La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Sebastian

—Como te descuides, te roban la cartera en tu propia casa.

La frase de Ethan se me clavó en el pecho como un placaje a destiempo, de esos que te dejan sin aire y te revientan las costillas. Me detuve en seco sobre el césped húmedo de la ciudad deportiva. El sudor de la frente me escocía en los ojos.

Miré hacia la cristalera del edificio de oficinas.

Allí estaba ella. Olivia. Llevaba una gabardina beige corta que le marcaba la cintura y el pelo oscuro recogido en esa pinza que se ponía cuando estaba concentrada.

Tenía la tablet pegada al pecho y hablaba con uno de los tíos de prensa, pero yo no podía dejar de ver la sombra de mi hermano Christian flotando a su alrededor.

El recuerdo de ayer por la tarde, de los dos encerrados en la habitación de mi hermano, casi pegados sobre el escritorio mientras Christian le tocaba los dedos «revisando el contrato», me encendió la sangre.

—Cierra la puta boca, Ethan, y céntrate en el rondo —le solté a mi compañero, con una voz tan ronca que pareció un gruñido.

Me di la vuelta y caminé hacia los vestuarios a zancadas pesadas, arrancando pedazos de césped con los tacos.

Estaba furioso. No con Ethan, ni siquiera con Christian.

Estaba furioso conmigo mismo porque no tenía ningún maldito derecho a sentir que me quemaba el estómago por dentro.

Olivia no era mía. Todo esto era un negocio, un maldito pacto de tres meses para limpiar mi imagen y salvar mi participación en el Mundial y la pasta de los patrocinios. Maldita Hubber y malditos cotillas.

Pero ver a mi gemelo, el listo, el perfecto, el que mi padre siempre ponía de ejemplo porque no se metía en líos, invadiendo mi casa y flirteando con la única mujer que me había hecho morder el polvo, me estaba volviendo loco.

Me metí bajo la ducha del vestuario sin esperar a que el agua se calentara. El chorro helado me golpeó la espalda, pero no sirvió de nada para bajarme las revoluciones.

«Solo es una estrategia para darte celos, Everton; Chris me conoce mejor que nadie y se ha dado cuenta de que Olivia me importa antes de saberlo yo.

Porque, me importa, ¿verdad? ¡Joder! Es un  tocapelotas, como siempre lo ha sido», me repetí, con las palmas de las manos apoyadas contra los azulejos blancos, dejando que el agua me corriera por el pelo.

Olivia era una profesional de las relaciones públicas; sabía perfectamente qué botones pulsar para hacerme rabiar como lo que hizo con el puto vestido de la gala.

Enseguida se dio cuenta de que Christian era mi punto débil.

Lo que ella no calculaba es que un animal acorralado no sigue las reglas del manual corporativo.

Dos horas después, aparqué el Aston Martin en el garaje del edificio de Chelsea. Subí en el ascensor privado apretando los dientes, con la bolsa de deporte colgada del hombro.

Cuando la puerta blindada del ático hizo clic y se abrió, lo primero que escuché fue una risa.

Era la risa de Olivia. Una risa limpia, ligera, de esas que nunca me dedicaba a mí porque siempre estaba demasiado ocupada poniéndome límites o mirándome como si fuera un dolor de cabeza. Venía del salón.

Caminé por el pasillo de madera oscura y me detuve en el umbral.

La estampa me revolvió las tripas. Christian se había quitado la chaqueta del traje y tenía las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, mostrando unos brazos idénticos a los míos, quizá un poco menos musculados y sin los tatuajes.

Estaba sentado en el sofá de cuero, muy cerca de Olivia, explicándole unos gráficos en una tablet.

Ella se había quitado los zapatos y tenía las piernas cruzadas en el asiento, sosteniendo una taza de té.

Parecían... una pareja de verdad. Un puto anuncio de vida perfecta y madura.

—Vaya, ha vuelto el gladiador —soltó Christian, levantando la vista con esa sonrisa suya tan borde y superior—. Pensaba que hoy tenías sesión de vídeo después del entrenamiento, Sebastian. Te has dado prisa.

Olivia se tensó sutilmente al verme. Bajó las piernas del sofá y se acomodó la camisa, pero me sostuvo la mirada con esos ojos marrones tan desafiantes, buscando mi reacción.

—Se ha suspendido —mentí, dejando caer la bolsa de deporte al suelo con un golpe seco que resonó en todo el salón.

Me acerqué despacio, manteniéndome alto, dejando que mi presencia física, que reflejaba mi cansancio, olía a vestuario y con la adrenalina a medio bajar, invadiera el espacio que mi hermano intentaba dominar con sus malditos tecnicismos financieros.

Me paré justo delante de ellos, cruzándome de brazos.

—Veo que seguís muy ocupados con… lo que sea eso —dejé caer cada palabra como una amenaza silenciosa, clavando mis ojos grises en los de Olivia—.

En el club ya habla todo el mundo de vosotros, Ward.

Mis compañeros os han visto paseando por los pasillos esta mañana como si fuerais los dueños del estadio.

Te recuerdo que la que cobra del Kingsford para proteger mi imagen eres tú, no él.

Christian soltó un suspiro de fastidio y se levantó del sofá, colocándose a mi altura. Éramos dos gotas de agua, frente a frente, pero el aire entre nosotros era puro veneno.

—No seas ridículo, Sebastian. Estoy protegiendo los intereses de Olivia porque tu club la está explotando con las cláusulas de rescisión. Deberías agradecérmelo. Si ella se cansa de tus niñerías y se larga, te quedas en una posición muy vulnerable.

—Esto es entre Olivia y yo, Christian. Lárgate a tu habitación —le espeté, dando un paso al frente, acortando la distancia hasta que casi nos tocábamos los pechos. Bajé el tono de voz, volviéndose peligroso—. Ahora.

Christian me sostuvo la mirada un segundo, midiendo mis fuerzas, pero terminó por ceder con una sonrisa cínica. Sabía que en una pelea de instintos, yo tenía las de ganar.

—Como quieras, hermanito. Tampoco quiero interrumpir tus berrinches de vestuario —recogió sus papeles de la mesa, miró a Olivia con una cortesía deliberada que me dio ganas de estamparlo contra el ventanal—. Seguimos luego, Olivia. La cena corre de mi cuenta esta noche.

Cuando la puerta de mi hermano se cerró, el salón se quedó en un silencio sepulcral.

Me giré hacia Olivia. Ella se había levantado también y me miraba con los brazos cruzados, impecable, fría, pero con la respiración sutilmente acelerada. La luz de la tarde de Londres empezaba a caer, dejándonos en una semipenumbra que me venía muy bien para que no leyera en mi cara.

—¿Se puede saber qué coño estás haciendo, Olivia? —le solté, dando dos pasos hacia ella, y acorralándola contra el respaldo del sofá.