La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 23
76%

Capítulo 23

Sebastián

—¿Y a ti te parece tan mala idea tener que seguir siendo mi novia un poco más de tiempo, jefa?

Mi pregunta se quedó flotando en el pasillo, pesada, cargada de una intención que ya no tenía nada que ver con el contrato de Arthur Pendelton.

Me incliné un poco más sobre ella, podía sentir el calor que desprendía su cuerpo a través del pijama de algodón, y deseaba con cada fibra de mi ser que dejara caer la máscara profesional de una puta vez y me dijera que sí. Que quería quedarse conmigo.

Olivia me sostuvo la mirada durante tres segundos eternos.

Vi la lucha en sus ojos marrones, el destello de duda que le nubló la vista, pero entonces la jefa de prensa fría y analítica volvió a tomar el control.

Soltó un suspiro largo y apoyó las manos en mi pecho, no para abrazarme, sino para empujarme suavemente hacia atrás y marcar distancia.

—Es una idea terrible, Sebastian —sentenció, y su voz sonó tan firme que me dio un latido de dolor en las costillas—.

Precisamente porque los rumores de boda se están saliendo de madre, tenemos que cortar esto de raíz.

Si dejamos que la bola de nieve siga creciendo, el golpe cuando se descubra la farsa será mortal para tu carrera. Hay que anunciar la ruptura. Ya.

—¿Y qué le decimos a Arthur? —le espeté, con los brazos cruzados, sintiendo cómo el mal humor me invadía de nuevo, ¿o era frustración?

Esta mujer era un verdadero muro, no yo—.

Las acciones del club propiedad de los inversores de Emiratos están ligadas a mi puta estabilidad, y también algunos contratos de publicidad.

Si salimos hoy con que lo hemos dejado, Pendelton me cruje con las cláusulas de penalización.

—Llegaremos a un acuerdo con él. Yo me encargo —Olivia caminó hacia el salón, con el paso decidido de quien ya está trazando un plan de crisis—.

Haremos un comunicado corto, directo, y lo lanzaremos simultáneamente en nuestras redes sociales el lunes por la mañana.

Alegaremos incompatibilidad de agendas debido a mi regreso a París.

Así la prensa se centrará en el partido y los inversores asumirán que ha sido una separación madura. Sin dramas. Sin terceras personas.

Se giró hacia mí en el umbral del pasillo, impecable incluso despeinada.

—Se acabó el amor, Sebastian. Ese será el mensaje. Mañana mismo preparo las maletas.

—¿Cómo que debido a tu regreso a París? ¿A qué te refieres? ¿Volverías a Paris solo por romper conmigo?

—Eso parece.

El sábado se convirtió en una tortura de veinticuatro horas.

Olivia se pasó el día entero pegada al maldito teléfono, paseando por el salón de un lado a otro, gestionando su vuelta a París como si estuviera organizando un viaje de negocios rutinario y no la destrucción de lo nuestro, aunque no hubiera un nosotros real.

Cuando le pedí que se calmara un poco, me dijo que quería resolverlo y tenerlo todo cerrado antes de que acabara el fin de semana.

—Sí, exacto. Argumentaremos incompatibilidad de agendas debido a su carga con los partidos internacionales y a mi vuelta a París por un contrato que no puedo rechazar.

.. No, sin exclusivas, un comunicado conjunto en redes a primera hora del lunes —la escuchaba decir desde el pasillo, con esa voz ejecutiva, gélida y perfecta que tanto odiaba en ese momento—.

Redáctalo ya, yo le daré el visto bueno antes de cenar.

Unos segundos de silencio y volvía a escucharla.

—Necesito el billete de Eurostar para la semana que viene.

.. Vale, mejor avión; me espero. No, no hace falta que envíes el coche del club, gestionaré el traslado a la estación por mi cuenta.

Llama a la oficina de París y diles que me reincorporo a mi puesto anterior a finales de semana.

Ya he hablado con el director deportivo del Kingsford para rescindir el contrato de mutuo acuerdo.

Cada llamada suya, cada mención a su nueva vida en Francia, era un puñetazo en mi estómago.

Yo estaba sentado en la cocina, con los puños cerrados sobre la encimera, retorciéndome de rabia y de una impotencia absoluta que no sabía cómo manejar.

Me estaba volviendo loco. Quería quitarle el teléfono de las manos, estamparlo contra la pared y recordarle que esto no era una simple mudanza de oficina, que éramos nosotros.

Pero no sabía qué hacer. Por primera vez en mi vida, el capitán del equipo no tenía una jugada táctica para salvar el partido.

Estaba fuera de juego en mi propia casa mientras ella borraba nuestro rastro en Inglaterra llamada tras llamada.

