Capítulo 17
Sebastián
Tener a Olivia Ward metida en mi cama, vestida con un pijama de algodón gris que le llegaba hasta las orejas y pegada al borde del colchón como si yo fuera un leproso, fue la peor tortura de toda mi puta carrera.
Ni los entrenamientos de invierno a seis grados bajo cero, ni los marcajes a presión en los derbis con el Arsenal eran peores que eso. Nada.
Apagué la luz de la mesita y me quedé mirando al techo en la penumbra, escuchando su respiración.
Iba rápida, entrecortada. Sabía perfectamente que no estaba dormida.
El colchón de mi antigua habitación estaba vencido por los años, inclinado sutilmente hacia el centro, y cada vez que ella intentaba mantener el equilibrio para no rodar hacia mi lado, sentía el temblor de su cuerpo.
«Quédate en tu puta línea, Everton», me repetí mentalmente, apretando los puños bajo la sábana.
Estaba a un solo movimiento de estirar el brazo, agarrarla por la cintura, romper la distancia y demostrarle que su armadura de algodón no servía de nada contra lo que nos estaba quemando por dentro.
Porque estaba convencido de que ella sentía lo mismo que yo.
Podía oler su perfume flotando en mi almohada.
En un momento de la madrugada, cambié de postura y mi brazo se extendió; las puntas de su pelo oscuro rozaron mis dedos.
Noté cómo ella contenía el aliento al instante, volviéndose de piedra.
Estuve a punto de girarme y besarla en la nuca, de mandarlo todo a la mierda.
Pero recordé su amenaza en la cocina: « Si cruzas la línea, el contrato se acaba » .
Y perder a Olivia ahora mismo me importaba mucho más que perder el maldito Mundial.
Al final, me dormí al alba, con los músculos agarrotados de tanto disimular y mantener la distancia. Una puta delicia de noche.
Al día siguiente se celebraba la fiesta de cumpleaños.
El jardín de mi madre se había convertido en un escaparate de hipocresía social.
Yo aguantaba el tipo con un traje de lino, sonriendo a los socios de mi padre y manteniendo a Olivia pegada a mi costado.
Me gustaba cómo encajaba bajo mi brazo, la firmeza con la que me devolvía los gestos cariñosos que tenía con ella como alimento para los fotógrafos ávidos de la mejor imagen, o de pillarnos si cometíamos un error y se destapaba la farsa; con ellos, nunca se sabe.
El día iba bien, parecía que lo teníamos todo bajo control.
Hasta que apareció ella.
—Cynthia —mascullé entre dientes, sintiendo cómo se me revolvían las tripas al verla cruzar el arco de hiedra con ese vestido verde esmeralda.
—Es Cynthia Pendelton —soltó mi hermano Christian a nuestro lado, relamiéndose como un gato ante un plato de leche—. La sobrina de Arthur... y la novia de la infancia de Sebastian.
Miré de reojo a Olivia y vi cómo se le borraba la sonrisa de jefa de prensa por una fracción de segundo.
Sus ojos marrones se entornaron, fijos en la rubia que ya caminaba hacia nosotros con paso firme.
Un destello de posesividad salvaje cruzó su mirada.
Al verla así, el estómago me dio un vuelco.
No eran celos profesionales por la campaña; a mi jefa le jodía que otra mujer se acercara a mí. Y eso me encantó.
—¡Seb, cariño! —Cynthia llegó hasta nosotros, ignorando olímpicamente a Olivia y plantándome dos besos en las mejillas que olían a un perfume empalagoso que detestaba—.
Quería darle una sorpresa a tu madre y creo que lo he conseguido.
Estás increíble. Veo que el Kingsford te sienta bien, aunque mi tío dice que últimamente le das demasiados dolores de cabeza.
—Cynthia. Qué sorpresa —respondí, con una voz tan fría que habría congelado el champán que servían los camareros. Pasé mi mano por la cintura de Olivia, apretándola contra mí con fuerza, marcando territorio—. Te presento a Olivia Ward. Mi prometida. Y la jefa de prensa del club.
Cynthia desvió la vista hacia Olivia por primera vez, midiéndola de arriba abajo con una condescendencia puramente aristocrática.
—Ah, sí. La chica de París. He leído algo en las revistas —dijo Cynthia, con una sonrisa falsa—.
