Capítulo 24
Olivia
El lunes posterior a la ruptura ficticia, las oficinas del Kingsford FC se transformaron en un búnker de gestión de daños.
El dossier de prensa que mi equipo recopilaba cada mañana pesaría su buen par de kilos de no ser digital, y cada una de sus páginas me quemaba los dedos al pasarla.
Era mi última semana de trabajo en el Kingsford y no lo estaba pasando nada bien.
Las portadas de los medios eran brutales. El experimento de la «ruptura madura» había salido a pedir de boca para el club, pero había destrozado la estabilidad psicológica de Sebastian sobre el césped.
«EL MURO SE DESMORONA: Everton, fuera de juego tras la ruptura con la periodista», titulaba el Daily Mail en su sección deportiva.
«¿CORAZÓN ROTO O FALTA DE RITMO? El capitán da su peor versión en el último entrenamiento antes de la final», sentenciaba el Mirror con una foto en primera página de Sebastian llegando al entrenamiento con los ojos fijos en el suelo y los auriculares puestos.
Pero lo peor llegó el miércoles por la tarde, en el partido de liga atrasado que jugábamos como visitantes contra el West Ham.
Una salida al este de Londres que se convirtió en una auténtica carnicería mediática.
Sebastian estuvo irreconocible desde el minuto uno.
Lento en las coberturas, impreciso en la salida de balón y con una mirada de pura frustración que se captaba perfectamente desde las pantallas del palco de prensa.
En el minuto sesenta, tras perder un balón dividido que casi nos cuesta el segundo gol en contra, el míster cumplió su amenaza.
El cuarto árbitro levantó el cartelón luminoso. El número 5 en rojo.
Sebastian Everton, el capitán incombustible, el hombre que nunca se bajaba del barco, iba a ser sustituido a mitad del segundo tiempo.
Cuando cruzó la línea de cal, ni miró al entrenador.
Caminó directo al banquillo con los puños cerrados y, antes de sentarse, le pegó un golpe fúrico con la mano abierta al metacrilato de la estructura, agrietando el plástico con un crujido seco antes de sepultar la cara entre las manos con una toalla sobre la cabeza.
Un gesto de pura rabia que los fotógrafos captaron desde todos los ángulos posibles.
Me quedé helada en mi asiento del palco, con las manos apretadas sobre el regazo, con la culpa asfixiándome por dentro.
—Menudo panorama, Olivia —resopló Arthur Pendelton el jueves por la mañana, tras arrojar el dossier, que solo imprimía para él, sobre su enorme mesa de caoba—.
Los inversores están tranquilos porque a nivel corporativo la salida ha sido limpia, pero si perdemos la final del domingo contra el Tottenham en Wembley porque a nuestro capitán se le ha olvidado cómo se juega, la temporada se va a la mierda.
Además, tenemos a la afición encendida y no sé cómo aplacar su ánimo.
Arthur se reclinó en su sillón de piel, entrelazó los dedos sobre su oronda barriga y me miró con una mezcla de cansancio y honestidad que rara vez mostraba en los despachos.
—No me esperaba esta reacción, ni del público, que ya podían ocuparse de lo que pasa en sus propias casas, ni mucho menos de Sebastian.
No sé qué le pasa. —Tragué saliva porque para mí era evidente—.
Igual no fue buena idea forzar la ruptura tan rápido antes de la final.
.. —admitió, soltando un suspiro ruidoso—.
Pero bueno, a nivel de marca nos has salvado, Olivia.
Hay que reconocerlo. Tu gestión estos tres meses ha sido impecable.
Tienes el contrato de renovación senior sobre la mesa si reconsideras tu decisión de marcharte y decides quedarte de forma permanente en Londres. Solo piénsalo.
—Gracias, Arthur. Lo valoraré —respondí, con una voz tan plana y automática que ni yo misma me reconocí.
La pesada puerta de roble del despacho del presidente se cerró a mi espalda con un clic definitivo.
El silencio que inundó el pasillo de la ciudad deportiva me cayó encima como una losa de hormigón.
Me quedé inmóvil, de pie en mitad del corredor, mirando las baldosas brillantes sin verlas realmente, valorando si esta sería la última vez que recorrería esos pasillos como jefa de prensa.
Durante meses, mi profesionalidad fría había sido mi escudo, mi forma de controlar el mundo y de mantener a raya la realidad.
Pero ahora que acababa de volver a hablar sobre mi salida en esa reunión junto a la oferta de Arthur para renovar, la adrenalina desapareció de golpe, dejándome completamente desprotegida.
Fue en ese instante de quietud, aislada en el pasillo, cuando mi armadura se agrietó del todo.
Tenía un nudo asfixiante en la garganta que casi no me dejaba respirar.
Ya no podía seguir mintiéndome, ni ocultándome tras estrategias o contratos.
La verdad se abrió paso sin piedad: sentía algo muy fuerte por Seb.
Algo salvaje, destructivo y doloroso que me empujaba a cruzar el pasillo de la ciudad deportiva, bajar a los vestuarios, agarrar al capitán de la sudadera y decirle que me importaba una mierda el West Ham, el Tottenham y las portadas de los periódicos.
Que quería volver al ático. Que lo echaba de menos hasta rabiar.
Pero me callé. Me tragué el orgullo, apreté los labios y mantuve la fachada de la profesional impecable que no se deja conmover por los problemas personales de los futbolistas.
