Capítulo 10
Olivia
El sonido de los tacos de aluminio repicando contra el suelo del túnel de vestuarios del Kings Crown Stadium siempre me había parecido el preludio de una batalla romana. Era un ruido seco, metálico, rítmico, acompañado por el eco lejano de sesenta mil gargantas rugiendo en las gradas.
El derbi contra el Arsenal era el partido más crítico de la temporada, y yo estaba de pie junto a la zona mixta, con mi acreditación al cuello, una tablet en la mano y los nervios de punta.
El viernes se había publicado una nueva foto de nuestro beso en la Gala Benéfica con el titular « El Muro tiene dueña » , pero el ambiente seguía enrarecido.
La prensa deportiva no dejaba de especular sobre si la «distracción amorosa del capitán» pasaría factura al rendimiento de Sebastian.
Miré hacia la bocana del túnel. Seb salió el primero, liderando al Kingsford FC con el brazalete de capitán brillando en su brazo izquierdo y una niña rubia de la mano.
Llevaba la equipación oficial negra y plata, el pelo empapado en agua y esa mirada de depredador concentrado que intimidaba a los delanteros rivales antes de que el árbitro tocara el silbato.
Al pasar a unos metros de mí, no se detuvo, pero sus ojos grises buscaron los míos durante un milisegundo eterno.
Un asentimiento casi imperceptible. «Estoy listo» .
El partido fue una carnicería táctica. Desde el palco de autoridades, me pasé los noventa minutos con el corazón en la garganta.
Cada vez que Seb iba al cruce, cada vez que saltaba a despejar un balón dividido, la grada del Arsenal le abucheaba e intentaba corear el nombre de Chloe Hubbert para sacarle de sus casillas.
Pero Seb estuvo impecable. Jugó con una rabia contenida, una agresividad limpia y una precisión quirúrgica que demostró por qué la selección lo necesitaba para el Mundial.
Ganamos uno a nada, con la portería a cero gracias a él.
El problema no fue el partido. El problema real comenzó el lunes por la mañana, de vuelta en el ático de Chelsea, donde el verdadero contrincante no llevaba una camiseta rival, sino mi propio labial corrido en el recuerdo de aquel beso fingido que seguía en la prensa más sensacionalista, unido a la presencia del gemelo Everton en el piso.
Una convivencia demasiado forzada para mi equilibrio mental.
—Un partido excelente, Sebastian —comentó Christian, sin levantar la vista de su portátil.
Estábamos los tres en la cocina. El sol de la mañana del lunes entraba con pereza, iluminando las pocas cajas de la mudanza que seguían a medio abrir y que no tenía intención de colocar en ningún lado.
Christian estaba sentado en la barra, vestido con una camisa de seda gris impecable, rodeado de informes financieros de Wall Street.
Seb, por el contrario, acababa de levantarse; llevaba solo unos pantalones cortos de algodón, el torso desnudo y las marcas físicas del partido del día anterior: un enorme hematoma morado en la costilla derecha y un rasguño en el hombro.
—Gracias —refunfuñó Seb, abriendo la nevera con demasiada fuerza—. Pensaba que los contables no veíais el fútbol.
—No veo el fútbol, veo el valor de tus acciones —replicó Christian con esa voz gélida y analítica que tanto me chirriaba—.
Si hubieras fallado ese corte en el minuto ochenta y dos, el fondo de inversión habría pedido una reunión de emergencia mañana.
Tu noviazgo de portada funciona, pero solo si sigues rindiendo como una máquina.
En cuanto bajes el nivel, la prensa dirá que tu.
.. «encantadora» novia es una distracción.
Miré a Christian de reojo mientras me servía una taza de café.
Su tono era borde, rozando la mala educación, pero había algo en su forma de analizar las cosas que resultaba extrañamente magnético.
Era un hombre calculador que me resultaba más atractivo conforme lo conocía.
Esa forma de dirigirse a nosotros no era más que una forma de protegerse; estaba segura.
Detrás de todo eso debía haber una historia entre los hermanos fuera de mi alcance.
