La farsa del capitán (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 1) Capítulo 6
21%

Capítulo 6

Sebastian

El silencio dentro del Aston Martin era tan denso que casi tapaba el sonido de la lluvia que no dejaba de repicar contra el techo de fibra de carbono.

Conducía con una sola mano pegada al volante, con los ojos fijos en el asfalto brillante de Piccadilly, pero mi mente seguía anclada a la zona central del Scott's .

Seguía atrapada en el olor a cereza, trufa y pólvora del carmín de Olivia.

En la presión de sus dedos en mi mandíbula.

En la forma en que su cuerpo, tan aparentemente frío y profesional bajo el traje sastre del club que lleva en el trabajo, se había vuelto puro fuego contra el mío en cuanto sus labios tocaron los míos.

El recuerdo de su gemido ahogado cuando le apreté la espalda desnuda me bajaba por la espina dorsal como una descarga eléctrica cada vez que metía una marcha.

Miré de reojo hacia el asiento del copiloto.

Olivia miraba por la ventanilla, con la mejilla apoyada en la mano.

La luz naranja de las farolas de Londres pasaba intermitentemente por su rostro, dibujando el contorno de su perfil.

Se había quitado los pendientes y tenía los ojos entornados, pensativa.

El escote de la espalda del vestido azul se hundía en las sombras del coche, y juro que ver su piel expuesta, todavía caliente por mi tacto, me estaba costando más concentración que defender un córner en el minuto noventa.

Ninguno de los dos había dicho una palabra desde que salimos del restaurante entre los gritos de los fotógrafos.

Las tarjetas de memoria de la prensa debían estar llenas cuando nos alejamos.

El trabajo estaba hecho. Pero la atmósfera dentro del coche se sentía jodidamente peligrosa.

El aire de la calefacción arrastraba su perfume y el olor a cuero, envolviéndonos en una intimidad asfixiante.

—¿Estás bien? —pregunté, y mi propia voz sonó tan ronca, tan rota por la tensión, que me dio hasta vergüenza.

Olivia no se giró de inmediato. Tardó unos segundos, como si le costara romper la burbuja de pensamiento en la que estaba metida.

Cuando me miró, sus ojos reflejaron esa barrera defensiva que tanto me había molestado por la tarde.

Pero esta vez, la barrera estaba agrietada, sus labios estaban sutilmente hinchados y el carmín rojo se le había corrido un milímetro en la comisura. Mi culpa. Mi maldita y deliciosa culpa.

—Estoy intentando calcular el impacto en redes del comunicado de mañana —respondió, con la voz un poco más baja de lo normal.

«¿Es que esta mujer solo piensa en el trabajo?

». Se aclaró la garganta—. Las fotos de ese.

.. momento van a colapsar X y TikTok antes de medianoche.

Arthur estará encantado. Los inversores también.

Hemos ganado, de momento, a la mala pécora esa.

Apreté los dedos contra el cuero del volante hasta que los nudillos se me quedaron blancos. Esa maldita manía suya de reducirlo todo a cifras, impactos y estrategias corporativas me encendió la sangre más de lo que ya estaba por ese maldito beso.

—¿Solo estás pensando en eso? ¿En los malditos inversores?

—solté, justo cuando frenaba el coche ante un semáforo en rojo en los límites de Hyde Park.

Giré todo el cuerpo hacia ella y acorté la distancia en el habitáculo sin importarme invadir su espacio—.

Le lanzas dardos con la mirada a la rubia de la mesa de atrás, me pegas un beso que ha hecho temblar las lámparas del restaurante para callarle la boca a Hadid y tu única conclusión es que «Arthur estará encantado»?

Olivia se enderezó en el asiento, con los ojos clavados en los míos. El rubor que le subía por el cuello hasta las mejillas delataba que no estaba tan tranquila como quería aparentar.

—Fue una maniobra de distracción, Sebastian —dijo, usando mi nombre completo, como si la longitud de las palabras pudiera levantar una muralla entre nosotros—.

Julian Hadid iba a soltar delante de todo el restaurante que esto era un montaje.

Si te llegas a levantar a pegarle, la prensa nos destruye.

Hice lo que cualquier jefa de PR con dos dedos de frente habría hecho: cerrar la boca del enemigo con una narrativa indiscutible.

—No me hables como si fuera un periodista de The Sun , Olivia —le espeté, bajando el tono, dejando que la frustración y el deseo tiñeran mis palabras.

Di un sutil tirón a mi camisa, abriendo un botón más porque sentía que me ahogaba—.

He besado a muchas mujeres en mi vida, créeme.

Sé cuándo alguien está ejecutando una «maniobra de relaciones públicas» y cuándo alguien se está agarrando a mi hombro como si se estuviera cayendo por un maldito acantilado.

Ese beso no ha sido una actuación. Dudo mucho que beses así por tu trabajo en el Kingsford.

Ella guardó silencio. Su respiración se aceleró sutilmente, haciendo que el satén azul de su pecho subiera y bajara de una forma que me estaba volviendo loco.

Su mirada bajó un microsegundo a mis labios antes de volver a mi mirada, y esa pequeña derrota me demostró que no era inmune.

