Capítulo 25
Sebastián
El domingo de la final llegó con el cielo gris de Londres desplomándose sobre Wembley y una presión que me aplastaba el pecho como un bloque de hormigón.
El túnel de vestuarios era una puta olla a presión.
Noventa mil personas rugían al otro lado del muro, el suelo vibraba bajo mis tacos de aluminio y el olor a reflex, sudor y césped mojado se me metía por la nariz, pero yo tenía los sentidos completamente anestesiados.
Me estaba abrochando las botas en el banquillo de madera, con la mandíbula tan apretada que sentía los dientes a punto de estallar.
El míster pasó a mi lado, se detuvo un segundo y me clavó una mirada severa, de esas que no necesitaban palabras: o respondía en el campo como el capitán que se suponía que era, o mi carrera y mi capitanía se hundían hoy mismo en el fango de los rumores malintencionados.
Tenía a toda la prensa inglesa esperando mi fracaso, los rumores de mi «depresión por la ruptura» quemándome las orejas y el vestuario sumido en un silencio sepulcral que solo se rompía por el crujido de las espinilleras.
Salí al césped liderando la fila, con el brazalete apretado en el brazo izquierdo, e instintivamente cometí el error de siempre: levantar la vista hacia el palco de autoridades.
Busqué entre la multitud VIP una melena oscura, unos ojos marrones implacables y un traje de sastre que me pusiera firme con solo una mirada.
No la vi. No estaba allí. O si estaba, se había escondido muy bien detrás de su maldito escudo de relaciones públicas.
—¡Céntrate, Everton! ¡Céntrate, joder! —me grité a mí mismo, dándome dos bofetadas con furia en las mejillas y golpeándome el pecho justo cuando el árbitro hizo sonar el silbato.
Los primeros cuarenta y cinco minutos contra el Tottenham fueron una auténtica carnicería psicológica.
Iba un segundo tarde a cada cobertura, con las piernas pesadas y la cabeza flotando a kilómetros de distancia, atrapada en el recuerdo del piso vacío de Chelsea y en el olor frutal de su champú que ella había dejado flotando en mi almohada.
En el minuto treinta, cometí un error imperdonable: quise dar un pase corto hacia Nelson de Sousa, pero el balón se me quedó blando en el césped mojado.
El delantero rival interceptó el pase y armó una contra letal que casi termina en gol si no llega a ser por una estirada milagrosa de nuestro portero.
El rugido de desaprobación de la grada de Wembley y los silbidos de los jugadores contrarios me devolvieron el pulso a la fuerza. Desde la banda, el míster me gritó de todo menos guapo, recordándome que tenía el banquillo preparado para mí en el descanso.
Cuando entramos al vestuario en el entretiempo, con el marcador a cero, me miré al espejo del baño.
Tenía los ojos grises inyectados en sangre, el pelo chorreando agua de lluvia y el pecho jadeando.
Estaba haciendo el ridículo más espantoso de mi vida por culpa de una farsa.
Por culpa de una mujer que prefería su maldito orgullo profesional, su contrato de mierda y sus directrices corporativas a quedarse conmigo en mi cama y en mi vida.
Estaba perdiendo el norte por alguien que probablemente ya estaba sacando su billete de vuelta a París y a quien no le importaba en absoluto.
Para ella solo fui un trabajo más y tenía que asumirlo cuanto antes para no mandar mi vida, por la que llevaba luchando desde los dieciséis años, a la mierda.
«Si vas a perderla a ella, Everton, al menos no pierdas la puta copa», me prometí a mí mismo, sintiendo cómo una rabia negra y pura me sustituía la sangre.
Salí al segundo tiempo con los colmillos fuera.
El Muro del Kingsford volvió a levantarse, pero esta vez con una agresividad salvaje.
Empecé a morder en cada jugada. Corté tres avances peligrosos por pura anticipación, fui al cruce con una violencia milimétrica que levantaba trozos de césped y le pegué un grito a Mason que lo puso a correr como si le fuera la vida en ello.
Volví a ser el puto dueño del campo, el capitán que mis compañeros conocían y esperaban.
La apoteosis llegó en el minuto ochenta y ocho, con las piernas ardiéndome por el esfuerzo y el marcador todavía encallado en el empate.
Forzamos un córner a favor. Miré a de Sousa y le hice una seña con la cabeza.
