Capítulo 26
Olivia
Ver a Sebastian cruzar la pista de baile del local de Mayfair fue como ver a un tren de mercancías avanzar directo hacia mí sin ninguna intención de desviarse.
La música de los altavoces, a un ritmo de electrónica pesado, oscuro y constante que hacía vibrar el suelo de madera del reservado, pareció desvanecerse en un pitido sordo.
Los jugadores que bailaban a su alrededor con las corbatas desanudadas, las luces estroboscópicas rojas que le cortaban las facciones marcando la línea dura de su mandíbula, y los gritos de celebración de la plantilla se convirtieron en un borrón difuso de fondo.
Solo existía él. Caminaba con una seguridad implacable, con la camisa negra desabrochada casi hasta el esternón, la medalla de oro de campeón balanceándose contra su pecho y esos ojos grises fijos en los míos con una fijeza tan salvaje que me obligó a dar un paso atrás de forma instintiva.
Mis talones chocaron contra el tapizado de terciopelo acolchado de la entrada. Estaba acorralada antes de que él siquiera llegara a mi altura.
Apreté la tablet de prensa contra mi estómago con tanta fuerza que sentí el crujido de su funda doblándose bajo mis dedos.
«Mantén la compostura, Olivia. Respira. Eres la próxima directora de comunicación, esto es solo una crisis más», me repetí mentalmente en un intento desesperado por activar mis mecanismos de defensa.
Pero mi estructura profesional estaba en ruinas.
El beso del Allianz Arena, la angustia asfixiante de verlo fallar en el campo contra el West Ham y la descarga de adrenalina pura al verlo volar por encima de la defensa del Tottenham en Wembley habían terminado de dinamitar mis defensas.
Estaba desnuda frente a él, desprovista de cualquier farsa.
Sebastian se plantó frente a mí en tres zancadas largas.
No se detuvo a una distancia de cortesía; acortó el espacio hasta que el encaje de mi vestido negro rozó la tela de su camisa.
Su olor a sándalo, mezclado con el aroma amargo del whisky y la humedad de la lluvia de Londres, me invadió las fosas nasales, nublándome el juicio en un milisegundo.
Estaba encendido, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo acelerado y una energía desbordante que parecía irradiar calor directo hacia mi piel.
—¿Qué haces aquí, Ward? —su voz sonó más ronca y baja de lo habitual, una vibración tan profunda que la sentí físicamente en el vientre.
—Mi... mi trabajo, Sebastian —conseguí articular, aunque la voz me salió sutilmente rota, perdiendo toda la autoridad que solía tener en las salas de prensa—.
Arthur me pidió personalmente que supervisara el acceso de los fotógrafos en la entrada del reservado.
Mañana las portadas tienen que ser limpias, solo deporte.
No queremos filtraciones de la fiesta que estropeen el impacto de la copa.
Sebastian soltó una risa baja, sorda, una exhalación cargada de pura incredulidad que me rozó la frente.
Levantó la mano derecha y, con un movimiento tortuosamente lento pero implacable, me quitó la tablet de los brazos de la misma forma que lo había hecho en el vestuario de la ciudad deportiva.
La dejó caer sobre una mesa alta contigua sin desviar sus ojos grises de los míos ni una fracción de segundo. Me había desarmado de mi último escudo.
—El acuerdo falso de lo nuestro se ha terminado, Olivia.
Expiró en cuanto el árbitro pitó el final en Wembley —dijo, dando un paso más, obligándome a pegarme por completo contra la pared.
Apoyó ambas palmas sobre el terciopelo, una a cada lado de mi cabeza, bloqueando cualquier línea de escape con sus brazos musculados—.
Ya no hay cláusulas de rescisión. Ya no hay directrices de Arthur.
Ya no tengo que fingir que soy el capitán reformado delante de mis padres, ni tú tienes que inventarte excusas de trabajo para salvarme el cuello.
Estamos solos. Así que mírame a la cara y dime de una puta vez qué haces aquí.
Tragué saliva con dificultad. Mis ojos bajaron instintivamente hacia la base de su cuello, donde la medalla de oro descansaba sobre su piel bronceada, antes de volver a subir hacia su mirada. Me temblaban las manos, y tuve que entrelazar los dedos detrás de la espalda para que no se notara.
—No podía quedarme en el piso de Notting Hill, Sebastian —confesé, y al soltar esas palabras sentí cómo la máscara de frialdad francesa se caía y se hacía añicos en el suelo del local—.
Pasé el partido entero en el palco de autoridades con el corazón en la garganta.
Te vi fallar el miércoles, vi cómo le pegabas aquel golpe al banquillo y.
.. me sentí morir. Pensé que te había destrozado la temporada.
