La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Olivia

La habitación que solía ocupar Christian en el ático de su hermano se había transformado en una especie de sucursal fría de Wall Street.

Christian había desplegado tres pantallas portátiles sobre el escritorio de roble, y el ambiente olía a papel impreso, café solo y a ese perfume cítrico y seco, tan diferente del aroma a sándalo y madera que dejaba su hermano por los pasillos.

—El artículo cuatro es leonino, Olivia —comentó Christian, deslizando un bolígrafo de plata sobre las líneas del contrato.

Estaba sentado muy cerca de mí. Para revisar las cláusulas financieras del club, nos habíamos acomodado en la mesa auxiliar del dormitorio.

Al inclinarse para señalar una cifra, su hombro rozó el mío de forma sutil, prolongada.

Un contacto puramente físico que, aunque venía de un cuerpo idéntico al de Sebastian, no me provocó la misma descarga eléctrica, sino una especie de curiosidad analítica.

Christian era un témpano, pero sabía cómo usar la proximidad para marcar territorio.

—Si el Kingsford rompe el acuerdo por «causas de fuerza mayor», tú te quedas sin la mitad de los honorarios que tenías en París —continuó Christian, girando la cabeza hacia mí.

Sus ojos grises estaban a escasos centímetros de mi rostro—.

Arthur Pendelton sabe jugar sucio. Menos mal que has encontrado a un Everton que sabe leer la letra pequeña antes de que sea tarde.

—Siempre he sabido protegerme sola, Christian —respondí, sosteniéndole la mirada con una sonrisa de medio lado, con intención de entrar en ese juego de flirteo intelectual que tanto parecía gustarle—. Pero admito que tener a un guerrero financiero en casa ayuda a afilar las armas.

Christian soltó una risa baja y, estirando la mano con una lentitud deliberada, rozó la yema de sus dedos contra los míos al retirar el documento.

—No soy el enemigo, Olivia. Al menos, no el tuyo.

En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe, sin llamar.

Sebastian se plantó en el umbral. Llevaba una camiseta negra ajustada que evidenciaba la tensión de sus hombros y unos vaqueros oscuros.

Tenía una pelota de tenis en la mano, que apretaba rítmicamente, y sus ojos grises chispearon con una furia sorda al ver la distancia que nos separaba a Christian y a mí.

El ambiente de la habitación se volvió gélido en un pestañeo.

—¿Interrumpo la reunión de contables? —soltó Seb, con una voz tan ronca y afilada que habría cortado el papel de los contratos.

Caminó directo hacia la cómoda de la habitación, ignorando deliberadamente a su hermano—.

Me voy a entrenar por mi cuenta y no encuentro el segundo juego de llaves del Aston Martin.

Christian, juraría que las dejé en este cajón antes de que decidieras confiscar la habitación para montar tu oficina de Wall Street.

Christian ni se inmutó. Se reclinó en la silla con una parsimonia irritante.

—Están en la bandeja de la entrada, Sebastian. Como siempre. No hace falta que entres como un elefante en una cacharrería solo porque estamos trabajando.

Seb no se movió. Se giró despacio, apoyó una mano en el borde de la cómoda y clavó su mirada gris en la mía.

Había un destello de puros celos salvajes latiendo en sus pupilas, una furia sorda por vernos compartir un espacio tan íntimo; estaba segura de ello.

Yo me eché hacia atrás en la silla, cruzándome de brazos y disfrutando intensamente de ver cómo el gran capitán perdía los papeles por primera vez en mi presencia.

—No te preocupes, Seb, cariño —le dediqué una mirada cargada de ironía, sosteniéndole el pulso—. Christian solo me está ayudando a enmendar los errores que cometió el departamento legal de tu club en mi contrato de confidencialidad. Ya sabes, estrategia. Eso que dices que me sobra.

Seb apretó la mandíbula con tanta fuerza que se le marcó el músculo del cuello. Miró los papeles esparcidos entre nosotros, luego me miró a mí, deteniéndose un segundo de más en el escote de mi camisa, y soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de humor.

—Ya veo. Pues que no se os haga muy tarde con la estrategia en mi casa —dejó caer, remarcando la propiedad del ático con una hostilidad directa—. Esta semana tenemos un partido importante y no quiero ruidos en el pasillo. Las llaves las buscaré yo solito.

