La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 15
47%

Capítulo 15

Sebastián

A mi izquierda, Olivia miraba por la ventanilla.

Llevaba un jersey de cachemira color crema, unos pantalones negros sutilmente ajustados y unas botas altas; un look de «fin de semana en el campo» que resultaba tan insultantemente elegante que me costaba mantener los ojos fijos en la carretera.

Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y, de vez en cuando, apretaba los dedos.

Estaba nerviosa. Normal. Una cosa era torear a los periodistas de la Premier y otra muy distinta era sentarse a la mesa de Victoria Everton.

En los asientos de atrás, el maldito regalo de cumpleaños de mi madre: mi hermano Christian, repasando la apertura de la bolsa de Nueva York en la tablet como si no estuviera viajando en el coche de un hombre que anoche estuvo a un milímetro de empotrar a su novia contra la encimera de la cocina.

—Podrías pasar de tercera a cuarta, Sebastian —soltó Christian desde atrás, sin levantar la vista de la pantalla—. Estás revolucionando el motor innecesariamente. Las facturas del taller no las cubre el club.

Apreté el volante de cuero con tanta fuerza que los nudillos me crujieron. Miré por el retrovisor interior, clavando mis ojos grises en su maldito rostro idéntico al mío.

—Si no te gusta cómo conduzco, Christian, haberte venido en tren —le espeté, acelerando a propósito para notar el tirón del Aston Martin—. En mi coche mando yo. En todos los sentidos.

Olivia soltó un suspiro de fastidio y se giró hacia mí, dirigiéndome esa mirada de jefa de prensa que intentaba ocultar el brillo de pánico que tenía desde que nos cruzamos en el pasillo esta mañana.

Ninguno de los dos habíamos mencionado lo que pasó en la cocina a las dos de la mañana.

El roce de mi mano, su hombro desnudo, el olor a deseo y esa maldita frase: « Vas a terminar pidiéndome tú que rompa ese contrato » .

Pero la tensión estaba ahí, flotando entre nosotros como un cable de alta tensión pelado.

—¿Podéis comportaros como dos adultos durante cinco minutos?

—intervino Olivia, con la voz afilada—. Sebastian, tu madre ha invitado a dos fotógrafos de la revista Vogue para que cubran el cóctel de bienvenida en los jardines.

Arthur ha sido muy claro: si la prensa nota la más mínima fricción entre nosotros, o si se dan cuenta de que tú y yo parecemos dos extraños que se odian, la campaña se cae.

Así que haz el favor de poner tu sonrisa de capitán y haz tu trabajo.

—Mi trabajo es jugar al fútbol, Ward —gruñí, reduciendo la velocidad al tomar el desvío hacia la finca familiar—. Esto es un circo.

—Es el circo que te va a llevar a Qatar, Everton, y el que va a pagar tu ficha los próximos años —me recordó ella, inclinándose sutilmente hacia mí.

Al hacerlo, el aroma de su perfume me golpeó la cara, devolviéndome de golpe a la penumbra de la encimera.

Se me secó la boca—. Así que, cuando bajemos de este coche, me vas a coger de la mano, me vas a sonreír y vas a actuar como si no pudieras vivir sin mí. ¿Entendido?

La miré de reojo, bajando la vista un segundo hacia sus labios, que hoy llevaban un tono mucho más suave, casi natural.

—Eso no va a ser difícil de fingir, jefa —susurré, lo suficientemente bajo para que mi hermano no lo oyera, disfrutando de cómo sus mejillas se teñían de un rosa sutil de inmediato.

Cruzamos las puertas de hierro forjado de la propiedad de los Everton.

La casa era una mansión de ladrillo rojo de la época georgiana, rodeada de hectáreas de césped perfectamente cortado y árboles centenarios.

El sitio apestaba a dinero de linaje, a herencias y a esa disciplina británica rígida en la que mi padre nos había criado.

En cuanto detuve el motor frente a la escalinata principal, la puerta del copiloto se abrió. Un par de criados se acercaron a por el equipaje y, efectivamente, al fondo del jardín, alcancé a ver el destello de los teleobjetivos de los fotógrafos autorizados. El espectáculo comenzaba.

Me bajé del coche, rodeé el capó y esperé a que Olivia saliera.

Cuando lo hizo, no le di tiempo a reaccionar.

Le pasé el brazo por la cintura, pegándola firmemente a mi costado.

Sentí cómo se tensaba por la sorpresa, pero de inmediato relajó los hombros y me rodeó la espalda con el brazo, entrelazando sus dedos en mi jersey.

—Sonríe, Capi —murmuró entre dientes, mirando hacia la escalinata donde mi madre ya nos esperaba junto a un camarero con tres copas de champán en la bandeja—. Nos están apuntando.

—Estoy sonriendo, nena —le respondí al oído, bajando la mano por su cintura hasta apoyarla justo en la curva de su cadera, un gesto posesivo, deliberado, diseñado tanto para los fotógrafos como para el imbécil de mi hermano que venía caminando detrás—. Disfruta del paseo.

