La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Sebastián

Ese mayo, Múnich era un jodido congelador; nos tocó una semana de mal tiempo en plena primavera, sin embargo, en contraste, a mí el pecho me ardía.

El viaje de la Champions con el Kingsford FC siempre seguía un protocolo militar: autobús privado, avión chárter, y un hotel de cinco estrellas a las afueras donde el míster nos requisaba hasta las ganas de respirar.

Esa vez, la concentración me resultó el doble de pesada.

En Londres, la farsa nos obligaba a Olivia y a mí a compartir el mismo aire en el ático de Chelsea; en Múnich, la realidad de la competición nos separaba por completo.

Ella se alojaba en la planta de la directiva y los departamentos del club; yo, encerrado en la tercera planta con el resto de la plantilla, compartía habitación con Ethan y con el toque de queda pegado al culo.

La eché de menos. Joder si la eché de menos.

Me pasé la noche de la llegada dando vueltas en la cama del hotel, mirando el techo y dándome cuenta de lo jodido que estaba.

Ya no echaba de menos mi ático de soltero, ni mis noches en Mayfair.

Echaba de menos el ruido de sus tacones por el pasillo, sus pullas en la cocina y la forma en que se le aceleraba el pulso cuando la acorralé contra la camilla de masajes en la ciudad deportiva.

—¿Qué pasa, Capi? ¿No puedes dormir sin tu manta francesa?

—se mofó Ethan desde la otra cama, tirándome una almohada a la cabeza—.

Tienes una cara de amargado que no puedes con ella.

Espabila, que mañana el Bayern nos va a exigir correr los noventa minutos si no queremos volver con un saco de goles.

—Cállate y duerme, Ethan —gruñí, devolviéndole la almohada con fuerza.

Al día siguiente por la mañana, la tensión subió de nivel.

Olivia había preparado una rueda de prensa previa al partido que parecía un examen de Oxford.

Me había dejado una nota manuscrita en el vestuario con tres puntos clave: « No entres al trapo con la prensa alemana si te preguntan por Chloe Hubbert, mantén el foco en la baja de su delantero centro y muestra confianza absoluta en el míster » .

El entrenador, el viejo escocés que llevaba cinco años en el club, estaba en entredicho; la junta directiva quería cortarle la cabeza si caíamos en Múnich.

Nos jugábamos la temporada de mala manera.

Cuando entré a la sala de prensa, la vi al fondo.

Llevaba un traje de chaqueta gris marengo, impecable, como siempre, controlando los micrófonos con una mirada.

Me guiñó un ojo, un gesto imperceptible que me dio la vida.

Hice la rueda de prensa calcando sus notas, ganándome el respeto de los periodistas y protegiendo al míster.

Pero el verdadero infierno fue el Allianz Arena.

Sesenta y cinco mil alemanes rugiendo y un frío que te cortaba las mejillas.

El partido empezó de la peor manera posible.

En el minuto veinte, un desajuste en nuestra banda izquierda permitió que su extremo pusiera un centro raso; Ethan llegó tarde y el delantero la empujó al fondo de la red.

Uno a cero abajo. El estadio se quería caer.

Durante el descanso, el vestuario era un funeral. El míster gritaba, con la cara roja como un tomate, sabiendo que su finiquito estaba firmado. Me levanté en mitad del vestuario, me quité la camiseta empapada y di un golpe en la mesa de las camillas.

—¡Escuchadme bien! —rugí, clavando los ojos en cada uno de ellos—. No hemos venido a Alemania a arrastrarnos. Nos quedan cuarenta y cinco minutos para demostrar por qué llevamos este escudo. Tenemos que darlo todo. Si hay que morder, se muerde. ¡Vamos!

Salimos en la segunda parte como malditos animales.

En el minuto sesenta, tras un córner chutado por Mason, salté con todo lo que tenía, ganándole la posición al central alemán.

Rematé con el alma, cruzando el balón al palo largo.

Gol. Uno a uno. Corrí hacia la grada visitante celebrándolo con rabia, golpeándome el pecho, buscando con la mirada el palco donde sabía que ella estaba sufriendo.

La apoteosis llegó en el tiempo de descuento. El Bayern estaba volcado arriba y recuperamos un balón en nuestra área. Armamos un contraataque letal; Aiden Brooks rompió por velocidad y puso un pase de la muerte para que Nelson de Sousa la empujara en el minuto noventa y tres. Dos a uno.

El pitido final desató la euforia absoluta.

Nos abrazamos sobre el césped húmedo, gritando como locos.

