Capítulo 16
Olivia
Sobrevivir a la tarde de cumpleaños con los Everton fue como cruzar un campo de minas con tacones de aguja.
Conseguí escaquearme de la «cita cultural» en la biblioteca con Christian alegando una oportuna migraña por el viaje, pero el verdadero dolor de cabeza me esperaba arriba, en el ala oeste de la mansión.
Eran las once de la noche. El silencio en la casa de campo era absoluto, roto únicamente por el crujido de la madera vieja y el azote del viento de Berkshire contra los cristales.
En la antigua habitación de Sebastian, la tensión se podía cortar con un cuchillo de carne.
El plan inicial que dibujé en mi mente era tan sencillo como esperar a que él se durmiera para cambiarme de ropa en el baño, meterme en la cama y fingir que era una estatua de sal hasta el amanecer, agarrada al borde para no caerme.
Pero Sebastian no tenía ninguna intención de ponérmelo fácil.
Llevaba media hora tumbado en el lado derecho de la cama, con el torso desnudo, apoyado contra el cabecero de caoba y sosteniendo un libro sobre táctica militar que sospechaba que ni siquiera estaba leyendo.
Sus ojos grises seguían cada uno de mis movimientos.
—¿Vas a quedarte a vivir dentro del baño, jefa? —su voz ronca rompió el silencio, cargada de esa ironía pesada que manejaba tan bien.
Estaba atrapada detrás de la puerta del baño, con mi neceser en la mano y un dilema lógico de proporciones internacionales porque no había cogido la ropa para dormir.
El camisón de seda negra de anoche quedaba terminantemente prohibido; era demasiada gasolina para el motor de Sebastian.
En su lugar, había rescatado del fondo de mi maleta un pijama de algodón gris, de pantalón largo y botones hasta el cuello, que llevo siempre que viajo para esos hoteles en los que el aire acondicionado convierte la habitación en un iglú.
Prácticamente una armadura medieval calentita y cómoda.
El problema era que cambiarme en el baño implicaba cruzar el cuarto frente a su mirada de depredador en el banquillo, para llegar hasta la maleta que se había quedado en el vestidor. Me envolví en una toalla y de un salto me situé al otro lado y me tapé con la puerta.
—Estoy organizando mis cosas, Everton —respondí, intentando que mi voz sonara gélida mientras me abrochaba el último botón del pijama hasta el mismísimo cuello—. No todo el mundo tiene la capacidad de dormir en un piso ajeno como si fuera el dueño del mundo.
Salí del vestidor con paso firme, arrastrando mis zapatillas de estar por casa. Sebastian bajó el libro despacio, y una sonrisa de medio lado, francamente insufrible, se dibujó en sus labios al ver mi indumentaria.
—Vaya. ¿Vamos a esquiar o a dormir? —se burló, recorriéndome con la mirada—. Creo que mi abuela Victoria dormía con menos capas que eso, jefa. ¿Te da miedo pasar frío o es que no te fías de mi caballerosidad británica?
—No me fío de nada que tenga tu apellido, Sebastian —le espeté, rodeando la cama por el extremo opuesto, como si fuera un territorio comanche.
Me metí bajo el edredón de lino blanco con una rigidez militar.
El colchón cedió sutilmente bajo mi peso, inclinándome de forma inevitable unos centímetros hacia el centro.
Hacia él. El calor que desprendía su cuerpo era como un radiador encendido en pleno invierno; se me metía por la piel a pesar del algodón grueso de mi pijama.
—Acuérdate de la línea, Everton —advertí, pegándome literalmente al borde izquierdo del colchón, de espaldas a él, con los ojos abiertos de par en par fijos en la pared.
—¿Qué línea? —escuché su risa baja, y una vibración que me recorrió la columna—. ¿La del contrato o la de la colcha? Porque como te pegues más al borde, te vas a caer al suelo, Olivia. Y si te caes, tendré que recogerte, y el contrato prohíbe el contacto físico no autorizado.
—Cállate y apaga la luz.
La lámpara de la mesita se apagó, y el cuarto quedó sumido en una penumbra azulada.
Dormir con Sebastian Everton era una tortura psicológica.
Cada vez que él cambiaba de postura, el colchón se movía y mi cuerpo rodaba sutilmente hacia el suyo.
Podía oler el sándalo de su piel, escuchar su respiración profunda y acompasada, y el roce sutil de las sábanas contra sus piernas desnudas.
