Capítulo 8
Olivia
El ático de Sebastian en Chelsea era exactamente el reflejo de su vida: jodidamente grande, impecablemente minimalista y completamente frío.
Paredes gris cemento, ventanales enormes con vistas al Támesis y un sofá de cuero que costaba más que mi coche, pero donde no había ni un solo rastro de calidez.
No había fotos familiares, ni libros leídos, solo trofeos de plata alineados en una vitrina iluminada y el eco de nuestros propios pasos.
Llevábamos una semana conviviendo y aquello era una tortura psicológica autoinfligida.
De cara a la galería, éramos la pareja del año en la Premier League.
El domingo anterior habíamos bajado a la cafetería de la esquina a por lattes y cruasanes; yo llevaba una sudadera suya de entrenamiento que me quedaba por los muslos y él me pasaba el brazo por los hombros mientras reía para los tres fotógrafos escondidos detrás de un contenedor.
La foto colapsó Instagram. « Sebastian Everton, el chico malo de la Premier, domesticado y viviendo la rutina doméstica con su novia». Arthur llamó frotándose las manos.
Pero en cuanto la puerta blindada del ático se cerraba y el pestillo hacía clic , la farsa se desmoronaba para dar paso a una guerra fría insoportable.
—¿Vas a tardar mucho más en la cocina, Ward? Algunos tenemos que desayunar pronto si queremos rendir el sábado —soltó Seb, apareciendo por el pasillo.
Iba descalzo, vestido únicamente con un pantalón de chándal gris que le caía peligrosamente bajo en la cadera.
No llevaba camiseta. La luz de la mañana de Londres entraba por el ventanal, recortando cada uno de los músculos de su abdomen, la línea de su espalda y esa estúpida y perfecta uve que le desaparecía bajo la tela del pantalón.
Tenía el pelo revuelto y los ojos grises entornados por el sueño.
Apreté los dedos alrededor de la taza de café, obligándome a mirar fijamente la encimera de mármol negro para no quedarme embobada babeando por sus abdominales. Dios, qué rabia me daba.
—La cocina es comunitaria, Everton —le espeté, manteniendo mi tono más corporativo y distante—.
Si tienes prisa, te haces tú las claras de huevo.
No soy tu nutricionista, ni tu asistenta, ni tu verdadera novia.
Solo soy la persona que está perdiendo su salud mental para que tú puedas seguir con tu vida de éxito futbolístico.
Seb soltó una risa amarga, se acercó a la encimera y se apoyó en ella, invadiendo mi espacio con ese olor a limpio y a piel caliente que me costaba horrores ignorar. Estaba tan cerca que podía ver el tatuaje de su costado subiendo y bajando con su respiración.
—¿Ah, sí? ¿Tú estás perdiendo la salud mental?
—atacó, inclinándose sutilmente hacia mí, con los ojos brillando de pura frustración—.
Yo tengo que dormir en la habitación de invitados en una cama donde me salen los pies por abajo, no puedo traer a mis amigos a casa, no puedo salir a tomarme una puta cerveza y tengo que aguantar que me mires como si fuera un delincuente cada vez que respiro.
Cuando este contrato de mierda acabe en dos meses, juro que voy a celebrar una fiesta de tres días solo para desinfectar el ático de tus chaquetas de sastre y tus miradas de jefa de análisis de todo lo que digo y hago.
—Créeme, Everton, yo también estoy contando los días —le sostuve la mirada, dando un paso hacia él en lugar de retroceder, desafiándolo, aunque el corazón me iba a mil por hora en el pecho—.
Cuando esto acabe, volveré a mi vida real.
Una vida donde los hombres mantienen sus pantalones subidos, no meten la pata en suites de hotel y saben hablar sin usar la ironía barata.
Estás atrapado conmigo por tu propia culpa. Asúmelo.
Seb dio un paso más. Nos quedamos a un suspiro de distancia.
Su mirada bajó de mis ojos a mis labios, despacio, con una fijeza pesada que hizo que la temperatura de la cocina subiera diez grados de golpe.
Vi cómo tragaba saliva, cómo sus hombros se tensaban.
Deseaba que lo besara. Lo sabía. Lo sentía en el aire eléctrico que nos rodeaba.
Y yo... yo me estaba muriendo por dentro por agarrarle de ese pelo revuelto y estamparlo contra la maldita encimera para comerle la boca.
Pero el orgullo era un muro demasiado alto entre los dos.
—Asumido —susurró, con la voz repentinamente ronca, gélida—. Pero mientras tanto, mañana es la Gala Benéfica de la Fundación del Club. Ya sabes que viene toda la directiva, los patrocinadores y la prensa internacional. Arthur quiere el pack completo de la pareja perfecta.
Seb se dio la vuelta, caminó hacia la nevera, sacó una botella de agua y, antes de beber, se giró para mirarme de arriba abajo. Sus ojos grises me recorrieron el cuerpo con una lentitud deliberada, provocadora.
—Ponte algo sexy, jefa. Un vestido de esos que dejen claro que eres la mujer del capitán, no vayas a parecer la contable gris y triste del Kingsford. Algo que haga que los fotógrafos se olviden de Chloe Hubbert en un segundo.
Me crucé de brazos, con las mejillas ardiendo de pura indignación.
—Mi trabajo es gestionar tu reputación, Sebastian, no ser tu trofeo de pasarela —le respondí con voz helada—. Me pondré lo que me parezca profesional y adecuado para una gala institucional. No estoy aquí para subirte el ego delante de tus compañeros de vestuario.
Seb apoyó la botella en la mesa, me dedicó una sonrisa de medio lado, letal y cargada de una suficiencia que me revolvió las tripas, y dio un par de pasos hacia atrás en dirección a su habitación.
—Házmelo saber si necesitas ayuda con la cremallera de la espalda, jefa —dejó caer, con un tono arrastrado que era pura provocación—. Ya sabes que a mí se me da genial quitar vestidos. Aunque sea por el bien de la narrativa, como dices tú.
Se metió en el pasillo y cerró la puerta de un golpe, dejándome sola en la cocina, con la respiración completamente alterada y las manos temblando de pura rabia... y de un deseo tan destructivo que me daba miedo admitir.