Qué trabajo tan estresante debes de tener, Olivia.
Sebastian siempre ha sido un poco... difícil de domar.
En las distancias cortas requiere mucha atención.
Recuerdo cuando pasábamos los veranos aquí y tenía que perseguirlo por toda la finca para que se sentara a cenar.
—Los tiempos cambian, Cynthia —intervino Olivia.
Su voz sonó suave, impecable, pero el agarre de sus dedos en mi brazo era tan fuerte que me clavó las uñas a través de la tela del traje—.
Ahora Sebastian es un hombre que sabe perfectamente dónde tiene que estar.
Y te aseguro que no hace falta perseguirlo; viene solito cuando yo se lo pido.
Casi suelto una carcajada allí mismo. Mi jefa acababa de sacar los colmillos franceses delante de toda mi familia.
Christian, que observaba la escena apoyado en una columna, dio un sorbo a su copa con una sonrisa de pura diversión.
El ambiente estaba a punto de estallar, pero yo tenía el control de la situación. O eso creía.
—Bueno, pequeños —mi madre apareció de la nada, cogiendo a Cynthia del brazo con excesiva familiaridad—.
Cynthia se va a quedar a cenar con nosotros.
Sebastian, tu padre quiere que hables con Lord Cavendish en el salón principal antes de que empiece el cóctel.
Olivia, querida, acompáñame, quiero enseñarte las flores del invernadero.
Miré a Olivia, buscando una vía de escape, pero ella me dedicó una mirada cargada de advertencia. Teníamos que seguir jugando.
—Ve, cariño —dijo ella, soltándome el brazo con una frialdad que me devolvió de golpe a la realidad. Lo más sorprendente es que me dio un ligero beso en la comisura de los labios como si de verdad fuera su novio. Una de cal y una de arena me dejaron sin entender nada—. Yo acompañaré a tu madre.
A las seis de la tarde, la situación se había vuelto insostenible.
Cavendish resultó ser un viejo pesado que no paraba de hablar de inversiones, Cynthia no dejaba de buscar mi mirada desde el otro lado de la terraza simulando una intimidad que ya no existía, y Olivia.
.. Olivia se había transformado en un iceberg flotando por el jardín.
Apenas me miraba, y cuando lo hacía, sus ojos marrones echaban chispas.
Estaba furiosa, devorada por unos celos que se negaba a admitir, y yo estaba harto de tanta farsa familiar.
Me acerqué a ella mientras la orquesta empezaba a preparar los instrumentos para el baile de la noche. Estaba junto a la barra exterior, pidiendo un agua con gas.
—Nos vamos —le susurré al oído, cogiéndola del brazo de forma decidida.
Olivia se giró, sorprendida, intentando zafarse con disimulo.
—¿De qué hablas, Sebastian? Tu madre ha organizado una cena de gala para cincuenta personas esta noche. No podemos dejarla plantada.
—Me importa una mierda la cena de mi madre, la galería de arte de Cynthia y los consejos financieros de Christian —le espeté, con la voz ronca, tirando de ella hacia la salida lateral del jardín—.
Mañana domingo madrugo. Tengo entrenamiento de alta intensidad a las siete de la mañana para preparar el partido de Champions contra el Bayern de Múnich.
El club me exige descanso y rendimiento, y solo me han dado un día libre por el cumpleaños.
Es la excusa perfecta. Ve a por tu maleta.
Te espero en el Aston Martin en cinco minutos.
Olivia me miró fijamente, sopesando mis palabras. Vio la tensión en mis hombros, la prisa en mis ojos y, sobre todo, las ganas locas que tenía de sacarla de esa mansión y encerrarme con ella en nuestro propio terreno.
—Cinco minutos, Capi —asintió, y por primera vez en toda la tarde, vi una chispa de alivio en su rostro.
Diez minutos después, el coche rugía por la carretera secundaria de Berkshire, dejando atrás las luces de la finca familiar. El silencio dentro del habitáculo ya no era denso por la presencia de mi hermano; era un silencio cargado de una electricidad estática que hacía que el aire pesara el doble.
Olivia miraba al frente, con los brazos cruzados. La farsa del fin de semana había terminado, estábamos volviendo a Londres sin mi gemelo, y la noche en el ático prometía ser mucho más peligrosa que la pasada en la cama de mi adolescencia.