El míster saltó al campo llorando de alegría, abrazándome con una fuerza que casi me rompe las costillas.

Sabía que esa victoria significaba su renovación automática y que la directiva no podría tocarlo. Habíamos salvado el cuello de todos.

Una hora después, la zona mixta era un hervidero de euforia. Salí de la rueda de prensa oficial con el pelo aún mojado por la ducha y la sudadera del club puesta. El pasillo estaba colapsado de cámaras, directivos ingleses, alemanes y personal del Kingsford.

Olivia estaba allí, despidiendo a los periodistas más rezagados mientras el  equipo salía hacia el autobús del aeropuerto.

Al verme pasar, se apartó sutilmente de los periodistas.

Nos cruzamos en el pasillo estrecho. Nuestros hombros se rozaron, un contacto limpio, cargado de toda la adrenalina acumulada del partido y de las ganas contenidas de los últimos días.

Me detuve frente a ella, respirando hondo. Ella me miró con esos ojos marrones brillando de pura admiración, con una sonrisa real, de las de verdad, dibujada en la boca. Lo que vi en ella no era fingido, estaba seguro de ello.

—Un partido increíble, Capitán —dijo, con la voz sutilmente rota por haber estado gritando en el palco—. Has salvado al míster.

—Hemos ganado, jefa —le respondí, bajando la voz, deseando saltarme todas las cámaras de televisión del mundo para estamparla contra la pared del pasillo.

—¡Venga ya, Everton! —la voz burlona de Mason Taylor resonó en todo el pasillo.

Venía detrás de mí, con la mochila al hombro y una sonrisa de oreja a oreja haciendo el payaso, como siempre—.

¿No te alegras por tu novio, Olivia? ¿Ni un beso de felicitación tras semejante partidazo?

Joder, yo en su lugar ya hubiera hecho un Iker Casillas en el Mundial de Sudáfrica delante de toda la prensa. ¡Dale un beso al capi, coño!

Varios periodistas ingleses se giraron al oír la broma de Mason, riéndose y apuntándonos con los micrófonos. El pasillo se quedó expectante.

Sentí cómo el rubor me subía por el cuello, una sensación completamente extraña en mí, y vi que Olivia se ponía sutilmente roja, perdiendo por completo esa compostura francesa tan estricta. Nos miramos en mitad del pasillo, rodeados de murmullos y risas.

«Al carajo el contrato», pensé.

Di un paso al frente, la agarré de la nuca con suavidad pero con firmeza, hundiéndole los dedos en el pelo, y la atraje hacia mí. Olivia no se resistió. Al contrario, sus manos subieron instintivamente a mis hombros, agarrándose a mi sudadera mientras entornaba los ojos.

La besé.

No fue un beso casto para los fotógrafos de Berkshire, ni un amago como el de la cocina de mi apartamento.

Fue un beso de verdad. Un beso profundo, caliente, con sabor a victoria y cargado de toda la frustración, el deseo reprimido y los celos de la última semana.

Mis labios presionaron los suyos con un hambre salvaje, sintiendo cómo ella correspondía con la misma intensidad, abriendo sutilmente la boca y soltando un suspiro que me volvió loco en mitad del pasillo del Allianz Arena.

El mundo alrededor pareció apagarse por completo durante tres segundos eternos.

Los flashes de las cámaras empezaron a parpadear como locos a nuestro alrededor, y escuché los silbidos y aplausos de mis compañeros de equipo de fondo.

Nos separamos despacio, jadeando. Olivia me miraba con los labios encendidos, el labial sutilmente corrido y una mirada de completa estupefacción, como si acabara de darse cuenta de que la farsa se había roto para siempre.

—Felicidades, Sebastian —susurró, con una voz tan suave y auténtica que me derritió el pecho.

Antes de que pudiera decirle nada, uno de los coordinadores de logística del club nos interrumpió, dándome un toque en el hombro.

—Everton, hay que moverse ya. El autobús hacia el aeropuerto de Múnich sale en dos minutos. El avión chárter tiene la franja de despegue cerrada; no podrá salir si nos retrasamos más, y en Londres espera la afición en el aeropuerto de Heathrow para recibir al equipo. Moveos.

Miré a Olivia por última vez, guiñándole un ojo mientras me daba la vuelta para subir al autobús con el resto de los chicos. Tenía la sangre hirviendo, los labios con su sabor y la certeza absoluta de que el viaje de vuelta a Londres iba a cambiar las reglas del juego de forma definitiva.