La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Olivia

El chárter privado del Kingsford FC de vuelta a Londres era lo más parecido a un club nocturno flotante a diez mil metros de altura.

La euforia de haber tumbado al Bayern en el Allianz Arena se había traducido en cajas de pizza vacías, latas de cerveza ocultas a los ojos del cuerpo técnico y cánticos ensordecedores en la parte trasera del avión.

A mí, sin embargo, el espacio se me caía encima. Especialmente porque el departamento de logística, con su habitual eficiencia corporativa, nos había asignado los dos asientos de la primera fila de la clase business . Juntos.

A mi derecha, Sebastian estaba repantingado en su asiento de cuero, todavía con la adrenalina del partido inyectada en la mirada.

Tenía medio cuerpo girado hacia el pasillo, respondiendo a los gritos y a las bromas de Mason y Ethan, que estaban un par de filas más atrás.

Hablaban esa jerga cerrada de vestuario, una mezcla de tecnicismos futbolísticos, motes de la Premier y risas ruidosas que a mí, en cualquier otro momento, me habría parecido un ruido de fondo soportable.

Hoy no. Hoy me zumbaban los oídos.

Me pegué a la ventanilla, apoyando la frente contra el metacrilato frío, mirando la negrura de la noche europea.

Busqué mis auriculares en el bolso, me los encajé en las orejas y reproduje una lista de música francesa independiente a todo volumen, intentando levantar un muro de sonido entre el avión y yo.

Fue inútil. Los gritos de «¡Ese Capi!» y el estrépito de una lata golpeando el suelo se filtraban a través del aislamiento.

Me quité los auriculares con un suspiro de frustración, dejándolos caer sobre mi regazo.

En ese momento, el avión entró en una zona de turbulencias sobre el Canal de la Mancha. El aparato dio un vaivén seco hacia la izquierda.

Por el impacto, la pierna de Sebastian chocó contra la mía.

Fue un roce sin querer, un impacto limpio de su muslo firme contra el mío, pero la tela de mi pantalón de sastre pareció disolverse.

Me ardió la piel. Sentí una corriente eléctrica, abrasadora, que me subió directo por la columna.

Sebastian se recolocó de inmediato, pero el espacio de los asientos era el que era: nuestros brazos se quedaron pegados, manga contra manga, compartiendo el mismo apoyabrazos de cuero.

Su hombro musculado presionaba el mío con delicadeza, y yo podía sentir los latidos de su corazón y el ritmo de su respiración pesada.

Tenía que disimular. Sabía que tenía que apartarme, cruzar las piernas hacia el otro lado o enterrar la cabeza en la tablet para ir preparando el dossier de prensa, pero no pude. Me quedé completamente inmóvil, con el cuerpo rígido y la boca seca, abrumada por el calor que desprendía.

En mi cabeza, las alarmas que había aprendido a programar en París se encendieron con luces rojas de emergencia.

«¿Qué demonios has hecho, Olivia?», me pregunté, cerrando los ojos con fuerza.

El beso en el pasillo del Allianz Arena no había sido estrategia.

No había sido para las cámaras. Había sido un acto de posesión mutua, un desastre absoluto que acababa de dinamitar la única frontera segura que nos quedaba: la profesional.

Había sido una idea terrible. Una idea deliciosamente destructiva.

El aterrizaje en el aeropuerto de Heathrow, pasadas las tres de la mañana, fue un baño de realidad a golpes de flash.

En cuanto cruzamos la terminal privada, la farsa nos obligó a separarnos de inmediato.

Una barrera de vallas metálicas y decenas de agentes de seguridad privada contenían a cerca de doscientos aficionados del Kingsford que habían ido a recibir al equipo a esas horas de la madrugada, entonando el himno del club bajo la lluvia fina de Londres.

Los jugadores, liderados por Sebastian, pasaron los primeros para recibir el calor de la afición, firmando una decena de camisetas y levantando los puños en señal de victoria.

Yo caminaba varios metros por detrás, junto al equipo de comunicación, intentando pasar desapercibida con la cartera pegada al pecho.

Pero ya era tarde para eso. Tras el beso televisado en Múnich, mi rostro ya no era el de una empleada anónima.

—¡Olivia! ¡Olivia, una foto! —gritaron desde la valla.

Un par de teléfonos móviles me apuntaron directamente a la cara, los flashes me cegaron los ojos en mitad de la noche.

Un fotógrafo de un medio local se agachó para captar mi paso cansado.

Me sentí profundamente incómoda, expuesta, atrapada en una mentira que se estaba haciendo demasiado grande y pesada para mis hombros.

Subimos al autobús de enlace en un silencio fatigado.

Nadie hablaba; el cansancio físico del partido finalmente había sepultado la euforia.

Llegamos al estadio del Kingsford, donde teníamos los coches particulares aparcados en el garaje subterráneo.

Nos subimos al Aston Martin de Sebastian sin cruzar una sola palabra.

Él arrancó el motor con un rugido sordo que resonó en las paredes de hormigón y enfiló las calles desiertas de Londres en dirección a Chelsea.

Durante los veinte minutos de trayecto, ninguno de los dos se atrevió a romper el hielo. La música del coche estaba apagada. La tensión del avión se había transformado en un muro gélido de orgullo y dudas.

—Olivia…

—Ahora no, Seb, te lo ruego—. El nudo que sentía en la boca del estómago y el lío monumental que había en mi cabeza, no eran lo mejor para hablar con él. Solo quería el silencio y seguir con esa conversación conmigo misma que, aunque no me calmaba, me mantenía cuerda.

Cuando entramos al ático y la puerta blindada hizo ese clic rotundo que siempre marcaba el inicio de nuestra intimidad, me quité los zapatos de inmediato, sin mirar atrás.

—Buenas noches. Estoy cansada —solté, con una voz plana, desprovista de cualquier emoción, dándole la espalda antes de que él pudiera dar un paso hacia mí.

No nos miramos. No hubo amagos en la cocina, ni whisky sobre el mármol, ni advertencias silenciosas. Solo el sonido de mis propios pasos apresurados alejándome por el pasillo hacia su habitación, que era la mía desde que empezó el teatro.

Me metí bajo las sábanas vestida con el pijama, pero el sueño no llegó.

Me pasé el resto de la madrugada dando vueltas en el colchón, mirando el techo a oscuras, con la mente funcionando a mil revoluciones por segundo.

Hice cuentas con un pánico creciente. Quedaban exactamente dos semanas para que se cumpliera el plazo del contrato de Arthur Pendelton. Dos semanas de farsa.

Y después, el vacío.

Después tendría que volver a las oficinas, cruzarme con él en los pasillos de la ciudad deportiva, organizar sus ruedas de prensa y mirarlo a los ojos delante de mis compañeros periodistas como si fuéramos dos perfectos extraños.

Como si fuéramos «ex». Tendríamos que montar un nuevo teatro, una farsa de indiferencia y madurez profesional para justificar la ruptura ante el mundo.

La mentira tenía que seguir, pero desde el otro lado.

¿Por qué nadie se dio cuenta de que por nuestros trabajos nos seguiríamos viendo?

Y lo peor de todo, lo que me desgarraba por dentro mientras escuchaba el silencio del ático, era que no tenía la menor idea de cómo demonios iba a gestionar ese nuevo papel sin romperme en pedazos por el camino.

Me había hecho adicta a Sebastian Everton y no tenía ningún antídoto que lo solucionase.