La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Olivia

—¡Esto es una jodida obra de arte, Olivia! ¡Una obra de arte!

Arthur Pendelton arrojó sobre la mesa de cristal de su despacho tres ejemplares distintos de las revistas de sociedad del domingo.

En todos ellos, la portada era la misma: Sebastian y yo, caminando de la mano por los jardines de la finca de los Everton, sonriendo bajo el sol de Berkshire.

En una de las fotos interiores, el enfoque captaba la mano de Sebastian firmemente asentada en mi cadera, un gesto tan natural y posesivo que hasta a mí, que sabía la verdad, me dio un vuelco el corazón al verlo impreso.

—Los inversores de Qatar han llamado a primera hora —continuó Arthur, frotándose las manos con una sonrisa que le iba de oreja a oreja—.

El índice de reputación de Sebastian ha subido un quince por ciento desde que estás en su vida.

Ya nadie habla de sus salidas por los locales de Mayfair.

Ahora es el capitán maduro, el hombre de familia que se codea con la aristocracia y tiene a una mujer brillante a su lado. El departamento legal está encantado.

Me obligué a sonreír, manteniendo mi postura impecable en la silla, aunque sentía un nudo frío apretándome el estómago.

—Me alegro de que la estrategia esté dando sus frutos, Arthur. De eso se trataba.

—Exacto. Y por eso mismo, como el objetivo ya está cumplido y la tormenta ha pasado, creo que es el momento de planificar la fase final —soltó Arthur, reclinándose en su sillón de piel, abrió un poco la chaqueta y sacó un bolígrafo del bolsillo interior—.

Faltan tres semanas para que termine el plazo de los tres meses del contrato que os propuse.

Hay que preparar el terreno para que la ruptura amistosa sea impecable y no dé lugar a dudas.

Algo limpio. Un comunicado conjunto diciendo que vuestras respectivas agendas profesionales os impiden seguir adelante, pero que os guardáis un profundo respeto.

Ya sabes, el protocolo habitual. No queremos que esto se arrastre innecesariamente y termine pareciendo aburrido para el público.

Tres semanas.

Las dos palabras resonaron en mi cabeza como una sentencia.

Legalmente, la farsa estaba llegando a su fin.

Debería haber sentido alivio. Debería estar celebrando que mi expediente estaba limpio y que pronto recuperaría mi vida, mi cama en el piso de Nothing Hill y mi independencia lejos de la insoportable y magnética presencia de Sebastian Everton.

Sin embargo, lo único que sentí fue una punzada de pánico absoluto. No quería que terminara. No quería dejar de oler su perfume a sándalo por las mañanas, ni de pelearme con él en la cocina en penumbra, ni de sentir la descarga eléctrica que me recorría el cuerpo cada vez que me tocaba.

—Por supuesto —mentí, tragándome la saliva que de pronto sabía a hiel—.

Prepararé el borrador del comunicado esta misma tarde.

Pero... creo que deberíamos retrasar el anuncio oficial un poco más.

Quizá hasta que acabe la temporada. Si rompemos el compromiso ahora, la prensa podría desestabilizar a Sebastian justo en el momento más crítico del año.

Arthur me miró, entornando los ojos con su habitual astucia de tiburón de los negocios.

—¿Estabilidad táctica? —preguntó, con una ceja arqueada.

—Estrategia pura, Arthur. Ya me conoces —respondí, sosteniéndole la mirada con una frialdad que no sentía.

—Bien. Tienes luz verde para dar largas un par de semanas más si consideras que el vestuario se va a resentir.

Ve a hablar con Sebastian. Dile que empiece a asimilar el final de la función.

Bien pensando, es mejor dejar las noticias rosas para el verano.

Se me ocurre que podéis ir de viaje juntos y volver peleados; eso no le extrañaría a nadie —murmuraba pensativo—. Piénsalo. Lo dejo en tus manos.

Bajé a la zona del primer equipo con los papeles del borrador metidos en mi carpeta, y la sensación de cargar con sacos de cien kilos en cada uno de mis pasos.

El pasillo que conducía a los vestuarios olía a césped húmedo, a reflex y a sudor.

Era el sanctasanctórum de los jugadores, un territorio donde yo normalmente no entraba a menos que fuera estrictamente necesario.

La puerta del vestuario principal estaba entornada. Antes de llamar, escuché las risas estruendosas y las voces de los jugadores que acababan de terminar la sesión regenerativa tras el entrene.

