La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 13
41%

Capítulo 13

Sebastián

—¿Se puede saber qué coño estás haciendo, Olivia?

Di dos pasos hacia ella, acorralándola contra el respaldo del sofá de cuero.

El espacio entre nosotros se redujo a nada.

Podía oler su perfume, esa maldita mezcla de azahar y algo dulce pero ácido que se me metía por la nariz y me borraba el sentido de la orientación.

La luz gris del atardecer de Londres entraba por el ventanal, tiñendo el salón de sombras alargadas y recortando su silueta.

Olivia ni parpadeó. Mantuvo la barbilla alta, con sus ojos marrones que parecían decirme que no me tenía el más mínimo miedo, clavados en los míos, aunque alcancé a ver cómo la pequeña vena de su cuello latía al revés, rápido, delatando que su pulso iba a mil por hora.

—Todo esto es trabajo, Sebastian, ya lo sabes —respondió, y su voz sonó tan limpia y formal que me dieron ganas de sacudirla ligeramente para que despertara  a la realidad—.

Y parte de mi trabajo incluye blindar mi propio futuro financiero mientras tú te dedicas a jugar al fútbol y a tener rabietas de patio de colegio.

Tu hermano es un profesional impecable. Si él ve un error en mi contrato, lo lógico es que lo escuche.

—Mi hermano está intentando meterse en tus bragas, Ward.

No me jodas con el contrato —solté. La palabra salió cruda, directa, sin los filtros que Arthur Pendelton me obligaba a usar en las ruedas de prensa—.

Lo sé yo, lo sabe él y lo sabes tú. Le sigues el juego.

Te hace gracia el contable. Te encanta ver cómo me subo por las paredes cada vez que lo miras con esa sonrisita de suficiencia que te traes desde París.

Olivia soltó una risa seca, dio un paso hacia el frente, en lugar de retroceder, y pegó su cuerpo casi al mío. Sentí el calor de su pecho a través de mi camiseta de entrenamiento.

—¿Y a ti qué más te da? —me desafió, entornando los ojos, con los labios tan cerca de los míos que sentía el calor de su respiración—.

Recuérdamelo, por favor, porque creo que me he perdido algo.

¿Hay alguna cláusula en nuestro acuerdo de tres meses que diga que tengo que guardarte ausencia?

¿Acaso eres mi novio de verdad? Esto es una farsa.

Un lavado de cara. Yo duermo en tu cama de dos metros y tú en la de invitados.

Lo que yo haga con mi vida privada fuera de las cámaras no es de tu incumbencia.

Si quiero cenar con Christian, cenaré con Christian.

Un rugido sordo nació en mi garganta. No lo pensé. La rabia, los celos que llevaba tragándome desde el entrenamiento y esa atracción animal que me quemaba por dentro desde el primer día que la vi en el despacho de Arthur explotaron.

Agarré a Olivia por la cintura, hundiéndole los dedos en la carne por encima de la tela de su camisa, y la empujé ligeramente hacia atrás para no besarla, que es lo que me pedía el cuerpo.

Su espalda chocó contra el gran ventanal de cristal del salón y se apoyó en él.

Mi gemelo, el Aston Martin negro abajo en el garaje, los sesenta mil tíos abucheándome en el Kings Crown Stadium. .. todo desapareció. Solo existía ella.

—No vas a cenar con él —susurré inclinado sobre ella, bloqueándola con mis dos brazos apoyados en el cristal, uno a cada lado de su cabeza.

Estaba tan cerca que podía ver las motas doradas en el marrón de sus pupilas—.

No vas a dejar que te toque, ni que te mire como si fueras un informe financiero que puede comprar.

Estás en mi casa, Olivia, bajo contrato.

Y mientras tu nombre esté ligado al mío en los periódicos, eres mía de cara al mundo.

Y si sigues jugando a provocarme utilizando a mi propio hermano.

.. juro por Dios que te voy a demostrar lo poco predecible que puedo llegar a ser.

Su respiración se volvió completamente errática.

Vi cómo sus ojos bajaban a mi boca, despacio, con un hambre que intentaba camuflar bajo esa fachada de jefa de prensa gélida.

Sus manos subieron a mi pecho, inicialmente para empujarme, pero sus dedos se enredaron en la tela de mi camiseta, apretándome contra ella.

El roce de sus muslos contra los míos, la dureza del cristal a su espalda y la tensión de nuestros cuerpos al borde del colapso crearon un vacío de aire que nos dejó mudos.

Estaba a un milímetro de besarla. De morderle ese labial rojo y mandarlo todo a la mierda. Quería saborear la resistencia que ponía, doblegar ese orgullo francés y escucharla gemir mi nombre en lugar de darme órdenes.

—¿Interrumpo el entrenamiento táctico?

La voz de Christian llegó desde el pasillo como un jarro de agua helada.

Nos separamos de golpe, como si nos hubiera alcanzado una descarga eléctrica. Olivia se alisó la camisa con las manos temblorosas y se dio la vuelta hacia el ventanal, mirando hacia las luces de la ciudad para ocultar su rostro encendido.

Yo me giré despacio, con los puños cerrados, sintiendo una vena latir con violencia en la sien.

Christian estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y esa mirada de superioridad que me daban ganas de arrancarle de un puñetazo.

Como cada vez que mi padre nos comparaba por sus putas buenas notas sin reconocer mis méritos deportivos.

—Solo le estaba recordando a Olivia cuáles son las prioridades del club, Christian —dije, con la voz rota, jadeando sutilmente—. No te metas donde no te llaman.

Mi hermano sonrió de lado, frío, calculador.

—Ya veo. Pues que tus prioridades no rompan los cristales del piso, Sebastian. Papá siempre decía que los animales sin control acaban en el banquillo. Olivia, la mesa para dos en el restaurante de King's Road está reservada para las ocho. Te espero en el coche.

Christian dio media vuelta. Miré a Olivia de reojo; seguía de espaldas, pero su reflejo en el cristal me devolvió una mirada cargada de una confusión salvaje.

Habíamos estado a un segundo de prenderle fuego al ático con el calor que desprendíamos, y los dos sabíamos que la próxima vez no habría un hermano para detener el incendio.