Capítulo 9
Olivia
El chic francés no consiste en enseñar la mercancía, sino en sugerir que posees un tesoro que nadie más puede permitirse.
Durante mis tres años en París, como directora de marketing y gestionando crisis de reputación para la Federación de Tenis, aprendí que la verdadera sensualidad es silenciosa.
No es escandalosa; susurra. Y su efecto es un millón de veces más destructivo.
Por eso, cuando Sebastian me exigió que me pusiera algo sexy para la Gala Benéfica del Kingsford FC, decidí darle una lección de alta costura.
Se podía ser sensual sin necesidad de llevar una falda tan corta que se viera el culo al moverte o transparencias que no dejen nada a la imaginación.
Lo sexy, para mí, no era eso y el capitán se iba a enterar.
Me miré al espejo del baño de invitados del ático.
El vestido era una pieza de un diseñador emergente del Marais parisino que guardaba en mi armario como un talismán.
Era de un crepe de seda negro riguroso, de manga larga y cuello alto cerrado hasta la garganta, con un corte asimétrico impecable que abrazaba mis curvas con una sobriedad arquitectónica.
El toque maestro estaba en el lateral derecho: una abertura limpia que nacía a mitad de la cadera, que me obligaba a llevar ropa interior minimalista, y mostraba la pierna solo al caminar, y una espalda sutilmente abierta en una lágrima estrecha.
No llevaba joyas, solo unos salones de aguja negros y el pelo recogido en un moño bajo, desestructurado, que dejaba mi cuello completamente despejado.
El único toque de color seguía siendo el labial rojo oscuro.
Elegante, sofisticada e intocable.
Cuando salí al salón, Sebastian estaba de espaldas, ajustándose los gemelos de la camisa blanca frente al gran ventanal que daba al Támesis. El traje de etiqueta negro le sentaba de escándalo, acentuando la envergadura de sus hombros y su porte de atleta de élite.
Al oír el chasquido de mis tacones sobre el suelo de madera, se giró.
La escena valió cada maldito segundo de preparación.
Seb se quedó completamente inmóvil. El gemelo de plata se le resbaló de los dedos y cayó sobre la alfombra con un tintineo sordo.
Sus ojos grises se abrieron imperceptiblemente y luego se entrecerraron, recorriéndome desde el cuello alto hasta la abertura de la pierna con una lentitud que hizo que se me secara la boca.
La suficiencia y la ironía que solía llevar como armadura desaparecieron por completo de su rostro, reemplazadas por una fijeza pesada, oscura y cargada de un deseo tan denso que casi se podía tocar.
Tragó saliva, y vi cómo el nudo de su garganta subía y bajaba despacio.
—Te pedí algo sexy, jefa —dijo, y su voz sonó más rota y profunda que de costumbre. Dio dos pasos hacia mí, reduciendo la distancia, trayendo consigo ese aroma a sándalo que se me estaba volviendo adictivo—. No que me dejaras sin respiración antes de salir de casa.
Mantuve la barbilla alta, esbozando una sonrisa gélida y perfecta, aunque por dentro mis pulsaciones estaban compitiendo con el motor de su coche.
—Esto es sensualidad con clase, ¿no lo sabías?
Se llama estilo francés. En París aprendemos que no hace falta llevar un vestido tres tallas más pequeño para captar la atención —me acerqué a él, me incliné para recoger el gemelo de plata del suelo, asegurándome de que la seda negra se abriera sutilmente para mostrar mi pierna, y se lo puse en la palma de la mano—.
Vamos. No querrás que el capitán llegue tarde a su propio lavado de cara.
El trayecto en el coche y la alfombra roja de la gala en el hotel Savoy fueron un éxito rotundo.
Las cámaras se volvieron locas. De cara a los directores del club y a los patrocinadores, fuimos la estampa de la perfección.
Seb me rodeaba la cintura con una mano firme, posesiva, que no se despegaba de mi costado ni un segundo, y yo me reía de sus comentarios al oído como si fuera el hombre de mis sueños.
Sin embargo, la fricción seguía ahí, latente bajo el mantel de la mesa presidencial.
Cada vez que un directivo o un jugador rival me saludaba con demasiada cortesía, sentía la mandíbula de Seb tensarse a mi lado.
