Capítulo 21
Sebastián
El silencio de Olivia dolía más que una patada en el tendón de Aquiles.
Desde que volvimos de Múnich, se había parapetado detrás de sus malditas tareas y sus horarios de oficina.
En el ático apenas me dirigía la palabra, limitándose a un «buenos días» por educación y a dejarme notas sobre la encimera con mis compromisos de prensa.
Dormía con la puerta de su habitación cerrada a cal y canto, y yo me pasaba las noches en vela en el salón, dándole tragos al whisky y odiándome por no tener los cojones de tirar esa maldita puerta abajo y exigirle que me repitiera a la cara el beso del Allianz Arena.
Estaba atrapado en mi propia farsa. Quedaban dos semanas para que esta pantomima expirara, y la idea de tener que salir a una rueda de prensa a decir que lo nuestro «se había acabado de mutuo acuerdo» me revolvía las tripas.
El viernes por la tarde, la gota que colmó el vaso de mi paciencia tenía nombre y apellido: Christian.
Mi hermano, tras unos días fuera visitando clientes por el país, terminaba su estancia en Londres y regresaba a Nueva York esa misma noche.
Yo acababa de llegar de la ciudad deportiva, con los músculos molidos tras un entrenamiento de fuerza, cuando lo vi en el salón.
Tenía su maleta de diseño abierta sobre el sofá de cuero y estaba doblando una de sus camisas caras con una parsimonia irritante.
Olivia estaba a su lado, sosteniendo una carpeta.
—Asegúrate de contactar con el fondo de inversión del banco en Francia, con la carta que redactamos, Olivia, y cuéntame qué te dicen.
Hay que sacar el máximo —le decía Christian, suavizando esa voz borde suya que solo usaba con ella—.
Ha sido un auténtico placer trabajar contigo estas semanas.
Eres demasiado inteligente para quedarte en Londres cuidando de un equipo de fútbol.
Si alguna vez decides que te has cansado de este circo, llámame.
En Wall Street siempre hay sitio para mujeres con tu sangre fría.
Olivia le sonrió. Una sonrisa suave, de agradecimiento real, de esas que a mí me racionaba como si fueran lingotes de oro.
—Gracias por todo, Christian, he aprendido mucho contigo. Buen viaje —dijo ella. Luego se giró, me dedicó una mirada rápida, gélida y esquiva, y caminó hacia el pasillo—. Voy a terminar de repasar los comunicados del Club. Buenas noches.
La puerta de su habitación se cerró y nos quedamos solos.
Me acerqué a la barra de la cocina, y lancé las llaves del coche con un golpe seco que resonó en todo el salón. Christian ni se inmutó; siguió cerrando la cremallera de su maleta con una sonrisa de suficiencia que me encendió la sangre.
—¿Te vas ya, contable? —solté, con la voz ronca, cruzándome de brazos—. Qué pena. Empezaba a acostumbrarme a tener a un parásito financiero en mi sofá.
Christian soltó una risa baja, una réplica exacta de la mía, pero vacía de cualquier rastro de humanidad. Se dio la vuelta, se metió las manos en los bolsillos del pantalón de sastre y se apoyó en el respaldo del sofá, clavándome esos ojos grises que compartíamos.
—Siempre tan predecible, Sebastian —dijo, arrastrando las palabras—. Estás furioso. Llevas unas semanas con cara de querer matar a alguien cada vez que entras por esa puerta. Y no es por el partido del fin de semana, porque metiste un golazo. Es por ella.
—No sé de qué coño hablas —gruñí, dando un paso al frente. El músculo de mi mandíbula se tensó al límite.
—Oh, por favor. No insultes a mi inteligencia.
—Christian avanzó hacia mí, deteniéndose a un metro.
La distancia entre los dos se volvió peligrosa, una colisión inminente de dos tipos con el mismo rostro pero con intenciones totalmente opuestas—.
Al principio pensé que Olivia era solo una empleada eficiente ejecutando un contrato de relaciones públicas para salvarte el cuello.
Un lavado de cara, dijisteis. Pero el fin de semana en casa de mamá.
.. y sobre todo, la forma en que la miras cuando crees que nadie te ve. ..
Christian dio una vuelta lenta a mi alrededor, como un tiburón oliendo sangre en el agua.
—Te has enamorado de ella, Sebastian. El gran Muro del Kingsford, el tío que cambia de modelo cada mes para no complicarse la vida, está colgado hasta las trancas de su jefa de prensa.
Y lo mejor de todo... es que no puedes hacer nada.
Porque os limita un absurdo contrato. En unos días se acaba este teatro que tenéis montado y ella se va a marchar de este piso.
La rabia por escuchar el resumen de lo que mi cabeza no dejaba de taladrar a todas horas, me subió por la garganta.
—Cierra la puta boca, Christian —le espeté, girándome hacia él, agarrándolo por la solapa de la camisa con una fuerza que hizo crujir la tela. Mis nudillos se quedaron blancos—. No tienes ni idea de lo que pasa en esta casa. Lárgate a Nueva York y no te vuelvas a meter en mis asuntos.
Christian no se asustó. Al contrario, ensanchó su sonrisa, mirándome con una compasión fría que me dolió más que un puñetazo en las costillas. No se resistió a mi agarre; sabía que me tenía acorralado en su propio tablero mental.
—Sé perfectamente lo que pasa, hermano —susurró, con voz gélida—.
Te conozco desde que nacimos. Sé cuándo juegas por diversión y cuándo estás jugando porque te va la vida en ello.
Estás aterrado. Tienes miedo de que en unos días Olivia firme los papeles de la ruptura, recoja sus cosas y te deje solo en este ático enorme.
Te estás jugando millones para que finja que te quiere porque es la única forma que tienes de mantenerla cerca sin que te rechace.
Mis dedos temblaron sobre su camisa. Sus palabras eran verdades destiladas, cuchillos afilados que me estaban destrozando el pecho por dentro.
Tenía razón. Toda la puta razón. Estaba usando un trato de mierda como un escudo porque era demasiado cobarde para confesarle a Olivia que el beso de Múnich me había arruinado la vida.
—Ella no se va a enterar de esto —dije, con la voz rota, soltándolo de golpe con un empujón que lo hizo retroceder un paso—. Si le dices una sola palabra de esto, Christian... si juegas con su contrato...
—No le voy a decir nada, Sebastian —Christian se acomodó el cuello de la camisa con una calma insultante, cogió el asa de su maleta de mano y me miró por última vez antes de caminar hacia la puerta del ascensor privado—.
No me hace falta. Disfruto mucho más viendo cómo te devoras a ti mismo en silencio.
Aprovecha las dos semanas que te quedan de amor comprado, bro .
Porque cuando el temporizador llegue a cero, vas a descubrir lo que se siente al perder el partido más importante de tu vida.
Las puertas del ascensor se cerraron con un zumbido metálico, dejándome solo en mitad del salón.
Me quedé quieto, respirando a bocanadas, mirando hacia el pasillo donde la puerta de Olivia seguía cerrada.
Tenía los puños apretados y la sangre hirviendo de pura impotencia.
Christian había descubierto mis cartas, el tiempo seguía corriendo en mi contra y yo seguía sin saber cómo coño salvar el partido antes del pitido final sin cagarla.