En un momento de la madrugada, su brazo izquierdo se extendió por la almohada, y sus dedos rozaron apenas las puntas de mi pelo.
Me quedé completamente congelada, conteniendo el aliento, con el corazón golpeándome las costillas como un balón contra el poste.
Quería girarme. Dios, quería girarme, mandar el pijama de algodón a la mierda y pegarme a ese torso tatuado hasta perder el sentido.
Por supuesto, no me moví. Me mantuve firme en mi trinchera de orgullo, contando los segundos hasta que el amanecer filtró la primera luz gris por las cortinas.
El día oficial del cumpleaños comenzó con un despliegue de falsedad aristocrática digno de los Windsor.
Los jardines traseros de la mansión se habían llenado de carpas blancas, mesas con canapés de salmón y caviar, entre otros, y una orquesta de cuerda que tocaba música clásica de fondo.
Los tíos de Escocia, otros miembros de la familia, los socios y amigos de mis falsos suegros y los periodistas de las revistas de sociedad de Londres pululaban con sus copas de champán.
Sebastian y yo hacíamos nuestra parte a la perfección.
Él llevaba un traje de lino azul oscuro sin corbata, con el pelo castaño sutilmente despeinado, y me tenía agarrada por la cintura con una firmeza posesiva que mandaba un mensaje claro a cualquiera que nos mirara.
Yo sonreía, le daba pequeños toques en el pecho o me apoyaba ligeramente en su hombro, y actuaba como la mujer que había domado al Muro del Kingsford.
—Lo estás haciendo muy bien, nena —me susurró al oído mientras saludábamos con la mano a un fotógrafo a lo lejos—. Si dejas el periodismo, te auguro un gran futuro en Hollywood.
—Págame el bonus de París y me lo pensaré —le respondí con una sonrisa idílica de cara a la galería, aunque por dentro seguía agotada por la falta de sueño.
En ese momento, la música de la orquesta pareció amortiguarse cuando una figura cruzó el arco de hiedra del jardín.
Era una mujer. Alta, rubia con un corte bob impecable, vestida con un vestido de cóctel de seda verde esmeralda que gritaba «dinero e influencias».
Caminaba con la seguridad de quien conoce cada rincón de esa casa.
Mi falsa suegra, Victoria, se iluminó al verla y dejó su copa para ir a recibirla con dos besos entusiastas.
—¡Cynthia, querida! Pensaba que seguías en tu galería de arte en Milán —exclamó la madre de Seb, lo suficientemente alto como para que media terraza la escuchara. Algo dentro de mí me dijo que ese entusiasmo era fingido.
Sentí cómo el cuerpo de Sebastian se tensaba por completo bajo mi mano. El músculo de su brazo se volvió de piedra y su mandíbula se apretó tanto que temí que se le rompiera un diente.
—¿Quién es? —le pregunté por lo bajo, manteniendo la sonrisa congelada en mi rostro, aunque un pinchazo extraño y agudo, sin venir a cuento, me atravesó el estómago y un registro amargo se quedó atrapado en mi garganta. ¿Celos?, no, me dije que no cien veces.
Antes de que Sebastian pudiera responder, Christian apareció de la nada a nuestro lado, con una copa de champán, sin dejar de mirarme con esa sonrisa calculadora que tanto odiaba.
—Es Cynthia Pendelton —soltó Christian, recreándose en cada sílaba—.
La sobrina de Arthur, vuestro querido presidente.
Y, casualmente, la novia de la infancia de Sebastian.
Estuvieron a punto de prometerse justo antes de que mi hermano firmara su primer gran contrato con el Kingsford y decidiera que las modelos de Instagram eran más divertidas que una chica de buena familia.
Miré a la tal Cynthia. Se estaba girando hacia nosotros y, al ver a Sebastian, sus ojos azules se iluminaron con una familiaridad que me revolvió las tripas.
Le dedicó una sonrisa nostálgica, ignorándome por completo, y comenzó a caminar hacia nosotros con el paso elegante de quien reclama lo que una vez fue suyo.
En ese instante comprendí por qué Victoria quería quitarme de en medio la tarde anterior con esa visita guiada por Christian a la biblioteca.
Junto a esa revelación, sentí la farsa del contrato demasiado opresiva sobre mi cuerpo, como una losa pesada que no era capaz de levantar, y el hecho de ver a otra mujer mirando a «mi» capitán con ese brillo en los ojos me dejó un sabor de boca amargo que ninguna estrategia de comunicación iba a poder limpiar.