Pensé que el comunicado de mierda que redacté, que obligarte a salir de mi vida antes de tiempo para salvar las malditas acciones del club, te había quitado el foco.
No podía soportar la idea de ser la culpable de tu caída.
La mirada de Sebastian se suavizó sutilmente, perdiendo esa dureza furiosa, pero ganando una densidad oscura que me aceleró el pulso todavía más. Su rostro se inclinó unos centímetros hacia el mío, lo suficiente para que su aliento me rozara los labios.
—¿De verdad piensas que jugué mal contra el West Ham por un texto impreso publicado en una red social, nena?
Eres demasiado inteligente para creerte esa patraña —susurró, y su tono rozaba una ternura salvaje que me descolocó por completo—.
Jugué como el culo porque cuando volví al ático el domingo por la noche tu maleta ya no estaba en el pasillo.
Jugué mal porque llevo una semana entrando en la cocina a oscuras de madrugada sabiendo que no vas a estar allí para insultar mis hábitos de cena o decirme que me mantenga en mi línea de la cama, y porque era consciente de que no volvería a tomarme un café al despertar a tu lado.
He ganado este maldito partido hoy porque era la única forma de sacar toda esa rabia contenida y, de paso, obligarte a venir a esta fiesta.
Sabía que no te perderías los informes de prensa de una final.
—Sebastian, esto no es profesional... —intenté protestar, en un último y patético destello de cordura.
—Al carajo lo profesional —sentenció él.
Su mano derecha se despegó de la pared y subió por mi cuello, despacio, con los dedos ásperos rozando la piel de mi garganta hasta acunar mi mejilla.
Su pulgar, cálido y firme, acarició mi pómulo, obligándome a inclinar sutilmente la cabeza hacia atrás.
Su tacto me quemaba. Sentí el impulso de la música retumbar en mis costillas, sintonizándose de forma perfecta con el ritmo desbocado de mi corazón.
Toda la contención de la última semana, las noches en vela en Notting Hill y el miedo absurdo a perder mi reputación se disolvieron bajo la presión de sus dedos.
—No vas a coger ningún avión de vuelta a París, Olivia —No era una pregunta, era una orden cargada de una súplica implícita que me derritió por dentro—. Dime que te importa una mierda lo que diga la gente. Dime que tienes el mismo miedo que yo de que esto se acabe.
Miré sus labios, a solo un milímetro de los míos, y comprendí que el verdadero peligro nunca había sido la prensa, ni los inversores, ni las mentiras de Chloe Hubber. El peligro siempre había sido este imán que nos unía desde la primera noche en Chelsea.
—No voy a volver a París. Arthur me ha propuesto ser directora de comunicación —susurré, rindiéndome por completo.
Mis manos salieron de detrás de mi espalda y se aferraron a las solapas de su camisa negra, arrugando la tela con fuerza—.
Me quedo en Londres, Seb. Contigo. Al carajo los demás. He venido a decirtelo.
Sebastian no esperó a que terminara la frase. Su boca cayó sobre la mía con un hambre, una posesividad y una furia contenida que me hicieron soltar un gemido ahogado que se perdió directo en su garganta.
Este beso no tenía nada que ver con los anteriores.
No había cámaras escondidas detrás de los setos de Berkshire, ni periodistas británicos apuntando con micrófonos en los pasillos de Alemania, ni una farsa que sostener ante la directiva.
Era un impacto limpio, profundo, desesperadamente real.
Sus labios presionaron los míos con una fuerza arrolladora, abriéndolos con exigencia, saboreando el whisky y la victoria mientras me devolvía cada segundo de la frustración de estos tres meses de mentiras.
Me empujó con más firmeza contra la pared acolchada, pegando sus caderas a las mías de tal forma que pude sentir la dureza de sus músculos y el latido desbocado de su corazón contra mi pecho.
Su otra mano bajó por mi costado, deslizándose por la seda de mi vestido negro hasta aferrarse a mi cintura con una fuerza casi dolorosa, levantándome sutilmente del suelo para pegarme más a su cuerpo, como si quisiera fusionarme con él para asegurarse de que no volvería a desaparecer a la mañana siguiente.
Yo correspondí con la misma urgencia salvaje.
Separé los dedos de su camisa y los hundí en su pelo castaño, sutilmente húmedo, tirando de él para pegar su boca aún más a la mía.
Le abrí el paso, entregándome por completo a la tormenta que habíamos desatado en mitad del reservado de Mayfair.
La música seguía tronando a nuestro alrededor y el confeti invisible de la victoria seguía cayendo, pero para cuando nos separamos un milímetro para respirar, con los labios encendidos y las miradas nubladas, supimos que la farsa había muerto definitivamente para dar paso a algo mucho más peligroso: la realidad.