Le molestaba que me miraran. Le molestaba el impacto de mi elegancia.
Y a mí me fascinaba ver cómo perdía el control de su maldito tablero de ajedrez por primera vez.
—Estás espectacular esta noche, Olivia. De verdad.
El Kingsford tiene mucha suerte de tenerte en el equipo.
.. y el capitán más aún —dijo Ruppert Becker, el delantero estrella del equipo rival, deteniéndose junto a nuestra mesa.
Sostuvo mi mano un segundo más de lo estrictamente profesional, con una sonrisa descarada de esas que los medios adoran.
Noté el cambio instantáneo en el cuerpo de Seb. Sus músculos se volvieron de piedra.
—Becker —intervino Seb. Su voz sonó como un trueno bajo, arrastrado, pero con esa educación impecable que mostraba ante las cámaras—. Gracias. Pero ya sabes cómo es esto: lo que pasa en el Kingsford, se queda en el Kingsford. Incluida la exclusividad.
Seb no esperó a que el otro respondiera. Deslizó su mano por mi espalda descubierta, rozando la piel con una lentitud deliberada que me erizó el vello, hasta posarla en mi nuca. Me obligó a mirarlo, acortando la distancia hasta que su aliento, con un ligero toque a bourbon, me acarició los labios.
—¿Verdad, cariño? —murmuró para que solo yo lo escuchara, aunque ante los ojos de los comensales parecía el gesto más romántico del mundo.
Su pulgar presionó suavemente mi mandíbula, una advertencia silenciosa para que me contuviera.
Lo que él no sabía es que odio los comportamientos posesivos en las parejas; ya tuve mi dosis en Francia y no deseaba más.
—Por supuesto, escudero —le respondí en el mismo tono confidencial, sosteniéndole la mirada desafiante, disfrutando de la tormenta que brillaba en sus ojos oscuros—. Aunque no sabía que el gran Muro de Londres fuera tan territorial con las falsas posesiones.
Una chispa de pura furia, y de algo mucho más peligroso que entonces no supe valorar, cruzó su rostro justo antes de que volviera a ponerse la máscara de capitán perfecto para atender al siguiente patrocinador. Pero la marca de sus dedos en mi piel seguía quemando.
La gala terminó pasadas las doce de la noche.
Volvimos al ático en un silencio cargado, espeso, de esos que anuncian tormenta.
En cuanto entramos en casa y la puerta blindada hizo clic , me quité los tacones con un suspiro de alivio, dispuesta a retirarme a mi habitación antes de que la tensión nos hiciera cometer una locura.
—Ha sido una noche perfecta, Everton. El lunes las acciones del club volverán a subir —dije, dándole la espalda mientras caminaba hacia el pasillo—. Es alucinante el efecto que tiene tu vida personal en el entramado del futbol profesional.
—Olivia, espera.
Su voz me detuvo. Me giré despacio. Seb se había quitado la pajarita y se estaba desabrochando los primeros botones de la camisa, mirándome con una intensidad ardiente.
Dio un paso hacia mí, con una fijeza peligrosa en sus ojos grises.
Estaba listo para cruzar la línea. Lo veía en la tensión de sus hombros.
La farsa se estaba estirando tanto que el hilo iba a romperse esa misma noche en mitad del salón.
Pero antes de que ninguno de los dos pudiera dar el paso definitivo hacia el abismo, las luces de la cocina se encendieron de golpe.
—Vaya, vaya. Menudo despliegue de alta sociedad. Pensaba que los futbolistas de la Premier os acostabais temprano.
La voz era idéntica a la de Sebastian. El mismo tono grave, el mismo matiz ronco.
Me quedé helada. De la cocina salió un hombre que me hizo parpadear un par de veces para asegurarme de que no estaba teniendo una alucinación por el cansancio.
Tenía exactamente la misma estatura, la misma mandíbula cuadrada, el mismo pelo castaño y revuelto, y los mismos ojos grises que el hombre que tenía a mi lado. Era una copia exacta. Un espejo.
La única diferencia radicaba en la actitud.
Mientras que Sebastian desprendía esa energía física, atlética y pasional de un deportista, este tipo se movía con una rigidez analítica, fría y casi altiva.
