Capítulo 27
Sebastián
El trayecto de vuelta en el Aston Martin fue el reverso exacto del último viaje que hicimos juntos.
No hubo silencios de hielo, ni pantallas de móvil parpadeando con comunicados de prensa, ni una imagen falsa que sostener frente a los semáforos de Londres.
Olivia iba sentada a mi izquierda, con la espalda apoyada en el asiento de cuero, mirándome de reojo mientras yo conducía por las calles vacías de Chelsea con una sola mano en el volante.
La otra la tenía entrelazada con la suya sobre la palanca de cambios, apretándola con una fuerza constante, como si temiera que, si la soltaba un solo segundo, volvería a desvanecerse en un piso de alquiler en Notting Hill.
Cuando entramos al ático, el sonido del pestillo de la puerta blindada al cerrarse ya no sonó como una frontera. Sonó como un veredicto.
Dejamos las llaves sobre la consola del recibidor en mitad de la penumbra.
Las luces de la ciudad entraban de perfil por los enormes ventanales del salón, dibujando líneas de color azul y plata sobre el suelo de parqué oscuro.
Olivia dio un par de pasos hacia el centro de la estancia, descalza, balanceando sus zapatos de tacón en una mano y mirando a su alrededor con una timidez que jamás le había visto en los despachos.
La jefa de prensa implacable se había quedado en los despachos del club.
En cambio, la mujer que tenía delante parecía abrumada por la repentina inmensidad de la realidad.
Me acerqué a ella despacio, quitándome la chaqueta del esmoquin por el camino y dejándola caer sobre el respaldo del sofá sin apartar los ojos de su espalda.
—Has vuelto a dejar la tablet en el coche, jefa. —Me sorprendí al escuchar mi propia voz más grave y rota de lo normal en mitad del silencio absoluto del piso.
Olivia se giró despacio. Tenía las mejillas sutilmente encendidas y los ojos marrones muy abiertos, fijos en mí. Dejó los zapatos en el suelo con un golpe sordo y se cruzó de brazos, un gesto defensivo que ya no me servía de nada.
—Ya no hay comunicados que repasar, Sebastian, ni publicaciones en redes que revisar —susurró, y un sutil temblor en su voz delató la electricidad que seguía corriendo entre los dos—. Mañana es lunes y no tengo ninguna crisis que reparar.
—Me importa una mierda el lunes —contesté, acortando los últimos pasos hasta quedar a un milímetro de ella.
Estiré el brazo y me quité la medalla de la Copa de la Liga del cuello, dejándola caer sobre la mesa de cristal con un tintineo metálico que pareció romper el último rastro de tensión en el ambiente.
Luego, mis manos subieron directas a su cintura.
La tela de su vestido negro era fina, suave, pero el calor que desprendía su piel debajo me quemó las palmas de las manos.
La atraje hacia mí con una lentitud deliberada, tortuosa, disfrutando del roce de sus costillas contra mi pecho.
Olivia soltó un suspiro largo, de rendición, y apoyó la frente contra mi hombro, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello.
Subió las manos por mi espalda, hundiéndose bajo la tela de mi camisa, y sentí la presión de sus uñas clavándose sutilmente en mis músculos. Un escalofrío me recorrió la columna.
—Tengo miedo, Sebastian —confesó contra mi piel, con una honestidad descarnada que me atravesó el pecho—.
No sé cómo hacer esto. Llevo tres meses programando cada uno de tus movimientos, calculando cada palabra, cada sonrisa para los fotógrafos.
.. No sé cómo ser... esto. Sin un guion. Sin un papel lleno de límites.
Le aparté un mechón de pelo oscuro de la cara, obligándola a levantar la cabeza para que me mirara. En la penumbra del salón, sus ojos brillaban con una vulnerabilidad que me pareció mil veces más hermosa que cualquier portada de revista que hubiéramos diseñado.
—No te hace falta ningún guion, jefa —susurré, bajando la cabeza hasta que mis labios rozaron la comisura de los suyos—. Solo tienes que quedarte aquí, en el mismo lado de la línea.