Subí al área rival como un tren de mercancías sin frenos.
Cuando Nelson puso el balón tenso al primer palo, me impulsé con todo lo que me quedaba en los pulmones, elevándome por encima de los dos centrales del Tottenham.
Conecté un testarazo implacable, con toda la frustración y el deseo reprimido de las últimas semanas metido en la frente, y reventé la red por la escuadra.
Fue la rabia acumulada la que golpeó ese balón.
Wembley se vino abajo. El fondo que ocupaban los seguidores del Kingsford estalló en un maremágnum de camisetas negras.
Corrí hacia el banderín de córner, me quité la camiseta de un tirón, lanzándola al suelo, y rugí hacia el cielo gris de Londres con las venas del cuello a punto de estallar, justo antes de que toda la plantilla se me tirara encima, sepultándome en una piña de abrazos, gritos y barro.
El pitido final decretó que éramos campeones de la Copa.
Durante la entrega del trofeo, la euforia me inundaba de forma mecánica.
Levanté la copa color plata bajo la lluvia de confeti dorado, mordí la medalla frente a las cámaras y dejé que el míster me diera un abrazo llorando mientras me agradecía haberle salvado el puesto por segunda vez en un mes.
Pero la puta sensación de vacío seguía ahí, intacta, instalada en el centro de mi pecho como un parásito.
Volvimos a Londres en el autobús oficial, con la música a todo volumen, botellas de champán rodando por el suelo y los chicos cantando, borrachos de alegría. Fuimos directos a la fiesta privada que el club había organizado para celebrar el título en un exclusivo local de Mayfair cerrado al público.
El sitio era un espectáculo de luces de neón rojas, humo y zonas VIP blindadas para la plantilla.
La música retumbaba en las paredes y las parejas de mis compañeros ya bailaban en la pista con ellos, celebrando la victoria por todo lo alto.
Yo, sin embargo, me quedé apoyado en la barra de mármol del fondo, todavía con la medalla de campeón colgando del cuello sobre mi camisa negra, desabrochada en los primeros botones.
Tenía un vaso de whisky en la mano derecha y la mirada perdida, ignorando olímpicamente las insinuaciones y las miradas de un par de modelos amigas de Mason que intentaban llamar mi atención desde los sofás.
No me importaba una mierda la fiesta. Solo quería emborracharme hasta borrar su cara de mi cabeza.
En ese momento, la puerta de acceso VIP se abrió de golpe, custodiada por los guardias de seguridad, y Olivia entró al local.
Me quedé helado, con el vaso a medio camino de los labios.
No llevaba la ropa sexy de la cena del Savoy, que sé que se puso para mortificarme, pero estaba mil veces más atractiva e insultante.
Vestía un vestido negro corto, sencillo, ajustado a sus curvas de una forma que me hizo tragar saliva con dificultad, y mantenía su eterna tablet de prensa pegada al brazo, como si el local de Mayfair fuera una extensión de su oficina.
Tenía el pelo sutilmente húmedo por la lluvia de fuera y esa mirada profesional, fría y distante, que intentaba camuflar el cansancio y la tensión que sé que llevaba arrastrando toda la semana. No fueron días fáciles para ninguno.
Nos miramos a través de la sala saturada de música y luces de neón.
El suspense entre los dos se volvió una cuerda tensada al límite, una corriente eléctrica que congeló el ambiente a nuestro alrededor.
Ella se detuvo en seco al verme en la barra, y sus ojos marrones bajaron un segundo hacia mi pecho descubierto, luego hacia la medalla, y finalmente regresaron a los míos con una intensidad que me prendió fuego por dentro.
Dejé el vaso de whisky sobre la barra con un golpe seco que ni escuché. Ignoré a Mason y a Ethan, que en ese momento se acercaban para colgarse de mi hombro con otra botella de champán, y les di un empujón suave para quitármelos de encima.
Caminé directo hacia ella, cruzando la pista de baile a zancadas, apartando a cualquiera que se cruzara en mi línea de visión.
El contrato de tres meses estaba muerto y enterrado, la copa de la liga ya estaba en las vitrinas del club, y a mí ya no me quedaban jodidas excusas legales, ni representantes, ni hermanos tocapelotas que me impidieran reclamar lo único que de verdad me importaba en esta puta ciudad.