Vestía unos pantalones de sastre gris marengo y una camisa de lino azul claro perfectamente planchada.
No había sudor, ni adrenalina, ni rastro de la cercanía descarada de Seb.
Era como ver una versión de Sebastian que hubiera sido criada en una biblioteca de Oxford.
—¿Christian? —Seb soltó el nombre como un gruñido, dando un paso al frente y bloqueándome sutilmente con su cuerpo, como si intentara protegerme de la vista de su fotocopia—. ¿Qué coño haces aquí? Dijiste que venías de Nueva York la semana que viene.
Christian Everton avanzó por el salón, con un vaso de agua en la mano.
Nos miró a los dos, detuvo su mirada, también gris, en mis pies descalzos y la fue subiendo por el vestido de seda negra con una frialdad matemática que me hizo sentir repentinamente incómoda.
No era la mirada de deseo de Seb; era la mirada de un tasador valorando una obra de arte cara y decidiendo si merecía la pena su precio.
—Hubo un cambio en las reuniones del fondo de inversión —respondió Christian, con una voz impecable, borde y directa—. Vine directamente desde Heathrow. Tengo la llave de tu ático, Sebastian, te recuerdo que soy tu asesor financiero y el que gestiona tus cuentas. Por cierto, ¿no nos presentas?
Christian se apoyó en el respaldo del sofá de cuero, cruzando los brazos, sin que el vaso de agua derramara una sola gota. Su mirada saltó de Seb a mí, analizando la distancia física entre nosotros con una perspicacia aterradora.
—Ella es Olivia, mi… novia. Olivia, él es mi gemelo, Christian.
—Encantado, cuñada. Aunque ya sé quién eres por la prensa. —Dio un paso hacia mí, ignorando la mirada asesina de Seb. Se detuvo a un metro, ofreciéndome la mano con una cortesía mecánica.
—Igualmente. Sois como dos gotas de agua.
—Eso dicen, pero pronto te darás cuenta de que yo soy infinitamente mejor —contestó Christian—. No te creas nada de este fantasma.
—Eso es lo que tú te crees. Ni caso, Oli —le replicó poniendo su mano en mi espalda.
—Llevo aquí dos horas —continuó el gemelo, esbozando una sonrisa mínima y carente de calidez—.
Me extrañó no saber nada de que tuvieras novia; por mucho que respetes su intimidad, la familia es la familia y mamá no tenía ni idea.
Descuidaste ese detalle, bro . Así que he observado un poco más de lo prudente —se rio—.
He visto que en tu habitación hay ropa de mujer, pero las sábanas de tu cama, hermanito, están perfectamente estiradas y solo hay una almohada usada; en cambio, en la habitación de invitados salta a la legua que ha dormido alguien, imagino que tú porque está tu almohada.
Así que... o tenéis un concepto de la convivencia muy vanguardista, o el gran lavado de cara que está saliendo en la prensa es la mentira más grande del año.
Seb se tensó tanto que temí que arremetiera contra su propio reflejo. Christian nos había pillado. En menos de dos horas, el cerebro financiero de la familia había desmontado la estrategia de relaciones públicas en la que su hermano se jugaba su futuro más inmediato.
Christian apartó los ojos de su gemelo y los clavó directamente en los míos. Una chispa de interés, fría pero evidente, brilló en sus pupilas grises.
—Así que tú eres Olivia Ward en persona —murmuró—.
Os estaba vacilando; he hecho mis deberes de hermano cinco minutos mayor y asesor de este desastre.
He estado revisando tu contrato con el club, Olivia.
Eres muy lista. Pero tengo que admitir una cosa.
.. las fotos de la prensa no te hacen justicia.
Eres bellísima en persona. Una lástima que mi hermano solo te esté usando como un escudo para esconder sus deslices, lo cual es muy conveniente para mí. Tranquilos, que os guardo el secreto.
El tono de Christian era borde, distante, pero el sutil flirteo en sus palabras flotó en el aire del salón como una bomba de relojería.
Miré a Sebastian. Tenía los puños cerrados, los ojos inyectados en sangre y una oleada de puros celos salvajes transformaba su rostro.
El partido acababa de complicarse. Y el nuevo jugador jugaba con su misma cara, pero con unas reglas mucho más peligrosas.