Se dio la vuelta y cerró la puerta con un golpe firme que hizo vibrar los cristales de la ventana. Christian volvió a mirar los papeles, esbozando una sonrisa fría y calculadora.

—Te lo dije, Olivia. Es puramente instintivo. Le molesta que toquen sus juguetes, aunque ni siquiera sepa cómo jugar con ellos.

Ese comentario, en el que se suponía que el juguete era yo, me molestó profundamente, pero me callé. No quería darle el gusto a Christian de entrar al trapo.

Al día siguiente, por la mañana, la tensión del ático se trasladó directamente a las instalaciones de entrenamiento del Kingsford FC.

Acompañé a Christian a las oficinas del club a primera hora; se había ofrecido a presentar la enmienda de mi contrato directamente en el departamento financiero para presionar a Arthur Pendelton.

Caminábamos juntos por el pasillo acristalado que daba al campo principal, comentando los detalles técnicos del documento, cuando pasamos por delante del gimnasio del primer equipo.

A través de la cristalera, varios jugadores estaban en mitad de la sesión de recuperación tras el partido del Arsenal.

Ethan y Mason, los dos defensas centrales y amigos íntimos de Seb, estaban estirando sobre las colchonetas.

Al vernos pasar, —a mí sonriendo por un comentario de Christian, y a él, con su planta idéntica a la de Seb, pero vistiendo un traje de sastre de tres piezas—, se quedaron de piedra.

Mason le dio un codazo a Ethan, y señaló hacia el pasillo con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué coño...? —le oí murmurar a Ethan a través de la puerta entreabierta del gimnasio—. ¿Ese es el hermano de Everton? ¿Qué hace con Olivia? ¿Lo sabrá Seb?

Christian no se inmutó, siguió caminando con esa arrogancia ejecutiva que le caracterizaba, pero yo sabía perfectamente el incendio que acabábamos de provocar en el vestuario. Los futbolistas hablan. Y en un club de la Premier, los rumores corren más rápido que los extremos por la banda.

Media hora después, tras dejar a Christian en la reunión, bajé a la zona de los campos para coordinar las entrevistas de prensa de la semana. Sebastian estaba terminando sus rondas de carrera continua, separado del resto del grupo. Tenía el torso empapado en sudor y la mirada fija en el césped.

Ethan se le acercó al trote, dándole una palmadita en la espalda mientras apuntaba con el dedo hacia el edificio de oficinas, donde yo estaba de pie.

—Eh, Capi —le dijo Ethan, lo suficientemente alto como para que el eco me llegara con la brisa de la mañana—.

Tienes que amarrar más corto a tu chica, tío.

Hace diez minutos la hemos visto paseando por los pasillos con tu clon.

El de los trajes caros. Parecía que se lo estaban pasando muy bien revisando unos papeles.

Como te descuides, te roban la cartera en tu propia casa.

Sebastian se detuvo en seco en mitad del campo. Vi cómo su pecho subía y bajaba de forma violenta, y no creo que fuera por el esfuerzo físico, sino por la rabia que le acababa de inyectar el comentario de su compañero, porque se giró despacio hacia donde yo estaba.

A cincuenta metros de distancia, su mirada gris me atravesó como un cuchillo.

Ya no era el chico arrogante del coche, ni el capitán concentrado del partido del sábado.

Era un hombre herido en su orgullo, acorralado por su propio hermano y devorado por unos celos que ya no podía disimular bajo la farsa del contrato.

No, no eran imaginaciones mías: estaba segura de ello.

Mis años de experiencia entre deportistas me habían enseñado a distinguir a los gallitos y a los que el ego se los comía enteros, de los que se sentían fuera de lugar con la fama.

Cada uno se protegía de una manera, pero todos tenían grietas cuando sus verdaderos sentimientos brotaban y no sabían esconderlos.

De lo que no estaba tan segura era de si conseguiría paliar con algún antídoto el terremoto Everton porque, esos celos que intuía, podían ser porque sintiera algo por mí o por la guerra que mantenía con su hermano, donde yo solo era el trofeo, sin sentimientos de por medio.

Ese premio que te dan y a los días aparece en la basura porque lo importante era ganarlo, no el objeto en sí.

Me sentía dentro de una jaula de la que me iba a costar salir.