cuerpo extrañamente pesado y, a la vez, una calidez que me envolvía la piel como una segunda armadura.

No hacía frío. Era imposible pasarlo cuando el brazo derecho de Sebastian cruzaba mi cintura como una barra de hierro, manteniéndome firmemente anclada contra su costado.

Su pecho, fibroso y desnudo, subía y bajaba contra mi espalda con una respiración profunda, lenta, acompasada.

Olía a sábanas limpias, al rastro de mi propio perfume y a ese aroma a sándalo y piel caliente que ahora, por primera vez en tres meses, no tenía que fingir que me pertenecía.

Me quedé quieta unos minutos, con los ojos abiertos en la penumbra, asimilando el cambio de escenario.

El colchón ya no era la trinchera que fue en casa de su madre.

La famosa «línea de la colcha» había desaparecido bajo el peso de una noche en la que nos habíamos cobrado cada segundo de silencio, cada mirada de reojo en la cocina y cada amago de control.

Giré la cabeza milimétricamente sobre la almohada para mirarlo de perfil.

Sin el ceño fruncido que solía poner ante los árbitros, sin la tensión salvaje de la final de Wembley y sin esa fachada de tipo duro e inaccesible que le plantaba a los medios británicos, Sebastian parecía casi pacífico.

Tenía el pelo castaño completamente alborotado sobre la frente y la sombra de la barba de tres días marcándole la línea dura de la mandíbula.

Bajé la vista hacia su hombro, donde un pequeño hematoma morado delataba la dureza de los choques del partido de ayer.

¿O quizá se lo hice yo? Difícil saberlo.

Estiré una mano con una lentitud tortuosa, conteniendo el aliento, y deslicé la yema del dedo índice por la cicatriz sutil que tenía justo encima de su ceja izquierda.

De pronto, los ojos grises de Sebastian se abrieron de golpe.

No tenía la mirada neblinosa de quien acaba de despertar; me clavó una fijeza directa, ardiente, como si llevara un rato largo despierto, esperando a ver cuánto tardaba en romper la distancia desde la que lo observaba.

Una sonrisa perezosa, sutilmente canalla, se dibujó en la comisura de sus labios.

—Buenos días, jefa —su voz sonó tan ronca, baja y agrietada por el cansancio que me erizó la piel del cuello de una forma deliciosamente íntima.

El brazo que tenía en mi cintura se apretó de golpe, dándome un tirón firme que me arrastró hacia arriba por el colchón hasta que mi barbilla rozó la suya. Su pierna derecha, pesada y musculosa, se coló entre las mías, atrapándome por completo bajo su peso.

—Son las diez de la mañana —susurró, acercando su boca a mi oído, rozándome el lóbulo con los labios—. Tu equipo de prensa ya debería estar enviándote el informe de impacto de la fiesta de ayer. ¿No vas a revisar si algún fotógrafo nos cazó contra la pared del reservado?

Solté una risa floja, y escondí el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su olor. Sentir su piel desnuda contra la mía a plena luz del día era una sensación tan abrumadora que me costaba mantener el hilo de mis propios pensamientos.

—Que les jodan a los informes, Sebastian —dije, usando su propio vocabulario por primera vez desde que llegué a Londres, lo que le provocó una carcajada sorda que le vibró en todo el pecho—.

Creo que es el primer lunes de mi vida en el que no me importa lo que diga la primera página del Sun . Que escriban lo que quieran.

—Vaya. La estricta y perfecta Olivia Ward saltándose sus propias directrices de comunicación.

Esto sí que merece un teletipo de última hora —se mofó, inclinando la cabeza para besarme el hombro, donde dejó un rastro de besos lentos, húmedos y pausados que me hicieron arquear la espalda instintivamente bajo la sábana.

Sus manos, grandes y rudas, subieron por mis costados y delinearon mi cintura con una lentitud que me cortó la respiración—.

¿Qué se supone que hacemos ahora entonces?