Mi boca cayó sobre la suya, pero esta vez no hubo la urgencia salvaje del reservado de Mayfair, ni la desesperación de Múnich.
Fue un beso lento, profundo, casi solemne.
La saboreé con paciencia, delineando sus labios con la punta de la lengua, sintiendo cómo ella se abría de inmediato, soltando un gemido susurrado que me retumbó en el pecho.
Sus manos migraron hacia mi nuca, enredándose en mi pelo, tirando de mí hacia abajo con una necesidad que ya no tenía nada que ver con los negocios.
La levanté en vilo sin romper el beso. Olivia rodeó mi cintura con sus piernas instintivamente, aferrándose a mis hombros mientras la llevaba por el pasillo hacia el dormitorio principal. El suelo de la habitación de invitados se iba a quedar frío esta noche.
La deposité sobre las sábanas de lino de mi cama con una delicadeza que no sabía que poseía.
Me coloqué encima de ella, apoyando mi peso en los antebrazos para no aplastarla, mirándola desde arriba en la penumbra del cuarto.
El vestido negro se le había subido por los muslos, y la silueta de su cuerpo recortada contra el colchón era un escándalo que me nubló el juicio por completo.
—Esta es mi cama —le recordé con una sonrisa sutil, rozando su nariz con la mía—. Y aquí no hay espacio para que te pegues al borde.
Olivia soltó una risa bajita, una melodía suave que me quitó de golpe todo el cansancio de la final de Wembley. Estiró los brazos, me agarró por el cuello de la camisa y me tiró hacia ella, eliminando la última distancia física que nos quedaba en el mundo.
—Cállate y cruza la línea de una vez, Everton —sentenció contra mis labios.
Y por primera vez en tres meses, obedecí sus órdenes sin rechistar.
Poder cruzar esa línea fue un subidón de adrenalina mezclado con el miedo de la primera vez con alguien que quieres que sea especial.
Mis labios buscaron los suyos con el hambre atrasada de quien lleva demasiados días muriéndose de sed en mitad del desierto.
Olivia ahogó un gemido contra mi boca cuando mi peso la obligó a hundirse en el colchón.
Ella enredó sus dedos en mi pelo con una urgencia salvaje, desesperada, tirando de mí como si temiera que todo esto fuera otro espejismo mediático.
—Seb... —susurró entre mis labios cuando bajé los besos por su mandíbula, buscando la piel sensible de su cuello.
El sonido de mi nombre en su voz, desprovisto de esa frialdad profesional que usaba de cara a la galería, me prendió fuego por dentro.
Le quité el vestido con torpeza, mandando al demonio mi habitual control.
Quería tocarla. Necesitaba memorizar cada centímetro de su piel sin el filtro de la ropa, sin las cámaras del estadio, sin los contratos de por medio.
Cuando mis manos recorrieron sus costados, Olivia arqueó la espalda, buscando activamente mi contacto con su pelvis.
Ya no quedaba rastro de la farsa. Noté cómo sus uñas se clavaron en mis hombros, recordándome exactamente dónde estaba, obligándome a mirarla.
Sus ojos oscuros estaban empañados por el deseo, pero me sostenían la mirada con un desafío ardiente.
Incluso vulnerable, seguía siendo mi jefa.
—No te atrevas a contenerte, Sebastian —jadeó, con la respiración entrecortada mientras bajaba la mirada por su cuerpo. El conjunto de lencería negro casi transparente me dejó mudo—. Ya no estamos fingiendo.
—Créeme, Oli —murmuré, mientras atrapaba sus muñecas sobre la almohada y entrelazaba mis dedos con los suyos, sintiendo el latido desbocado de su pulso contra el mío—. Llevo tres meses deseando hacerte mía de verdad. Y esta noche no hay un silbato que pare el partido.
Me deshice del resto de mi ropa en dos movimientos torpes, incapaz de apartar los ojos de ella ni un segundo.