Verla hacer las maletas el domingo por la tarde fue la experiencia más jodida de mi vida.

Me quedé de pie en el marco de la puerta de la habitación, con los brazos cruzados y una taza de café negro que ya se había enfriado entre las manos.

Olivia estaba de espaldas a mí, agachada frente a su maleta de cuero sobre la cama.

Llevaba unos vaqueros oscuros, sutilmente desgastados, que se le ajustaban a las caderas y marcaban la curva perfecta de su trasero, y una camiseta blanca básica metida por la cintura.

Joder, tenía un cuerpo de escándalo. Un cuerpo que me había pasado tres meses deseando rozar, morder y hacer mío bajo las sábanas de este maldito piso.

Sentí un tirón violento en la boca del estómago, una necesidad salvaje de caminar hacia ella, agarrarla por las caderas desde atrás, pegarla a mi cuerpo y suplicarle que mandara a París, a Arthur y al contrato a la mierda.

Pero me obligué a clavar los pies en el suelo. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

«Es mejor así, Everton», me mentí a mí mismo, dando un trago al café amargo.

«Déjala ir. Ella no siente nada por ti. Para ella solo has sido un puto cliente rebelde al que tenía que meter en vereda».

El beso de Múnich, la noche en la cocina, su respiración agitada en la finca de mis padres.

.. todo había sido gajes del oficio. Daños colaterales a la farsa. Nada real.

Olivia cerró la cremallera de la maleta con un ziip rotundo que sonó como el final del partido. Se giró, me miró y me dedicó una sonrisa profesional, de esas que usaba con los directivos de la Premier.

—Todo listo, Sebastian. Mañana salimos juntos hacia la ciudad deportiva como siempre para no levantar sospechas antes de tiempo. A las diez en punto, mi equipo programará la publicación en redes. Luego volveré a mi piso. Ha sido…, bueno, raro pero bonito.

El lunes por la mañana, el viaje en el Aston Martin fue un auténtico cementerio sobre ruedas. Aparqué en el garaje de la ciudad deportiva del Kingsford FC y nos quedamos mirando la pantalla del teléfono. Las diez en punto.

Mi community manager pulsó el botón. El suyo también.

El bulo estaba en el aire. Una foto nuestra de espaldas, en blanco y negro, caminando por Londres el primer día de la campaña, acompañada de un texto idéntico en los perfiles de los dos: « Tras tres meses maravillosos, hemos decidido de mutuo acuerdo poner fin a nuestra relación.

El profundo respeto y el amor que nos tenemos siguen intactos, pero nuestros caminos profesionales nos obligan a separarnos. .. » .

—Ya está —dijo Olivia, guardando el móvil en el bolso sin mirarme—. Buena suerte en el entrenamiento, Capitán.

Se bajó del coche sin despedirse. Yo golpeé el volante con el puño cerrado, soltando una maldición entre dientes.

El día fue un auténtico calvario. La final de la Copa de la Liga contra el Tottenham se jugaba ese mismo fin de semana fuera de casa, en Wembley, y yo tenía la cabeza en cualquier parte menos en la pizarra táctica.

En las redes el mundo ardía, los medios ya estaban sacando especiales sobre «La maldición del Capi», aludiendo a mi anterior ruptura con Cinthya, y en el césped. .. en el césped di puta pena.

Durante el partidillo de entrenamiento, perdí tres balones seguidos en el centro del campo. Entradas blandas, pases directos a las botas del equipo rival y una falta de concentración que provocó que Mason me robara la cartera dos veces seguidas para meter gol.

—¡Everton! —el grito del míster retumbó en todo el campo de entrenamiento, parando el juego de golpe.

El viejo escocés caminó hacia mí a zancadas fúricas, con la cara roja y el silbato apretado en la mano. Se me plantó delante, señalándome el pecho con el dedo.

—¿Se puede saber qué coño te pasa hoy, Sebastian?

—me rugió, lo suficientemente alto como para que toda la plantilla se quedara muda en mitad del rondo—.

Has perdido más balones en media hora que en toda la temporada.

Sé perfectamente lo que ha salido en la prensa esta mañana, pero me importa un bledo tu vida sentimental.

Nos jugamos el primer título del año en cuatro días.

Si sigues jugando como un juvenil asustado, te juro por Dios que el domingo no sales de titular.

Te quedas en el banquillo viendo cómo Ethan levanta la copa.

¡Céntrate de una puta vez o lárgate a las duchas!

Miré hacia la banda, hacia el palco acristalado de las oficinas del club. Allí, detrás del cristal, alcancé a ver la silueta de Olivia, inmóvil, mirándome con los brazos cruzados. Estaba libre, el contrato se había acabado, y yo estaba a punto de perderlo todo por su culpa.