La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Olivia tragó saliva. Sus ojos marrones bajaron un segundo a mi pecho, luego a la cama y, finalmente, regresaron a los míos, recuperando esa chispa de orgullo que tanto me encendía.

—Bien. Dormiremos juntos. Pero se aplican las mismas reglas que en todo lo demás —me advirtió, dando un paso al frente y apuntándome al pecho con el dedo índice—.

Tú te quedas en tu lado y yo en el mío. Si intentas pasarte de listo, si intentas usar la excusa de tus celos o de tu hermano para tocarme. ..

—¿Me vas a denunciar a la directiva, jefa?

—la interrumpí con una sonrisa de medio lado, atrapándole el dedo con mi mano.

Mi palma era el doble de grande que la suya, y su piel estaba fría—.

Anoche en la cocina no parecía que te molestara tanto que te tocara.

De hecho, juraría que fuiste tú la que se apoyó contra mi pecho.

Olivia retiró la mano de un tirón, con las mejillas encendidas en un rubor violento que intentó disimular dándose la vuelta hacia el espejo de la cómoda para retocarse el pelo.

—Anoche fue un error provocado por el cansancio.

No se va a repetir —sentenció, mirándome a través del reflejo—.

Ahora, cámbiate de ropa. Tu madre ha dicho que el almuerzo es en menos de una hora y no pienso bajar ahí abajo sola con tu hermano Christian rondando como un buitre y un montón de gente que no conozco. Eres mi anfitrión, que no se te olvide.

—Christian no te va a hacer nada si yo no estoy delante —dije, quitándome el jersey de punto y dejándolo caer sobre la silla—. Sospecho que solo quiere picarme, como siempre.

—¿Quieres decir que no soy lo suficientemente atractiva para que le guste?

—Yo no he dicho eso; solo que…, él…, déjalo —me negaba a decirle la mujer impresionante que es y regalarle los oídos. Estaba claro que no debía bajar la guardia ni un puto segundo o me metían el gol por la escuadra.

Me quedé en camiseta blanca, dejando a la vista los tatuajes que me cubrían el brazo derecho y los hombros anchos.

Por el espejo, vi cómo los ojos de Olivia seguían el movimiento de mis músculos, fijos en la cicatriz que tenía cerca de la clavícula.

Mantuvo la respiración suspendida durante tres segundos eternos antes de obligarse a mirar hacia otra parte.

—Me cambio en el baño, así estarás más tranquila. Avísame cuando pueda entrar —le concedí. Cogí mis cosas y desaparecí por la puerta contigua al armario.

El comedor principal de la finca parecía el escenario de una película de época.

Una mesa larga de caoba para doce comensales, vajilla de porcelana con el escudo familiar y cubertería de plata que brillaba bajo la luz de la lámpara de araña.

A pesar de los arreglos florales espectaculares y los paquetes de regalos perfectamente envueltos sobre el aparador en honor al cumpleaños de mi madre, Victoria, el ambiente seguía siendo tan festivo como un funeral de Estado.

En esta casa, incluso las celebraciones de la matriarca se trataban como un frío negocio.

Mi padre, un hombre severo de pelo canoso y mirada de juez, presidía la mesa.

A su derecha estaba la cumpleañera, y frente a mí, Christian, impecable con un traje azul marino que parecía costar más que el sueldo mensual de la mitad de los empleados del club.

Olivia estaba sentada a mi lado. Mi mano derecha descansaba sobre su muslo por debajo de la mesa, un gesto oculto a los ojos de mis padres, pero que mantenía a Olivia rígida como una vela, con los músculos de la pierna tensos bajo mi palma caliente.

Cada vez que movía ligeramente los dedos, ella daba un sorbo corto a su copa de vino blanco.

Al otro lado de la mesa, la tía Elspeth y el tío Callum, el ala escocesa de la familia de mi madre, devoraban el rosbif como si no hubieran comido en una semana, aportando el único ruido real a la velada.

—¡Por los maravillosos años de mi hermanita Victoria! —bramó el tío Callum, levantando una copa de cristal con un generoso chorro de whisky de malta—. ¡Que estás hecha una rosa, joder! Y por el Kingsford, que este año nos trae la Premier.

—Callum, modera ese vocabulario en la mesa, por Dios, sobre todo hoy —lo reprendió mi madre con una sonrisa tensa y aristocrática, aunque sus ojos azul hielo no se desviaron de Olivia ni un segundo—. Gracias por el brindis, de todos modos.

—¡Déjame en paz, Vicky! Un cumpleaños no es cumpleaños sin risas —Callum le guiñó un ojo a Olivia—. Además, Seb ha traído el mejor regalo de todos. Con una jefa de prensa así esperándole en el palco, no me extraña que el capitán del equipo se hinche a meter goles. Menuda planta tenéis.

La tía Elspeth soltó una carcajada estridente desde su asiento.

—Ya te digo. Victoria, querida, a ver si se te pega algo de la juventud de la chica, que tienes a los hombres de esta casa que parecen estatuas de cera —bromeó la tía, ganándose una mirada fulminante de mi padre.

Olivia sonrió, manejando la sutil hostilidad de la mesa con una soltura que me dejó sin aliento.

—Créame, tía Elspeth, mantener a Sebastian a raya fuera del campo da tanto trabajo como organizar el protocolo de esta maravillosa celebración —dijo Olivia, inclinando la cabeza hacia Victoria en un gesto de respeto impecable.