Capítulo 7
Olivia
—¿Me podéis explicar qué coño es esto?
La voz de Arthur Pendelton no era un grito; era un siseo sordo, sutil y cargado de una mala leche autoritaria que congelaba la sangre. Lanzó una pila de periódicos impresos y una tablet sobre la mesa de madera oscura de su despacho. El golpe seco resonó en las paredes de cristal como un disparo.
Me acomodé el reloj y las pulseras, nerviosa, manteniendo la espalda recta en la silla al otro lado de la mesa, e incliné la cabeza para leer el titular en grande del Daily Mail .
Venía acompañado de una fotografía borrosa, granulada y tomada con un teleobjetivo desde el final de la calle adoquinada de mi casa.
En la imagen se veía el perfil del Aston Martin negro de Sebastian, a mí bajándome del coche bajo la lluvia y a Seb inclinado mirándome a través de la ventanilla.
El titular era un dardo envenenado: «¿Romance de portada o montaje de oficina? El capitán deja a su «novia» en Notting Hill a medianoche y duerme solo en su ático de lujo».
—Es una foto saliendo de una cena, Arthur —respondí, forzando a que mi voz sonara con la frialdad analítica de siempre, aunque por dentro el estómago me estaba dando un vuelco—.
Demuestra que tuvimos una cita, como has visto en las fotos del restaurante, con beso incluido.
¿Qué más quieres? El comunicado que redacté a primera hora ya está en todos los medios desmintiendo a Chloe Hubbert.
—No demuestra nada, Olivia —bramó Arthur, levantándose con las palmas de las manos apoyadas en la mesa, inclinado hacia mí—.
Los medios deportivos no son idiotas y la prensa rosa menos aún.
Ya están diciendo que una pareja «real y apasionada» no se despide con un beso en la mejilla en el portal tras una crisis así.
Dicen que es un lavado de cara orquestado por ti para que no huyan los puritanos de nuestros inversores.
¡Y para colmo, la niñata de la Hubbert sigue encendiendo el puto fuego!
—resopló—. Lo peor de todo es que tienen razón.
Arthur giró la tablet hacia mí y se dejó caer en el respaldo de su butaca, abatido.
En la pantalla aparecía un video de TikTok reciente de Chloe Hubbert que ya sumaba cien mil me gustas : « Qué tierno el paseo en coche.
.. Lástima que los hombres de verdad se queden a dormir cuando la noche ha sido buena.
Hay falsedades que huelen desde aquí 🤥⚽», decía el texto que acompañaba al video.
La puerta del despacho se abrió sin que llamaran antes.
Sebastian entró como un torbellino, vestido con el chándal negro de entrenamiento, exhalando un aire pesado que inundó la estancia de golpe.
Tenía los ojos gris oscuro, cargados de una frustración salvaje, y las cejas tan juntas que formaban una línea rígida.
Se sentó en la silla de al lado, demasiado cerca de mí, trayendo consigo el aroma a césped y adrenalina del campo de entrenamiento del que venía directamente.
—Los aficionados están tirando réplicas de teléfonos móviles al campo en mitad del entrenamiento, Arthur —soltó Seb, con la mandíbula tan apretada que las palabras le salían afiladas—.
En los foros del club la gente dice que soy un inestable, que debería dejar de salir por Mayfair y centrarme de una puta vez en jugar, porque el equipo me necesita concentrado para el partido del Arsenal.
La prensa amarilla dice que la Federación me tiene el ojo puesto.
Si este circo no para, el seleccionador me va a dejar fuera de la convocatoria para el Mundial del próximo año.
¡El Mundial, Arthur! Es mi última oportunidad por edad.
No me pueden quitar esto por la mentira de esa tía.
El despacho se sumió en un silencio tenso, asfixiante.
Miré de reojo a Sebastian; sus dedos largos tamborileaban con furia contenida sobre el reposabrazos de la silla.