Eso lo aprendí trabajando para la Federación Francesa de Tenis, donde al principio me implicaba tanto con los problemas de los jugadores que acabé yo en el psicólogo.
Tuve que aprender a distanciarme, al fin y al cabo, solo era alguien del área de prensa y relaciones públicas que debía maquillar su imagen, no cambiarla ni sufrir con ellos.
Debía aplicar ese distanciamiento tan bien aprendido en mi relación con Seb.
Los días siguientes fueron un lento y silencioso descenso a los infiernos.
Empaqueté lo que me quedaba un día que Seb no estaba en su casa y abandoné definitivamente el ático de Chelsea.
Días antes había vuelto al piso de alquiler en Notting Hill.
Un apartamento precioso, de techos altos, chimenea victoriana y paredes blancas, pero que sentía tan frío, grande y vacío como un mausoleo.
Mi rutina se volvió completamente mecánica: del trabajo al piso, y del piso al trabajo, contando los días para mi marcha definitiva del club. Me quejaba del ambiente del ático, con las pullas y el deseo luchando dentro de mí, pero mi nuevo espacio tampoco me ofrecía ningún atisbo de paz.
El viernes por la noche, incapaz de soportar el silencio de mis propias paredes, quedé para cenar en un restaurante de moda de Westbourne Grove con Nadine, una vieja amiga de mi etapa en París que casualmente estaba pasando unos días en Londres por la semana de la moda.
El local estaba lleno de gente guapa, música de jazz suave de fondo y cócteles de autor impecables, pero nada ni nadie lograba satisfacerme.
Miraba el menú sin pizca de hambre, daba sorbos cortos a mi copa de vino sin saborearlo y mi mirada se perdía constantemente en la pantalla del teléfono, esperando un mensaje o una llamada de Sebastian que sabía que no iba a llegar.
—Olivia, de verdad, estás completamente ida —soltó Nadine, dejando caer los cubiertos sobre el plato con un tintineo sutil y mirándome con el ceño fruncido—.
Llevo diez minutos hablándote de la colección de Dior y de lo insufrible que está el ambiente en París, y tú solo asientes como un robot. ¿Qué te pasa?
—Lo siento. Es solo el estrés de la final del domingo.
Wembley, la rueda de prensa previa, coordinar a los medios internacionales.
.. ya sabes cómo es esto cuando nos jugamos un título, y hacerlo sabiendo que será la última vez —intenté sonreír, acomodándome la chaqueta de sastre para parecer profesional.
Nadine entornó los ojos, apoyó los codos en la mesa y me escrutó con ese ojo clínico que tienen las amigas que de verdad te conocen desde los veinte años.
—Por trabajo no será, bonita. Tu carrera en el Kingsford es una pasada, estás en la cima, el club te adora y ese tal Pendelton te idolatra, aunque te hayas despedido.
Esto no es estrés laboral. Esto tiene cara, ojos grises y un torso de dos metros que sale en todas las marquesinas de autobús de esta ciudad.
—Mi amiga bajó la voz, sutilmente divertida pero con una nota de preocupación real—.
¿Qué es, Olivia? ¿Mal de amores? ¿Te ha afectado la ruptura con el capitán más de lo que admite tu maldito orgullo medio francés?
—Nada de lo que he vivido era lo que parecía —respondí de inmediato, poniéndome a la defensiva, sin poder contarle la verdad porque nadie, fuera de Arthur y Sebastian, lo podía saber. El pulso se me aceleró de golpe solo por pensar en su nombre.
—No sé qué quieres decir con eso, ¿no eras tan feliz como parecía en los medios?
Pues sí que dábais el pego. —Señaló con una sonrisa de medio lado, antes de dar un sorbo a su copa—.
Si te ha hecho algo… No lo creo porque, la verdad, tienes una cara de nostalgia que da miedo.
Estás colgada de él hasta las trancas y te da pánico admitirlo.
¿Es que él no siente lo mismo por ti? Si es eso, olvídalo ya.
Que le den. Pero si eres tú, que te acojona el compromiso… , eso hay que trabajarlo. ¿Qué es?
Me quedé callada, mirando fijamente las burbujas de mi copa de champán, con una sensación extraña; el suspense de la situación me devoraba por dentro.
El domingo era la gran final. Sebastian se jugaba el título de su vida bajo una presión mediática brutal provocada, irónicamente, por nuestra propia mentira.
Y lo peor de todo no era el partido en sí; lo peor era la sospecha, la intuición terrible que me rondaba la cabeza desde que salí de su casa: que si el Kingsford perdía ese partido, Sebastian jamás me lo perdonaría, y la farsa se convertiría en la tumba definitiva de lo que fuera que había empezado a nacer entre nosotros en la penumbra de su cocina.
Al regresar al piso de Notting Hill esa noche, caminé por el pasillo a oscuras y me detuve frente al espejo del baño.
Tenía las mejillas sutilmente encendidas por el vino, pero los ojos apagados.
Me toqué los labios con la yema de los dedos, recordando la presión llena de rabia de su boca en Múnich, la firmeza de su mano en mi espalda descubierta en la cena del Savoy.
.. Dios, estaba perdiendo los papeles. Mañana por la mañana tendría que ponerme el traje de jefa de prensa, viajar en el autobús oficial hacia el hotel de concentración de Wembley y verle la cara sabiendo que yo misma había redactado la sentencia que lo estaba hundiendo.
El suspense me estaba matando, y las manecillas del reloj seguían corriendo hacia el domingo sin que yo pudiera detener el desastre.