—Venga ya, Capi, dinos la verdad. —La voz con acento de Manchester correspondía a Mason Taylor, el delantero estrella del equipo y el más fiestero del grupo—.

Los periódicos dicen que te vas a casar en una iglesia de Berkshire, pero nosotros te conocemos.

¿Cuánto va a durar esta versión tuya de monje de clausura?

Los chicos estamos organizando una escapada a Ibiza para los primeros días de vacaciones y tu sitio en el reservado sigue libre.

Me asomé sutilmente por la rendija de la puerta.

Sebastian estaba sentado en el banco de madera, descalzo, solo con los pantalones de entrenamiento cortos y una toalla colgada al cuello.

Su torso musculoso brillaba sutilmente por el esfuerzo físico.

Tenía una sonrisa de medio lado, pero sus ojos grises denotaban esa tensión que solo yo sabía reconocer.

—Iros a Ibiza vosotros si queréis terminar en el banquillo, Mason —respondió Sebastian, pasándose una mano por el pelo castaño húmedo—. Yo tengo un partido contra el Bayern el miércoles. Mi cabeza está en el campo.

—Tu cabeza está en la francesa, que es otra cosa —se metió en la conversación Nelson de Sousa, el central brasileño, dándole un golpe amistoso con la bota en la espinilla—.

Hermano, todos lo hemos visto en el comedor del club.

Te mira y te cuadras. Nunca te había visto dejar que una mujer te dijera a qué hora tienes que volver a casa.

Los fotógrafos del jardín no mienten; estabas a un segundo de morderla allí mismo delante de tus viejos.

Esa tensión no se entrena, Everton. Estás pillado hasta las trancas.

El vestuario estalló en abucheos y silbidos burlones.

Me pegué a la pared del pasillo, al notar que las mejillas me ardían.

El corazón me iba a mil por hora, mientras esperaba la respuesta de Sebastian.

Contaba con que soltara una burla, que dijera que todo era un negocio, que me destrozara la farsa y el orgullo delante de sus compañeros.

—Dejad de decir gilipolleces y meteros en la ducha —gruñó Sebastian, aunque su tono no tenía la furia habitual, sino una extraña gravedad que hizo que el vestuario se callara sutilmente—.

Olivia está haciendo su trabajo. Y lo que pase dentro de mi casa cuando se apagan las cámaras no es asunto de la plantilla.

Así que moveos, que el míster viene detrás.

Los jugadores empezaron a dispersarse hacia las duchas entre risas bajas y comentarios burlones.

Me alejé de la puerta dos pasos, respiré hondo y me alisé la falda de tubo antes de llamar firmemente con los nudillos para anunciar mi entrada.

Cuando empujé la puerta del todo, los pocos jugadores que quedaban se quedaron mudos y Sebastian levantó la cabeza de golpe.

Su mirada gris se clavó en la mía, analizando mi rostro con una rapidez pasmosa.

Vio la carpeta que yo apretaba contra el pecho como si fuera un escudo y, por su expresión, debió de darse cuenta de que estaba pálida.

—Oli —dijo, se levantó del banco y caminó hacia mí, ignorando que Mason y Ethan nos miraban de reojo con sonrisas pícaras—. ¿Qué haces aquí abajo? ¿Ha pasado algo con la rueda de prensa del Bayern?

—Necesitamos revisar los últimos teletipos de prensa, Sebastian. Arthur quiere un informe de impacto antes del almuerzo —mentí, forzando a que mi voz sonara con la frialdad corporativa de siempre, aunque por dentro me temblaban las piernas.

Sebastian entornó los ojos. Él conocía perfectamente mi tono de trabajo y supo al instante que esa excusa era una pantalla de humo.

No dijo nada delante de los chicos. Se limitó a coger una camiseta de entrenamiento limpia, se la pasó por la cabeza con un movimiento rápido que dejó a la vista sus abdominales tensos por última vez, y me agarró del codo.

—Vamos a la sala de vídeo —dijo, con voz ronca—. Estará vacía.

No me guio hacia los despachos principales, sino que me arrastró pasillo abajo, doblando hacia la sala de almacenamiento de material táctico y fisioterapia de la planta baja.

Abrió la puerta, me hizo entrar y la cerró de golpe a sus espaldas, echando el pestillo.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz que se filtraba por una pequeña ventana alta, y olía a reflex, a toallas limpias y a él.