Me quedé muda un segundo, con los dedos clavados en sus hombros, disfrutando  del sutil cambio de ritmo en sus caricias.

La farsa legal había terminado en el minuto noventa en Wembley, pero el vacío que venía después seguía dándome un vértigo espantoso.

Christian sabía la verdad. Arthur creía que estábamos en proceso de separación.

Toda Inglaterra pensaba que el Muro del Kingsford estaba lamiéndose las heridas por un desamor real.

—Hay que hablar con Arthur, Sebastian —susurré, intentando inyectar un gramo de realismo en la habitación, aunque el roce de su pulgar en mi pezón me lo ponía imposible—.

Mañana tenemos que ir a la ciudad deportiva.

No podemos entrar de la mano como si nada después del comunicado que lanzamos el lunes pasado.

La prensa va a pensar que nos estamos riendo de ellos, o peor, que es una estrategia para no hablar de otros temas.

Aunque se abre el mercado y les importará más hablar de los nuevos fichajes…

—Sssst. No hables de eso ahora.

Sebastian dejó de besarme el cuello. Se incorporó sutilmente sobre un codo, y se quedó por encima de mí, bloqueando la luz dorada que entraba por la ventana.

Su mirada gris se volvió repentinamente seria, desprovista de cualquier rastro de burla.

Tenía esa fijeza oscura y densa que usaba cuando iba a tomar una decisión irrevocable en el campo.

—Escúchame bien, Olivia —dijo, y su mano derecha subió para acunarme la mejilla, hundiéndose en mi pelo oscuro con una firmeza que me obligó a sostenerle la mirada—.

Llevo tres meses jugando a las casitas contigo por culpa de un fajo de folios firmados.

He aguantado que mi madre te cuestionara, que mi hermano te tirara los tejos en mi propio sofá y que tú me pusieras una línea divisoria en mitad de la cama como si fuera un delincuente.

Todo para no romper las putas reglas de tu departamento.

Hizo una pausa, bajó la vista hacia mis labios un segundo antes de volver a mirarme a los ojos. Su respiración se había vuelto más pesada.

—Pero el partido de ayer lo gané yo solo.

Sin contratos. Y la farsa se ha acabado.

Si vuelvo a entrar a esa sala de prensa, no va a ser para leer un borrador que tú hayas redactado para salvarle el culo a la junta directiva que se baja los pantalones para los inversores.

Si me planto delante de esos micrófonos el martes, va a ser para decirles que la jefa de prensa no se vuelve a París.

Que se queda en mi casa, en mi cama y conmigo.

De verdad. No me importa una mierda lo que tengáis que inventaros en el departamento de comunicación para justificarlo.

Sentí un impacto dulce y violento en mitad del pecho. No había guion, no había cláusulas de rescisión que nos protegieran de la exposición mediática, pero la forma en que Sebastian me miraba, como si fuera el único trofeo que de verdad le importaba conservar, me quitó el último rastro de miedo.

—Está bien —cedí, con una sonrisa sutil que me nació del fondo del alma.

Subí las manos por su pecho musculoso, enredando los dedos detrás de su nuca y tirando de él hacia abajo—.

Pero si vas a dar esa declaración, Capitán.

.. vas a tener que dejar que te dé algunas instrucciones antes de salir.

No quiero que piensen que te has vuelto blando.

—A estas alturas, Ward, todo el mundo sabe perfectamente que haces conmigo lo que te da la puta gana —sentenció contra mis labios.

Su boca cayó sobre la mía con una presión caliente, profunda, que borró el resto de las palabras.

Sus manos abandonaron mi cintura para deslizarse por debajo de mi espalda, y levantarme sutilmente contra su cuerpo, eliminando cualquier rastro de aire entre los dos.

Las sábanas de lino volvieron a agitarse en mitad del silencio del ático de Chelsea, y la realidad de la Premier League, con sus ruedas de prensa, sus fotógrafos y sus títulos, se quedó esperando al otro lado de la puerta trasera durante el resto de la mañana.