Por mucho que se vistiera de jefa implacable, bajo la tela cara había una mujer que había sentido la misma descarga de alta tensión que yo.

—No deberíamos haberlo hecho así —susurró, y por primera vez, la Olivia de los despachos desapareció, dejando ver una vulnerabilidad que me revolvió las entrañas—.

La regla número uno era clara, Seb. Sin lengua.

Sin... implicaciones. Esto complica las cosas.

Mañana tengo que mirarte a la cara en el club y recordar que solo eres el capitán al que tengo que proteger de sus propios escándalos.

—Pues vas a tener que esforzarte mucho, jefa —dije, metiendo la primera marcha cuando el semáforo cambió a verde, aunque lo que de verdad quería era apagar el motor en mitad de la avenida y volver a besarla—, porque a mí me va a costar un mundo olvidar cómo sabes.

Y sobre todo, cómo tiemblas cuando te toco.

El resto del trayecto hasta Notting Hill transcurrió en un silencio completamente distinto.

Ya no se respiraba la atmósfera incómoda como al salir del restaurante; la discusión había dado paso a un silencio cargado de una expectación que quemaba el aire, donde cada respiración parecía demasiado ruidosa, demasiado íntima.

Cuando detuve el Aston Martin frente al portal de su edificio victoriano, la lluvia había arreciado, convirtiendo la calle adoquinada en un espejo que reflejaba las luces del coche.

Apagué el motor. Las luces del cuadro de mandos se desvanecieron, dejándonos en una penumbra absoluta, rota solo por el siseo del agua chocando contra los cristales empañados.

Me desabroché el cinturón de seguridad y el clic resonó como un disparo.

Me incliné hacia ella, apoyando el brazo en el respaldo de su asiento.

Olivia no se movió. Se quedó inmóvil, con la espalda apoyada en la puerta del copiloto, mirándome venir con los ojos muy abiertos.

Estaba asustada por su propio deseo, lo veía en la velocidad de su pulso en el cuello, pero no se apartaba.

Estiré la mano y, con la yema de los dedos, le acaricié la línea de la mandíbula, retirándole un mechón de pelo oscuro que le caía por la mejilla.

Su piel estaba increíblemente suave, caliente, contrastando con el frío de la noche.

Sentí un escalofrío en mis propios dedos que se propagó directo a mi entrepierna.

—Gracias —le dije, y mi voz bajó tanto que fue casi un susurro contra sus labios—. Por defenderme ahí dentro. De Julian... y de las otras. Nadie daba la cara por mí de esa manera desde hace mucho tiempo, aunque te paguen por ello.

Olivia tragó saliva, y su mano subió tímidamente, rozando mi muñeca. Sus dedos, largos y firmes, detuvieron el movimiento de mi mano, pero sin apartarla de su rostro. Su pulgar acarició sutilmente mi piel, justo donde late la sangre.

—Somos un equipo, Capitán —susurró, intentando recuperar su sonrisa irónica, aunque la voz le tembló y sus ojos se clavaron descaradamente en mi boca—. Pero recuerda... el contrato dura tres meses. No te acostumbres a que te salve la vida todas las semanas. Ni a que te bese así.

—Va a ser difícil no acostumbrarse —sonreí de medio lado, acortando los últimos milímetros que nos separaban hasta que nuestras respiraciones se mezclaron por completo.

Estuve a punto, a un solo soplido de volver a romper la regla, de inclinar la cabeza y devorarle la boca allí mismo, en el asiento del coche, hasta que el satén azul terminara en el suelo del Aston Martin.

Ella sostuvo la respiración, entornando los ojos, esperándolo. Deseándolo.

Pero me contuve. Jugar a largo plazo siempre daba mejores resultados en el campo.

Le di un tierno, lento y deliberadamente suave beso en la comisura de los labios, justo donde el carmín estaba corrido, saboreándola una última vez.

—Esto por los paparazzi que nos han seguido —me excusé, señalando al coche que había parado a unos metros de nosotros, aunque no fuera esa la razón—. Que pases buena noche, Olivia.

Ella me sostuvo la mirada un segundo más, un segundo eterno donde juraría que maldijo internamente mi autocontrol, y luego soltó mi muñeca. Abrió la puerta del coche, salió a la lluvia con un movimiento rápido, protegiéndose con el abrigo negro.

La vi cruzar el portal de madera y cerrar la puerta detrás de ella.

Me apoyé contra el respaldo del asiento, y solté el aire que me quemaba los pulmones. Me pasé la mano por la cara, a la vez que soltaba una risa floja y limpia. Tenía el cuerpo en tensión, pidiéndome guerra, pero una satisfacción salvaje me llenaba el pecho.

Giré la llave de contacto, el motor del coche rugió en la noche de Notting Hill y puse rumbo a mi ático de Chelsea.

Ese fin de semana teníamos partido contra el Arsenal, pero mientras conducía bajo la tormenta londinense, me di cuenta de que el partido más difícil, sexy y peligroso de mi vida ya había empezado.

Y la capitana de mi rival se acababa de encerrar en su piso con los labios marcados por mi nombre.