Sebastián se plantó delante de mí, bloqueando la única salida con su cuerpo enorme. Seguía descalzo, con el pelo húmedo y esa energía salvaje del entrenamiento rodeándolo como un aura peligrosa.

—Suéltalo, Olivia —me ordenó, dando un paso hacia delante, obligándome a retroceder hasta que mis caderas chocaron contra la camilla de masajes—.

Mis compañeros estaban diciendo gilipolleces ahí dentro, pero tú has entrado como si vinieras a darme el pésame.

¿Qué coño ha pasado en el despacho de Arthur?

¿Hubbert ha vuelto a hablar? ¿Mi hermano ha metido las narices en el club?

¿Cinthya ha lloriqueado a su tío? ¿Qué cojones pasa?

Apreté la carpeta contra mi estómago, sintiendo cómo el calor de su cuerpo empezaba a derretir la barrera de hielo que había intentado levantar durante todo el camino. Tenerlo tan cerca, en un espacio tan pequeño y cerrado, me estaba nublando el juicio.

—Nadie ha hablado, Sebastian —susurré, levantando la vista para sostenerle la mirada—. Al contrario. Las fotos del fin de semana en tu casa de campo han sido un éxito absoluto. Los inversores están encantados y Arthur está frotándose las manos en su despacho.

—¿Y entonces por qué tienes esa cara? —Sebastian dio otro paso, acortando la distancia hasta que la punta de mis zapatillas rozaron sus pies descalzos.

Estiró la mano y, con una lentitud tortuosa, me quitó la carpeta de los dedos y la lanzó sobre la camilla, desarmándome por completo.

Luego, apoyó ambas manos en el borde de la camilla, una a cada lado de mis muslos, acorralándome en el sitio—.

No me mires así, nena. Llevo una semana durmiendo a pocos metros de ti sin poder tocarte, aguantando a mi hermano y a mi madre, y sé perfectamente cuándo estás intentando ocultarme algo. Habla.

Tragué saliva al notar el sutil roce de su camiseta contra la tela de mi blusa. El espacio entre nosotros se había vuelto inexistente.

—Arthur quiere que empecemos a planificar la estrategia de salida —solté de golpe, porque no podía seguir guardándome el secreto en el pecho—.

Faltan pocas semanas para que se cumpla el plazo de los tres meses del contrato.

Ha dicho que la tormenta ya ha pasado y que es hora de redactar el comunicado de nuestra ruptura amistosa.

Quiere que prepare el borrador esta tarde y me ha pedido que te informe antes.

Sebastián se quedó completamente inmóvil.

Sus ojos grises, que antes chispeaban con rabia, se oscurecieron de golpe, fijos en los míos.

Vi cómo el músculo de su mandíbula se tensaba y cómo su respiración se volvía repentinamente pesada.

La palabra «ruptura», aunque fuera ficticia, cayó entre los dos como un bloque de plomo.

—¿El borrador del comunicado? —repitió, con una voz tan baja y profunda que me vibró en el pecho—. ¿Ya?

—Sí —asentí, intentando mantener la cordura mientras su rostro se inclinaba sutilmente hacia el mío—.

Le he dicho que es mejor esperar... que por el bien del equipo y del partido del Bayern no deberíamos desestabilizarte ahora, a ojos de la prensa, claro.

He ganado algo de tiempo porque él está de acuerdo en aprovechar las vacaciones para esto.

Un par de semanas más, quizá, tal vez más.

Lo deja en nuestras manos. Pero... legalmente esto se acaba, Sebastian.

La farsa tiene una fecha de caducidad y ya podrás respirar tranquilo y volver a tu vida. Y yo a la mía.

Sebastian soltó una risa baja, sorda, peligrosa.

Acortó los últimos milímetros de distancia, y apoyó su frente suavemente contra la mía.

Sentí el calor abrasador de su piel y el olor a sándalo envolviéndome por completo.

Su mano derecha bajó por mi costado, despacio, hundiéndose en la tela de mi blusa hasta aferrarse a mi cintura con una fuerza que me hizo soltar un gemido ahogado.

—Pues vas a tener que inventarte más estrategias, jefa —susurró contra mis labios, con una fijeza ardiente que me borró las pocas ideas que me quedaban—.

Porque yo no pienso firmar esa puta ruptura en tres semanas.

Y tú tampoco quieres que lo haga. Dímelo, Olivia.

.. Dime que tienes tanto miedo como yo de que este maldito contrato se acabe.