—La gente debería ocuparse de sus propios asuntos y no de los míos —farfulló Seb.
—Tienes razón, hermano, pero te guste o no, formas parte de la farándula. Nadie dijo que ser futbolista consistiera solo en jugar al fútbol.
—¿Por qué yo? Hay otros a los que les dejan en paz.
—Porque eres guapo, ¿verdad, Olivia? Mira Beckhan, le perseguían por todas partes. ¿No serás una nueva Victoria? —añadió mirándome.
—Olivia sabe perfectamente lo que hace, Christian —dijo Seb, sin dejarme replicar, colocándose a mi lado para coger el brik de leche.
Su brazo rozó el mío, a propósito, y sentí esa descarga eléctrica habitual de su piel caliente—.
No necesita que un tipo que solo ve números le explique cómo hacer su trabajo.
—No lo dudo —Christian cerró la pantalla del portátil con un chasquido seco.
Se giró en la banqueta de la barra, apoyó los codos en el mármol y me clavó esa mirada gris que compartía con su hermano, pero que en él era mucho más estática—.
De hecho, Olivia, he estado revisando las cláusulas de penalización de tu contrato de confidencialidad con el club.
Son excesivas. Arthur Pendelton se ha blindado demasiado bien a tu costa.
Si quieres, puedo echarles un vistazo esta tarde y redactarte una enmienda para proteger tus activos personales.
Al fin y al cabo, compartimos techo. Lo mínimo que puedo hacer por la mujer que está salvando a mi hermano es asegurarme de que no la timen.
Me quedé a medias con la taza en los labios. El ofrecimiento era sutil, profesional, pero la forma en que Christian lo dijo, arrastrando las palabras y mirándome fijamente, tenía un tinte innegable de flirteo inteligente. El tipo era borde, pero sabía cómo usar su cerebro como un arma de seducción.
Eché un vistazo a Sebastian. Estaba con el brik de leche suspendido en el aire.
Sus ojos grises se habían oscurecido de golpe, fijos en su hermano.
No dijo nada, no replicó, pero la vena de su cuello latió con fuerza y la mandíbula se le tensó de una forma que delataba la tormenta silenciosa que empezaba a desatarse en su pecho.
Le molestaba. Le molestaba profundamente que Christian entrara en mi terreno profesional y, puede que también, personal.
Dejé la taza sobre el mármol, esbocé una sonrisa de medio lado, mientras decidía que un poco de juego psicológico no venía mal para avivar la fricción de la casa.
—Pues te lo agradecería mucho, Christian —suavicé el tono en la respuesta, sosteniéndole la mirada al gemelo analítico—.
La verdad es que las leyes financieras del Reino Unido son un poco distintas a las de Francia, y me vendría genial la opinión de un experto que no sea del departamento legal del club.
Christian asintió con una media sonrisa fría, satisfecha.
—Un placer, Olivia. Trae los papeles a mi despacho improvisado en la habitación del fondo después de comer. Nos pondremos con ello.
Seb dejó el brik de leche sobre la encimera con un golpe un poco más sonoro de lo habitual. Se dio la vuelta sin mirar a ninguno de los dos, cogió su vaso y caminó hacia el pasillo con ese andar atlético y pesado de los días de después de un partido.
—Me voy a entrenar —soltó, con una voz que parecía sacada de una caverna—. Algunos tenemos que trabajar de verdad para pagar este piso.
La puerta de la habitación se cerró con un chasquido firme.
Christian soltó una risa baja, con una vibración casi idéntica a la de Seb, pero desprovista de emoción.
—Mi hermano es un animal de instintos, Olivia. Excelente en el césped, pero predecible en la vida real. Ten cuidado de no contagiarte de su falta de estrategia.
Le sonreí de vuelta, aunque por dentro sentía un vuelco extraño.
Miré hacia el pasillo por donde se había ido Sebastian.
La fricción en la casa acababa de cambiar de bando, y por primera vez, ver el destello de posesión silenciosa en los ojos del capitán me había hecho sentir un escalofrío que no tenía nada que ver con el marketing al que estábamos jugando.