La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Olivia

El restaurante en King's Road fue un ejercicio de alta tensión psicológica.

Cenar con Christian era como jugar al ajedrez con un espejo de Sebastian: físicamente tenía delante al hombre que me ponía a temblar las piernas, pero su mente era un laberinto de números, frialdad y comentarios mordaces a los que no le encontraba la gracia.

El flirteo de Christian era cerebral, borde, diseñado para recordarme que él era el Everton inteligente.

Sin embargo, mientras él hablaba de fondos de riesgo, mi mente seguía atrapada en el salón del ático, con los dedos de Sebastian grabados a fuego en mi cintura y su cuerpo aplastándome contra el ventanal.

Regresamos al piso pasadas las once de la noche.

Christian se retiró a su habitación con una despedida formal y analítica, dejándome sola en la penumbra del pasillo.

No intentó nada conmigo, pero eso Seb no lo sabía.

O era una estrategia para calentarme poco a poco hasta desearle, o solo quería retar a su hermano.

Me metí en la habitación con la duda apretando mi garganta.

No podía dormir. La adrenalina me corría por las venas como cafeína pura.

A las dos de la mañana, harta de dar vueltas en la cama de la habitación de Seb, me levanté.

Me puse una bata corta de seda negra sobre el camisón del mismo tejido y salí descalza hacia la cocina a por un vaso de agua, y buscar relax en la casa desierta con la vista nocturna al Támesis.

La cocina estaba completamente a oscuras, iluminada únicamente por el resplandor azulado y tenue de las luces de la ciudad que entraba por los ventanales.

Me acerqué a la isla de mármol negro, saqué un vaso de cristal del armario y abrí la nevera. La luz blanca del electrodoméstico inundó la estancia de golpe, y ahogué un grito cuando vi una silueta recortada al otro lado de la barra.

Sebastian estaba sentado en una de las banquetas altas, con los codos apoyados en el mármol.

Llevaba solo unos pantalones cortos de algodón gris.

La luz de la nevera iluminaba el sudor de su torso, el perfil afilado de su mandíbula y esos ojos grises que parecían dos tormentas nocturnas fijas en mí.

Tenía un vaso con whisky y hielo en la mano.

—Vaya —susurró, con una voz tan ronca y pastosa por el alcohol que me erizó el vello de los brazos—. Ha vuelto la Cenicienta. ¿Qué tal la cena con el cerebro de la familia? ¿Te ha resultado muy estimulante hablar de la inflación de Wall Street?

Cerré la puerta de la nevera, devolviendo la cocina a esa penumbra íntima, rota solo por los reflejos del Támesis. Me apoyé contra la encimera, sosteniendo mi vaso de agua como si fuera un escudo.

—Ha sido una cena muy tranquila, Sebastian. Sin gritos, sin empujones contra los cristales y sin demostraciones chulescas de testosterona —mentí, forzando a que mi voz sonara firme, aunque el latido de mi corazón en los oídos era ensordecedor—. Algo a lo que tú no estás acostumbrado.

Seb soltó una risa amarga. Dejó el vaso de whisky sobre el mármol con un golpe seco y se levantó de la banqueta. Su silueta enorme se movió por la cocina con la agilidad silenciosa de un felino. Rodeó la isla de mármol hasta plantarse justo detrás de mí.

No me moví. Sentí el calor irradiando de su cuerpo antes de que llegara a tocarme. Se inclinó sobre mi hombro, pegando su pecho a mi espalda sobre la bata de seda. Su respiración, con un ligero olor a whisky, me acarició la oreja.

—Tranquila —repitió él, y su mano grande, caliente y de dedos largos se deslizó por la encimera hasta tocar la mía, rodeando el vaso de cristal—.

Qué palabra tan aburrida, jefa. No sé si viniste desde París buscando tranquilidad, y lo que has encontrado es meterte en el fango conmigo.

Y de los dos hermanos... tú y yo sabemos perfectamente cuál es el que te hace perder el control.

Su mano libre subió por mi brazo, despacio, haciendo que la seda de la bata se deslizara hacia abajo, hasta dejar mi hombro al desnudo.

Los dedos de Sebastian eran ásperos, curtidos por el deporte, y el contraste con mi piel me hizo soltar un leve suspiro que intenté ahogar entre los dientes.

Se inclinó más, rozando la punta de su nariz contra mi cuello, donde inhaló mi perfume con una lentitud tortuosa.

—Déjame en paz, Sebastian —susurré, pero mis palabras carecían de fuerza. Mis manos se apoyaron en el borde del mármol, y me incliné sutilmente hacia atrás, buscando más de su contacto. Era una contradicción destructiva: mi mente decía que parara, pero mi cuerpo clamaba por él.

—Dímelo mirándome a los ojos, jefa —me retó en un susurro, subiendo su mano hasta mi barbilla, obligándome a girar la cabeza hacia él.

Nuestros rostros quedaron a un centímetro en la oscuridad de la cocina.

Podía sentir el calor salvaje que desprendía, la dureza de sus abdominales rozando mi espalda baja y esa fricción intolerable que amenazaba con devorarnos.

Si su hermano Christian era un juego mental, esto con Sebastian era una colisión física, una fuerza de la naturaleza que no podíamos frenar.

—Si me besas... —comencé a decir, con la voz temblando por el deseo puro—. Si cruzas esta línea, Sebastian, el contrato se acaba. Mañana mismo recojo mis cosas y me vuelvo a casa. Tu Mundial se va a la mierda y la confianza de los inversores también. Piénsalo bien.

Yo sabía que no era del todo cierto, aun así Seb se congeló.

Sus ojos grises brillaron en la penumbra, fijos en mis labios.

Vi la lucha interna destrozándole el orgullo; el Mundial, el brazalete, los patrocinios, el sueño de su vida contra la mujer que tenía entre los brazos y que lo estaba volviendo loco.

Su pulgar rozó mi labio inferior, despacio, con una presión que me hizo estremecer.

—Eres una puta tortura, Olivia —gruñó, con los dientes apretados.

Se separó de mí de golpe, dando un paso hacia atrás en la oscuridad de la cocina, dejándome congelada por la repentina pérdida de su calor. Cogió su vaso de whisky, me dedicó una última mirada cargada de una promesa oscura y peligrosa, y caminó hacia el pasillo.

—Pero te aseguro una cosa: vas a terminar pidiéndome tú que rompa ese maldito contrato. Y no va a hacer falta que Christian te ayude a leer la letra pequeña.

Se marchó, dejándome sola en la cocina, con el hombro desnudo, la respiración rota y la certeza absoluta de que las paredes de ese ático no iban a aguantar mucho más tiempo antes de estallar en mil pedazos.