Llevé las manos a los lados de su cuello y con suavidad recorrí sus contornos hasta llegar al sujetador, lo desabroché sin dejar de mirar cada centímetro de su piel que quedaba al descubierto.
Le besé los pezones mientras bajaba las manos hacia el tanga, que también bajé despacio, recreándome en la perfección de su cuerpo como quien abre un regalo que desea tanto que prefiere desvelarlo con calma.
Me arrodillé para sacar la prenda por sus pies y la tiré lejos.
Cuando volví a colocarme entre sus piernas, el contacto directo de nuestra piel desnuda me hizo soltar un taco entre dientes.
Olivia estaba encendida, temblando bajo mi cuerpo, y esa vulnerabilidad tan impropia de ella me volvió completamente loco.
Bajé una de mis manos hasta sus muslos, abriéndolos más, obligándola a rodear mi cintura con sus piernas mientras mis dedos buscaban la humedad ardiente entre sus piernas.
Olivia soltó un grito ahogado, arqueando la espalda por completo cuando la acaricié con firmeza.
Estaba empapada, lista para mí, devorándome con la mirada mientras su respiración se volvía un jadeo errático.
—Eres preciosa.
—Seb, por favor... ya —suplicó, clavándome las uñas en la espalda, perdiendo por fin esa maldita compostura que me había tenido en vilo tanto tiempo.
—¿Puedes aguantar un poco? Quiero probarte antes y que te corras en mi mano.
Un brillo en los ojos fue el permiso que necesitaba para volver a agacharme hacia su centro después de darle en la boca un beso profundo y exigente.
Acaricié su piel sedosa, húmeda y cálida con un dedo.
Ella temblaba de anticipación. Lo introduje en ella, luego el otro, y su jadeo fue como música para mí.
Le abrí más las piernas y metí mi cabeza entre ellas.
Saboreé sus pliegues con la lengua, lamí, mordí y besé su sexo mientras ella emitía pequeños gruñidos de placer que se unían a los míos.
Parecíamos dos animales a punto de saltar uno sobre otro.
Me centré en su clítoris, que chupé a la vez que movía los dedos en su interior.
Olivia gritó, se agarró con fuerza a las sábanas y movía la pelvis, que tuve que agarrar para que no me golpeara.
El orgasmo la atravesó como un rayo que la dejó hundida en el colchón.
—Joder, esto ha sido animal —consiguió decir entre jadeos.
—Esto no es nada, preciosa. Acabamos de empezar. ¿Quieres más?
—Lo quiero todo, Seb, todo.
No la hice esperar más. Agarré sus caderas con fuerza, hundiéndome en ella de un solo golpe limpio y profundo.
El pasillo de la ciudad deportiva, los contratos y las cláusulas se borraron de mi mente en un microsegundo.
Olivia se aferró a mi cuello soltando un gemido agudo, rompiéndose en mis brazos mientras su cuerpo se tensaba, amoldándose a mí a la perfección.
Empecé a moverme con un ritmo salvaje, implacable, golpeando su fondo con embestidas duras que la hacían jadear mi nombre una y otra vez contra mi oído.
Cada vez que me hundía en ella, sus músculos internos me apretaban con una fuerza que me arrastraba directo al límite.
Su fricción era pura gloria. La cama crujía contra la pared con cada impacto, pero a ninguno de los dos nos importaba.
Olivia se movía conmigo, buscando más, elevando las caderas para recibirme por completo, entregada a un ritmo frenético que amenazaba con hacernos estallar a los dos.
—Mírame, Olivia —le exigí con voz ronca, acelerando las embestidas, sintiendo cómo el clímax nos pisaba los talones—. Mírame.
Ella abrió los ojos, empañados de puro placer, justo cuando sus espasmos empezaron a rodearme, estrangulándome por dentro. Ese fue mi fin. Con un último empuje profundo, me corrí dentro de ella con un gemido sordo, mientras Olivia temblaba entera bajo mi peso, atrapada en su propio orgasmo.