Sabía lo mucho que le importaba ese brazalete, pero oírle hablar del Mundial con ese tono de desesperación rompió algo dentro de mí.
Ya no era un caso de relaciones públicas; era el sueño de su vida desmoronándose por culpa de una farsa mal gestionada.
Arthur Pendelton suspiró, se pasó una mano por el escaso pelo canoso y se irguió en su sillón ejecutivo. Nos miró a los dos, con esa fijeza calculadora de los hombres que solo entienden de números y resultados.
—La crisis de reputación es demasiado grande, chicos.
Lo que parecía una tontería se ha expandido de una forma que me cuesta creer.
¿Por qué la gente no se mete en sus propios asuntos?
¿Qué tiene que ver con quien duerma un jugador con su pericia en el campo?
No sé, chicos. —Hablaba mirando hacia el césped a través del ventanal.
Luego se giró hacia nosotros—. La mentira del noviazgo secreto se sostiene con pinzas porque la prensa os está vigilando las veinticuatro horas.
Si queremos que los inversores no retiren los fondos y que la Federación deje de considerarte un activo problemático para la selección, tenemos que dar un paso más. Un paso indiscutible.
—¿Qué paso? —pregunté. Nada más hacerlo, un escalofrío de pura premonición me recorrió la espalda.
Arthur entrelazó los dedos sobre la mesa y nos clavó la mirada, sin un ápice de duda.
—Tenéis que parecer una pareja real, madura y asentada.
Un hombre que está listo para liderar a su país en un Mundial y a su club en la Champions no vive la vida nocturna de soltero de Chelsea mientras su novia se esconde en Notting Hill.
A partir de mañana, os mudáis juntos. Tienes que transmitir valores y estabilidad, Sebastian, si quieres que la gente confíe en ti.
—¿Qué? —saltamos Seb y yo al unísono.
Mi voz sonó como un chillido profesionalmente contenido; la de Seb fue un rugido profundo que vibró en los cristales del despacho.
—Arthur, estás loco —lo acusé, levantándome de la silla, y sentí el sostén invisible de mi autoridad tambalearse—.
Una cosa es coordinar apariciones públicas y redactar comunicados, y otra muy distinta es compartir mi espacio privado con el jugador franquicia del club.
Eso destruye cualquier límite profesional.
—Tus límites profesionales me importan un bledo, Ward —sentenció Arthur con voz gélida—.
Te contraté para salvar al capitán y al club.
Si fracasas, recoges tus cajas de Notting Hill y te vuelves a Francia.
Y tú, Sebastian, piénsalo bien, a partir de ya, los fotógrafos tienen que ver que sois una pareja normal y tenéis una convivencia real.
Quiero fotos de vosotros comprando comida juntos los domingos, paseando por los parques, demostrando que eres un hombre de familia aburrido y centrado.
Si no lo haces, despídete del brazalete, de los bonus de los inversores y espera la llamada del seleccionador para decirte que verás el Mundial desde el sofá de tu casa. ¿Está claro?
Me quedé helada, con la respiración contenida y las manos apretadas en los bolsillos de mi chaqueta. Miré a Sebastian.
Él seguía sentado, pero su mirada gris se había cruzado con la mía.
Ya no había rastro de la diversión descarada del coche ni de la confianza arrolladora del restaurante.
Había un fuego oscuro en sus pupilas, una mezcla de rabia, resignación y una tensión sexual latente que acababa de multiplicarse por mil.
Si compartir el espacio cerrado de un Aston Martin nos había dejado al borde del abismo.
.. vivir bajo el mismo techo iba a ser prenderle fuego a la casa con nosotros dentro.
Seb se levantó despacio y se colocó a mi lado, tan alto y enorme que su sombra me cubrió por completo. Miró a Arthur y luego bajó la vista hacia mí, con una sonrisa amarga y peligrosa dibujándose en sus labios.
—Prepara las maletas —susurró, con esa voz ronca que me hacía temblar las rodillas—. Parece que el Capi y la jefa se van a vivir juntos.