Caminamos hacia mi madre. Victoria Everton era una mujer de sesenta años que parecía tener cuarenta, con el mismo pelo castaño que nosotros y unos ojos azules que analizaban el mundo como si fuera un tablero de ajedrez.

Nos observó al acercarnos, deteniéndose en la presión de mi mano sobre la cadera de Olivia.

—Sebastian, querido. Por fin traes a casa a alguien que no lleva ropa de chándal en los eventos benéficos —dijo mi madre, ofreciéndole las mejillas a Olivia con esa cortesía gélida de la aristocracia—.

Olivia, un placer tenerte aquí. Mi hijo Christian me ha hablado muchísimo de ti por teléfono esta semana.

Dice que eres... una mujer excepcional gestionando activos difíciles.

Me quedé helado en mitad de la escalinata. ¿Christian había estado hablando de Olivia con mi madre? ¿El activo difícil era yo o sus cuentas?

Miré a mi hermano, que subía los escalones con las manos en los bolsillos, dedicándole a mi madre una sonrisa perfecta y cómplice. El muy bastardo estaba jugando en su propio terreno, usando la influencia de la familia para mover sus piezas.

—Christian siempre ha sido muy eficiente con los informes, mamá —intervine, apreté el agarre en la cintura de Olivia, y noté al segundo cómo ella me devolvía un apretón de advertencia en las costillas—. Pero Olivia no es un activo del club. Es mi pareja. Y sus asuntos los gestionamos nosotros.

Mi madre arqueó una ceja, divertida por mi tono agresivo-defensivo.

—Por supuesto, querido. Bueno, pasad dentro.

El almuerzo se servirá en una hora. Por cierto, Sebastian.

.. como la casa está llena con tus tíos de Escocia, he preparado tu habitación de siempre para vosotros dos.

Espero que no os importe compartir el espacio; sé que en Londres tenéis un ático enorme, pero aquí tendréis que conformaros con tu antigua cama. Al fin y al cabo, ya vivís juntos, ¿no?

Miré a Olivia de golpe. Ella se había quedado completamente pálida, con los ojos marrones abiertos de par en par.

Una sola cama en mi antigua habitación. Sin muros, sin pasillos de por medio, sin Christian interrumpiendo en mitad de la noche.

El fin de semana en el campo acababa de convertirse en una zona de peligro absoluto, y esta vez, el contrato no iba a ser suficiente para mantener las manos quietas.

El interior de la mansión de mi familia olía a madera encerada, alfombras caras y a esa opulencia rancia que a mí siempre me había asfixiado, pero que a mi hermano Christian le sentaba como un guante.

Subimos la gran escalinata de roble hacia el ala oeste.

Yo iba delante, cargando el maletín de cuero de Olivia y mi propia bolsa de viaje, mientras ella me seguía a un par de pasos.

Su lenguaje corporal había cambiado; ya no era la jefa de prensa implacable que controlaba las zonas mixtas del estadio.

De vez en cuando miraba los retratos al óleo de mis antepasados, colgados en las paredes, y alcancé a ver cómo se humedecía los labios con la lengua.

Estaba procesando la ratonera en la que se había metido.

Llegamos a la puerta del fondo del pasillo. La empujé con el pie.

Mi antigua habitación seguía prácticamente igual que cuando me marché a las categorías inferiores del Kingsford a los dieciséis años.

Paredes azul marino, algunas fotos enmarcadas levantando trofeos juveniles, y una estantería con un par de botas de fútbol viejas firmadas.

Pero el centro de atención indiscutible era la cama: una estructura de madera de caoba con un edredón de lino blanco inmaculado.

Era una cama de matrimonio estándar, cómoda para una persona de mi envergadura, pero ridículamente estrecha para dos cuerpos que llevaban días repeliéndose y atrayéndose con la fuerza de dos imanes.

Dejé las bolsas en el suelo y cerré la puerta. El pestillo de bronce hizo un clic rotundo que sonó como un disparo en el silencio del cuarto y que anunciaba que la escena acababa de cambiar. «¿Y ahora qué coño hacemos?».

Olivia se giró de inmediato, con los brazos cruzados y los ojos clavados en el colchón.

—Una cama, Sebastian. Tu madre nos ha puesto una sola cama —dijo, y por primera vez oí una nota de auténtico pánico en su voz ligeramente afrancesada, que intentaba camuflar con un tono demasiado agudo—.

Esto no formaba parte del trato. En el contrato se especificaba que mantendríamos las apariencias públicas , no que tendríamos que dormir respirando el mismo aire en una habitación de adolescentes.

Me quité las gafas de sol, dejándolas sobre la cómoda, y me acerqué a ella despacio. Me gustaba verla así. Desarmada. Sin la libreta de notas, sin las estrategias del club.

—A mi madre no se le escapa una —respondí, deteniéndome a un paso de ella, obligándola a levantar la cabeza para mirarme—.

Si le hubiéramos pedido habitaciones separadas, mañana a primera hora tendría a sus abogados investigando si nuestro idilio es real.

Victoria Everton huele la debilidad a kilómetros.

Así que sí, vamos a dormir juntos para guardar las apariencias. En esa cama. Durante dos noches.